Así enuncia Salomón en su libro Eclesiastés, ésta es la conclusión del Predicador al final de sus días: que el mundo es una vanidad y que el fin de su discurso consiste en temer a Dios y guardar sus mandamientos. Salomón fue un hombre que vivió muchas bajezas y grandezas, que experimentó en variadas áreas del saber y del gustar del mundo, alcanzando la profanación como hábito, ya que cedió a las peticiones de sus mujeres y se dio a la adoración de imágenes de no pocos ídolos. Por esta razón muchos se preguntan si Salomón estará en el cielo, como si la manera de llegar allá fuese sin la práctica absoluta del pecado.
Lo cierto es que Dios le dio sabiduría, poder y riquezas, pero en la licencia que tuvo hizo cosas malas. No obstante, Jesucristo se coloca como alguien superior a Salomón, de manera que reconoce su importancia. Además, su última obra escrita parece contener la suma de su aprendizaje: el temor a Dios y el guardar sus mandatos. Nuestra inquietud no se centra en saber si Salomón está o no está en el cielo, sino en el contenido de su máxima que nos legó: vanidad de vanidades, todo es vanidad (Eclesiastés 1:2; 12:8)
Pablo dijo que Dios sujetó la creación a vanidad, por causa de quien la sujetó a esperanza. Añadió el apóstol que la creación misma también será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Romanos 8:20-23). Esta declaración toca en grado sumo la mentalidad de los gentiles, de los paganos en general, quienes fueron dejados sin Cristo, sin el conocimiento de Dios dado a los judíos por la revelación escrita en tiempos antiguos. De esta forma desarrollaron un vano concepto de ellos mismos, de su sabiduría y de su falsamente llamada ciencia. Su filosofía vana aparece antropocéntrica, con visos de adoración a diversas divinidades imaginarias. El politeísmo delata esa vanidad propia de quienes se vuelven vasallos y prosélitos del pensamiento pagano.
El mundo contemporáneo, que bien podría llamarse postcristiano -en una calificación irónica-, participa por igual y de forma más exagerada de las antiguas lujurias y vicios. Ahora se ha convertido en adicto de la postmodernidad, con señuelos que atraen a los demonios que dictan sus doctrinas. La gente que está bajo el gobierno del príncipe de las potestades del aire no puede tener otro derrotero que la vanidad absoluta por donde anda. Aunque el hombre tenga voluntad para darse a la vanidad, la Biblia nos indica que también fue sujeto para la esclavitud. Ha quedado cautivo a esa voluntad por quien le indicó a Adán y a Eva que ellos valían como dioses, si simplemente probaban del conocimiento prohibido.
Pero sabemos que nuestra regeneración proviene de la gracia de Dios, por medio del evangelio de Cristo. Este anuncio de salvación entró al mundo gentil y logró transformar almas y cambiar costumbres. El ser humano se infectó de vanidad, como el autor del libro Eclesiastés. Sí, Salomón sufrió en carne propia la exaltación de la vanidad, lo dijo al principio de su libro y como colofón cuando cerraba su último capítulo. Es el mundo donde vivimos el que nos educa en la vanidad, para que tomemos la vida como algo que pasa sin ningún sentido excelso. La doctrina existencialista ve la vida como un instante de luz en medio de dos eternidades de tinieblas.
Si el creyente persiste en encontrar el sentido de su vida en lo que anuncian las Escrituras, hallará que todo cuanto hizo Dios es bueno en gran manera. Pero si Dios sale de la ecuación en la evaluación del Cosmos, resulta evidente que con la muerte se acaba todo y triunfa la vanidad existencial. Ciertamente, no negamos que el mundo fue usurpado por Satanás, aunque también la Biblia nos declara que Dios hizo al malo para el día malo. Ella nos asegura que Dios sujetó la creación a vanidad para que estuviera sin su gracia y sin la ley del Evangelio. Por esa razón aparece la sabiduría humana para dar respuesta de un entorno alejado del Creador.
La esperanza nos fue dada a los creyentes para que participemos de la libertad propia de ser hijos de Dios. Ya la muerte no puede mostrarnos su aguijón, porque el aguijón o poder de la muerte es el pecado; Cristo apareció para destruir el pecado, para cargar con todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Por supuesto, la plena libertad será alcanzada al otro lado, más allá de la muerte, ajenos a los lamentos y aflicciones, de los reproches y sufrimientos, de las persecuciones de Satanás. El acusador de los hermanos será detenido, para que padezca el castigo preparado para él y para sus seguidores.
