Quizás algunos se pregunten sobre la razón de por qué el mundo anda como lo vemos, de mal en peor y con mucha calamidad. Tal vez hay quienes piensen que existe una lucha entre el bien y el mal, donde este último a veces vence. Pero ese maniqueísmo no va bien con las Escrituras que nos cuentan acerca del Dios soberano que hace como quiere y que no tiene consejero. En realidad, la Biblia dice que no hay quien detenga la mano de Dios ni quien le diga ¿qué haces? Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). El mundo tiene la vía ancha, los números de los muchos dejados atrás, pero la iglesia de Cristo contiene los escogidos del Señor.
Son muchos los que caminan por el camino ancho, si bien somos pocos los del camino angosto. Estamos puestos en estrecho en muchos asuntos, pero seguimos al Salvador que nos redimió. La aflicción está en el mundo con sus espejismos, pero la paz de Cristo se muestra superior a la que brinda el mundo. Por supuesto, no nos equivoquemos con el mundo religioso que se parece a un mercado donde existen ofertas de gustos distintos. Son numerosos los miembros de la falsa iglesia, ellos arropan con números y con distinciones llamativas. Allí se practican los viejos dones especiales, como si estuvieran vivos, por lo cual vemos profetas que vaticinan el futuro, los que hablan lenguas y las interpretan, los sanadores de enfermedades subjetivas, los que se dejan sugestionar por sus pastores de mentira. Asimismo, existen nuevos apóstoles, personas a quienes supuestamente Cristo se les apareció. También hay soñadores y quienes aseguran saber el tiempo de la Segunda Venida del Señor. En esos lugares siniestros la doctrina de Cristo se opaca para evitar su denuncia.
Justo parece recordar lo escrito en el Evangelio de Juan, Capítulo 6. Allí se narra cómo una multitud de alrededor de cinco mil personas seguían a Jesús, luego de haber acontecido el milagro de los panes y los peces. Muchos de ellos se iban por barca y por tierra para seguir al Maestro de los milagros; querían conocer más de sus palabras. Jesús los confrontó con su teología, la doctrina que vino a enseñar de parte del Padre. Ellos resultaron espantados porque no soportaron la dura palabra de oír. Se fueron tras sus murmuraciones y no les pareció justo lo que el Señor les dijo: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene no le echo fuera (Juan 6:37). Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:44).
Las multitudes no aceptan la doctrina del Hijo sino que desean su buena moral y sus virtudes, para buscar palabras de buena ventura. De esa manera aseguran que la Biblia les habla acerca de cómo hacer más dinero, de cómo llevar una vida próspera, tal como suponían aquellos que se alimentaron de los panes y los peces. Ellos seguían a Jesús porque habían comido de gratis, pero no tenían profundidad en su raíz de fe. El Señor conoce a los que son suyos, por lo cual también reconoce a los que no lo son. Por esa razón dirá en el día final: Apartaos de mí, nunca os conocí. Es decir, el Señor no tiene comunión íntima con los que no son suyos, con los que el Padre no le ha dado, con los que no fueron escogidos por el dador de toda dádiva y don perfecto.
¿Son pocos los que se salvan? -dijeron al Señor algunos de sus discípulos. El Señor les recomendó luchar para entrar por la puerta angosta, ya que muchos intentarán pero no lo lograrán. Agregó el Señor en otro contexto que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios (Lucas 18:27), ya que el nuevo nacimiento lo da el Espíritu Santo y no puede ser tenido por voluntad humana. El mensaje central del evangelio nos dice que hemos de arrepentirnos o pereceremos (Lucas 13:3). El cambio de mentalidad respecto a Dios y a nosotros mismos es el arrepentimiento bíblico: Él es soberano absoluto, pero nosotros somos débiles, impotentes, criaturas bajo su mandato.
Él es el Dios que hizo los cielos y la tierra bajo su voz, el que nos ha formado con algún propósito. Dice Romanos 9 que el Creador de la misma masa de barro hizo vasijas de honor y de deshonra, así que no depende de nosotros sino de Dios que tiene misericordia. Si no reconocemos su soberano poder y su derecho como Alfarero, no pretendamos tener amistad con el Todopoderoso, ya que no acepta nada de nuestra soberbia. Soberbia es pretender elegir, suponer que tenemos en nuestro poder la decisión de nuestra eternidad. Soberbia e ignorancia caminan de la mano, ya que por la falta de conocimiento perece mucha gente (Oseas 4:6). Los que suponen que el conocimiento no importa deberían leer con detenimiento el texto de Isaías 53:11 (Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos). En la ignorancia la gente pretende que si no hay libertad no puede haber culpa, pero ese axioma pertenece al terreno del derecho humano, nunca al derecho divino. Al contrario, de acuerdo a las Escrituras nosotros somos responsables no porque tengamos libertad de acción sino porque somos criaturas dependientes del Todopoderoso. Si tuviésemos libertad de parte del Creador no le deberíamos un juicio de rendición de cuentas (Hebreos 9:27).
El Espíritu da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16). El conocimiento que nos justifica viene como consecuencia de ese Espíritu y de su testimonio. Satanás nos tienta y hace que por medio de nuestra concupiscencia caigamos muchas veces; esto forma parte de la cotidianidad del creyente (Romanos 7), por causa de la naturaleza pecaminosa que todavía poseemos. Recordemos que Saulo de Tarso no tuvo remordimientos de conciencia por tener a sus pies las vestiduras de Esteban, cuando era apedreado. No obstante, cuando fue convertido en Pablo pudo escribir ese capítulo 7 de su carta a los romanos, donde leemos que se sentía miserable cuando hacía aquello que no quería y cuando dejaba de hacer lo que debía y quería hacer. Ese Pablo entristecido por su pecado daba gracias a Dios por Jesucristo, nuestro Señor, el cual lo libraría de su cuerpo de muerte.
Ese Espíritu como testigo ante nuestro espíritu viene a ser superior a todos, como para que no dudemos de su testimonio. Nunca nos engañará, se estableció en nosotros como la garantía de nuestra redención final; además, nos conduce a toda verdad, nos santifica (nos separa del mundo), nos anhela celosamente y se contrista en nosotros por nuestras rebeliones. Por ese Espíritu nos acercamos al Padre y clamamos Abba Padre, ya que nos fue concedido el tenerlo como nuestro Consolador. Él nos ayuda en nuestra debilidad, intercede por nosotros con gemidos indecibles para ayudarnos a pedir como conviene en nuestras oraciones.
El mundo anda así, como lo vemos, porque tiene el espíritu del padre de la mentira, del príncipe que lo gobierna. Nosotros, en cambio, poseemos el espíritu de victoria porque estamos en Cristo. Simplemente que no pertenecemos al mundo sino que estamos dentro de él como viajeros hacia una patria mucho mejor que aquella en la cual habitamos.
César Paredes
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