Los que alaben y adoren al verdadero Dios, en una justa manera, de cualquier nación, están siendo buscados por el Padre. Recordemos que la Biblia llama a Dios el Padre de los espíritus (Hebreos 12:9). Dios es el Creador de las almas humanas, aquella parte más noble del ser humano. Si se ganare el mundo pero se perdiere el alma, ¿de qué aprovecha? He allí la semejanza con Dios, la imagen del Altísimo, cuando se propuso crear a Adán a su imagen y semejanza. En realidad Dios es espíritu, no carne; la figura que nos dio con Él hace referencia no a su carne sino a su espíritu. Ahora bien, si cada ser humano se asemeja al Padre en alguna medida, en virtud de haber sido creado por el Eterno, ¿cuánta mayor similitud no habrá en aquellos que hemos sido redimidos por el Hijo?
A éstos busca Dios que le adoren en espíritu y en verdad, sin necesidad de templos hechos por manos humanas. Se nos ha declarado que somos templos del Dios viviente, que hemos de cuidar nuestros cuerpos que son templo del Espíritu Santo. Le debemos sujeción al Altísimo, no solo en tanto sus criaturas sino mucho más en cuanto hemos sido adoptados como hijos. Hemos de permanecer humildes ante su poderosa mano, quietos soportando con paciencia, como bien lo dijo Pedro: Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo (1 Pedro 5:6).
El creyente no debe murmurar contra Dios, sino someterse a su voluntad. No hemos de despreciar el castigo divino cuando llega, sino que nos hemos de entregar al reconocimiento de nuestras faltas y vilezas. La poderosa mano de Dios exhibe su soberanía para rebajar por completo nuestra altivez de espíritu, lo cual ayuda a exaltar la nobleza. Sabemos que pese a su castigo, estamos siempre bajo la sombra de sus alas, a la espera del tiempo de nuestra exaltación. Esto equivale a la vieja expresión: en el tiempo de su visitación, ya que el que se humillare será exaltado, pero acá hemos de tener en cuenta que Dios es quien exalta y no nosotros a nosotros mismos. Si nos exaltamos por cuenta propia estamos mostrando orgullo y altivez de espíritu, lo cual se muestra en clara oposición a la voluntad divina.
Sabemos que Lucifer, el célebre querubín hecho por Dios, se dejó llevar por su propia grandeza y quiso ser semejante al Altísimo. Su altivez lo condujo por un sendero de muerte y fue arrastrado en su encontrada maldad. Contaminó a gran multitud de ángeles que lo siguieron en su motín contra el Omnipotente, para ser humillados después en su castigo eterno. Al parecer la estupidez de pretender igualarse a Dios como Creador lo acompañará por siempre, como fue puesto en evidencia cuando quiso seducir al Hijo de Dios (su propio Creador, de acuerdo a Juan 1:1-3) para que lo adorase. La criatura pidiéndole al Creador que lo adore, el colmo de la insensatez; pero no solo eso, sino que le ofreció los reinos de la tierra en tributo a esa pedida adoración, como si aquellos reinos no le hubiesen sido dados a él como parte del botín de maldad, de acuerdo al plan eterno del Altísimo.
Este ejemplo de insensatez que acompaña como par al orgullo, debe estimularnos lo suficiente para distanciarnos lo más que podamos de cualquier sentimiento de soberbia o superioridad. Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. El Señor nos lo dijo, como lo recogió el Evangelio de Juan 4:23: que ha llegado la hora de adorar al Padre en espíritu y en verdad. En espíritu implica por argumento a contrario sensu que abandonemos toda concepción carnal que tengamos de Dios. Hemos de arrepentirnos (cambiar de mentalidad) en relación a lo que en nuestra carne pensamos que debe ser Dios. Dios no es corpóreo, no padece nuestras limitaciones, se ha definido como el Despotes, alguien Altísimo que no tiene comparación. ¿Lo haremos semejante a figuras humanas o angélicas? ¿O tal vez a imágenes de animales? Aunque seamos su imagen y semejanza está separado de nosotros, a no ser que una vez que hayamos sido convertidos por el nuevo nacimiento su Espíritu pase a morar en nosotros guardándonos hasta la redención final.
No hagamos como aquellos que buscaban adorarle de labios, pero cuyo corazón se distanciaba de Él; ahora nos toca adorar en espíritu y en verdad. La verdad contraviene la hipocresía, busca la integridad y sinceridad. No es ceremoniosa sino simple, buscando la sustancia del acto de adoración. La palabra de verdad se convierte en el Evangelio de Cristo, donde encontramos la sustancia de la Divinidad. Es un Dios en tres personas, como se manifestó en el bautismo de Jesús. El Padre se regocijó en el Hijo, en su acto de obediencia, en tanto el Espíritu tomó forma de paloma para posarse sobre Jesucristo. Ese Dios Trino fue una revelación progresiva en las Escrituras: Desde el Génesis, cuando se dice: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, o cuando se habla en aquel plural posible de la lengua hebrea, donde el sujeto plural se une al verbo en forma singular: En el principio creó los dioses los cielos y la tierra (de acuerdo al texto hebreo), así como en otros textos, como este de Isaías: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu (Isaías 48:16).
En el texto de Isaías habla el Hijo, diciéndonos que él estaba desde el principio, pero que ahora fue enviado por Jehová el Señor (el Padre) y que fue enviado también por su Espíritu (el Espíritu Santo). Son tres personas con voluntad propia: el Padre que envía al Hijo, y el Espíritu que también envía al Hijo. Cuando se dice que Dios es espíritu ha de entenderse que se refiere a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Esas tres personas son el objeto de nuestra adoración, en una manera espiritual. Dios es espíritu, no una sustancia corporal, no hecho de partes, indivisible, sin alteración ni cambio. Dios es inmortal, inteligente, invisible, está en total diferencia con los espíritus creados, ya que Dios no es creado por nadie.
Adoremos a Dios en forma pública y privada, en la asamblea o en lo secreto; testifiquemos de su grandeza que nos acompaña en la obra exhibida de su creación. La palabra revelada nos sirve de acompañamiento diario para descubrir su voluntad, ya que creemos que ella fue escrita por los santos hombres de Dios siendo inspirados (2 Pedro 1:21). Esa palabra no nos vino por voluntad humana, sino cuando Dios lo quiso. La influencia divina en esos escritores preparados y escogidos para tal fin, habitados por el Espíritu Santo, dirigió sus palabras de manera que ellos no hablaron de sí mismos sino de Dios.
Esa santificación de aquellos escritores no es otra cosa sino la separación del mundo, para un peculiar servicio. Ellos mismos fueron pecadores, como nosotros, pero en su actividad de escritores inspirados se manifiesta la separación del resto de los demás mortales, como un distintivo de la gracia divina para beneficio exclusivo de todo el pueblo escogido de Dios. Para este pueblo peculiar fue enviado el Hijo a morir por todos sus pecados (Mateo 1:21), para ver linaje (Isaías 53:11), para quedar satisfecho por su trabajo. He allí el centro de la Escritura o de la revelación divina, la declaración de su Redentor preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), el motivo especial de nuestra adoración en espíritu y en verdad.
César Paredes
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