¿No es Satanás quien nos lanza sus dardos de fuego, para que dudemos y vivamos en temores e incredulidad? Cuando andemos en gloria, poseeremos la plena visión de Dios a través de Cristo, conversaremos con los ángeles en la compañía de millones de santos. La vida eterna consistirá en conocer al Padre y a Jesucristo el enviado. Esa es la grandeza y la profundidad del conocimiento y de la sabiduría de Dios, algo inescrutable pero placentero. La creación entera cayó bajo maldición por el pecado de Adán, pero siendo el pecado removido por completo, sin que aparezca ya más en la vida eterna, veremos la creación restaurada. La Biblia habla de cielos nuevos y tierra nueva.
La sabiduría otorgada a Salomón, junto con todos los honores de hombre público, con sus riquezas y placeres no negados, le demostró la vanidad de todos sus recursos y de toda su vida. Sin embargo, el conocimiento del temor de Dios le enseñó por igual que no todo es vanidad bajo el sol. El conocer a Dios y el temerle son signos de haber recobrado el sentido de vivir. Si bien todas las cosas del mundo se resumen en vanidad, algo que ocurre en niños, jóvenes y ancianos, cuando la vida se convierte en muerte, Salomón comprendió que conviene el temor de Dios como dador del alma.
El cuerpo humano va a la tierra, pues polvo es; pero el alma del hombre va a Dios quien la dio. En ese momento será llevado para consuelo eterno o para condenación eterna; después de la muerte viene el juicio divino y cada quien responderá no solo de sus obras sino de sus errores. Cristo vino como sacrificio perfecto para dar paz a los que lo reciben; los que lo rechazan ya son condenados (Juan 3). La sentencia de condenación proviene desde Adán en los no arrepentidos y perdonados, ya que la ley acusa a cada quien. El ser humano se computa como culpable de violación de la ley divina, y se encuentra incapacitado para recuperarse por cuenta propia.
Esa incapacidad se demuestra en el hecho de no creer en el Hijo de Dios, pero en los que le reciben opera la salvación eterna. Para eso vino Cristo a la tierra, para la redención de todo su pueblo, el que le entregó el Padre. Los creyentes somos llamados los hijos que Dios le dio a Jesucristo (Hebreos 2:13), los cuales no son engendrados por voluntad de carne ni de sangre, sino de Dios (Juan 1:13). Somos participantes de la naturaleza divina en tanto Cristo vive en nosotros; la figura del injerto se usa para indicar que el Espíritu Santo nos fue dado como garantía de la redención final.
La voluntad humana se estima como carnal, de manera que el llamado libre albedrío viene como ilusorio de la libertad humana en tanto el hombre cree que es como dios. Ese intento de separación del Creador se convirtió en el gran pecado aprendido del padre de la mentira. La gracia divina se nos comunica por el Evangelio, urgiéndolos a creerlo y a recibir al Señor que lo promueve. En realidad, Cristo es la buena noticia. Cuando lo recibimos nos damos cuenta de que fue como regalo de Dios, nunca como una opción verdadera que tuviésemos en tanto estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados.
Si el Espíritu no nos hubiera vivificado, no hubiésemos podido creer en el nombre del Hijo de Dios. De allí que se cumplen las palabras de Jesucristo: Ninguno puede venir a mí si no le fuere dado del Padre (Juan 6:44). Con esto queda entendido que el supremo poder de Dios hizo que fuésemos justificados en aquel Mesías que vino al mundo a salvar lo que se había perdido. Haber escuchado la doctrina de Cristo y haber sido testigo de sus milagros no bastaron para que la multitud descrita como benefactora de los panes y los peces creyera en Jesucristo. Era necesaria la otra premisa: Todo lo que el Padre me da a mí, vendrá a mí; y al que a mí viene no le echo fuera (Juan 6:37).
En realidad esta es la única forma en que podamos afirmar con certeza que no todo es vanidad, que haber conocido la gracia divina ha hecho la diferencia con los que no tienen esperanza.
César Paredes
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