Creer, tiene muchas implicaciones en la existencia del hombre de fe. Cuando Dios creó al hombre, le sopló aliento de vida. La posibilidad de que un muñeco de barro se irguiera para comenzar un camino resulta demasiado baja; sin embargo, por la fe creemos que el Creador le dio aliento de vida a su obra hecha a imagen y semejanza de Sí mismo. El mundo creado se formó al mandato de la voz divina, algo demasiado potente para soportar en nuestras finitas mentes.
La fe se nos muestra como el soporte de lo que creemos, aquello que está debajo y sostiene lo que asumimos. La Biblia la llama la fe de Cristo, así que es el Hijo de Dios el que ha creado todo cuanto existe, de acuerdo al Capítulo 1 del Evangelio de Juan. Todas las cosas fueron hechas para él y por medio de él, y sin él nada de lo que es hecho hubiera sido hecho. En resumen, nuestra vida gira en torno a su eje fundamental, Jesucristo crucificado y resucitado. Ese Hijo de Dios ha sido nombrado como la justicia de Dios, nuestra pascua, habiendo muerto como justo por causa de los injustos.
Nuestro aliento cobra fuerza en tanto el Consolador fue enviado para habitar nuestros corazones. Poco importa que el mundo ignore la norma divina, ya que lo que de Dios se conoce ha sido manifestado por medio de su obra creada. Apareció en la criatura el deseo de agradar más al producto que a su Hacedor, así que prefirió darse gloria a ella misma antes que al Creador. Por esta razón se ha abierto una caja de males, lo cual ha traído deshonra para la humanidad. Como nunca antes, la maldad ha sido aumentada en estos tiempos, de manera que el amor de muchos se enfría.
En la Carta a los Romanos, en el Capítulo 1, se puede leer que la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres. El sumo de la malévola forma de vivir lo constituye el acto de detener la verdad. La premisa del apóstol Pablo subyace en el verso 16 de la carta nombrada, cuando argumenta que él no se avergüenza del evangelio, ya que es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Se detiene el evangelio cuando se impide su anuncio, pero también cuando por la maldad humana se solapa la verdad del propósito divino.
El hombre ha ido glorificándose a sí mismo, entregado por completo al servicio de la carne. Abandonando el valor del aliento que le fue insuflado, pernocta en los laberintos mundanales bajo las doctrinas de demonios. Su sabiduría se trocó en necedad, la gloria del Dios incorruptible fue llevada a semejanza de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y reptiles. Esa persistencia en adorar lo que no es ha hecho que Dios insufle deshonra al ser humano. De esta manera fue entregada a la inmundicia gran parte de la humanidad, para que se entrelace en las concupiscencias del corazón.
Cambiar la verdad por la mentira supone llamar malo a lo bueno y bueno a lo malo. La homosexualidad descrita en los versos 26 y 27 de Romanos, Capítulo 1, ha venido como consecuencia de la negación de la verdad. Pero no solo llegó ese mal, también vino toda injusticia, fornicación, perversidad y avaricia; todo esto ha sucedido por no tener en cuenta a Dios. Aparecen en escena los que odian a Dios, los que inventan males, siendo desobedientes a los padres, viviendo como necios y desleales, sin afecto natural.
Hoy día vemos gente sin misericordia, burlesca, que se complace en la murmuración y en la carnalidad. El Carnaval demuestra la entrega oficiosa del ser humano al canto de la carne, época en la que se leva o quita la carne de nuestro cuerpo, en alusión a eventos religiosos de la cristiandad y al repertorio de la histórica Saturnalia. Se comprueba que el ser humano tiene una naturaleza de pecado, de error / hamartía en griego significa errar el blanco, vocablo de donde procede el término pecado.
Esa naturaleza carece de interés y poder para doblegarse por sí sola, no cede a la voluntad humana, así que urge que un medio externo la someta. Eso solo lo hace el Espíritu Santo de acuerdo a la voluntad del Padre de las luces. El autor de toda dádiva y don perfecto es quien puede doblegar el alma del ser humano, lo hace sin esfuerzo pero solamente en aquellos a quienes eligió desde la eternidad para ser objetos de su amor. Esta doctrina de Cristo molesta mucho a los no elegidos, o incluso a los que habrán de ser llamados pero que todavía no lo han sido. Los enoja porque reconocen que por sí mismos no podrán agradar a Dios.
La pretensión humana de que puede hacer aquello para lo que no le ha sido provisto, ha generado gran confusión en materia religiosa. Obras muertas que se entregan como garantía de la paz ante un Dios que continúa airado contra el impío todos los días. Simulación de piedad ante el prójimo, como una huella de identidad que santifica al hombre. Pero más de lo mismo, injusticia sobre injusticia. Pablo advirtió a los destinatarios del Capítulo 10 de Romanos sobre la imposibilidad de agradar a Dios, de parte de aquellos celosos y religiosos que colocan su propia justicia ante el Padre Creador.
La única justicia que Dios acepta es la de su Hijo, pero si se ignora nada puede sustituirla. Mucho celo por Dios, mucha obra religiosa, mucha apariencia de piedad no resuelven el problema humano. Cristo afirmó que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido iríamos al Padre (Juan 6:45). También dijo que nadie podría ir a él (a Jesús) si el Padre no lo trajere a la fuerza. Esa es la naturaleza del verbo usado en el texto griego: ELKO, ser arrastrado por un barco remolque, ser dragado. No depende de nosotros sino de Dios que tiene misericordia.
En Juan 6:37 Jesús dijo que todo lo que el Padre le daba vendría a él y no sería nunca echado fuera. Esas dos premisas enunciadas (Juan 6:37 y 6:44) colocan al ser humano en la imposibilidad de acudir por cuenta propia. Al mismo tiempo garantizan por medio de la potencia de un Dios Todopoderoso que todos iremos, sin excepción, siendo admitidos, sin excepción, por Jesucristo. Ese todos anunciado por Cristo hace referencia a todo aquel que es enviado por el Padre. Por supuesto, su discurso generó incomodidad en los que lo seguían, los cuales fueron llamados discípulos por el escritor del evangelio.
Se entregaron a la murmuración afirmando que las palabras de Jesús eran duras de oír. La salvación es de Jehová, pero él no desprecia al corazón contrito y humillado. La salvación es la liberación de la esclavitud del pecado y de la condenación, lo que resulta en una vida eterna con Dios. La vida eterna se define como el conocer al Padre y a Jesucristo a quien Él ha enviado. El Señor es la fuerza de su pueblo, es la defensa salvadora de su ungido. Jesús no rogó a ninguno de aquellos alumnos que lo seguían por mar y tierra, no les recordó que ellos habían sido beneficiarios del milagro de los panes y los peces. Simplemente reconoció que ninguno de ellos había creído, por lo cual se volvió a los doce para preguntarles si ellos se querían ir también.
Pedro reconoció que no tenían a quien más ir, ya que el Señor tenía palabras de vida eterna. Jesús agregó que él los había escogido a ellos, y que uno de ellos era diablo (hablaba de Judas, el que lo había de entregar). Por esa razón se escribió en el libro de Jonás que la salvación pertenece a Jehová (Jonás 2:20), dado que es el Espíritu de Dios el que santifica. La santificación es la separación del mundo, así que somos odiados por ese mundo que no nos ama, porque tampoco amó a Jesús nunca. El mundo ama lo suyo, les entrega una paz incierta, la comunión de los que en él habitan unidos por la carne. La iglesia, por contrapartida, presupone la comunión de los que están unidos por un mismo Espíritu.
Nuestro soplo de aliento para vida eterna vino dado por el segundo Adán, Jesucristo como Dios-hombre Mediador. Somos la nueva creación de Dios, metidos en vasos de barro frágiles, pero bajo la garantía de que ni uno solo de nosotros perecerá. Ese sí que es un aliento para vida eterna, el consuelo de cada creyente en medio de las vicisitudes de la vida diaria. Ofrezcamos sacrificios de alabanza, cumplamos lo que hemos prometido ante Dios, porque la salvación pertenece a Jehová.
César Paredes
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