En un tiempo antiguo, en la tierra de Israel, nació un hombre que cambiaría el curso de la historia para siempre. Este hombre, Jesucristo, no solo fue un líder espiritual, sino también un revolucionario en el mensaje de amor y compasión que predicaba. Su vida y enseñanzas resonaron en los corazones de las personas de su época y continúan inspirando a millones de personas en todo el mundo hasta el día de hoy. Jesucristo enseñó principios fundamentales de amor, perdón y humildad, que son básicos en muchas culturas y religiones. Su sacrificio en la cruz y su resurrección son considerados por muchos como el evento más importante en la historia de la humanidad, ya que según la fe cristiana proporciona redención y salvación a todos los que creen en él. A lo largo de los siglos, el mensaje de Jesucristo ha influido en la moral, la ética y la cultura de numerosas sociedades, dejando un legado perdurable que sigue impactando en la vida de las personas en todo el mundo.
El trabajo de Jesucristo en la cruz consistió en la justificación de todo su pueblo, como lo declara Mateo 1:21. De esta manera fue declarado justicia de Dios, ya que Dios es justo y justifica al impío. El profeta Isaías declaró que el siervo justo vería linaje y quedaría satisfecho, por lo tanto no podemos imaginar que quedó corto en su propósito sino que alcanzó todo cuanto se propuso. Dios Padre imputó los pecados de su pueblo escogido en Jesucristo, vaciando sobre él toda su ira por la ofensa que Jesús portó sobre sí mismo. Dice la Escritura que a quien no conoció pecado se hizo pecado por causa de su pueblo; de allí su exclamación en la cruz: Padre, ¿por qué me has abandonado?
Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu (1 Pedro 3:18). Este padecimiento trajo como consecuencia la imputación de la justicia de Cristo hacia los elegidos, bendiciéndolos justamente. Jehová hablaría paz para su pueblo, a todos sus santos, para que no se vuelvan a la locura (Salmos 85:8); de esta forma el salmista pudo concluir diciéndonos: La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron (Salmos 85:10).
La justicia de Cristo, simbolizada en su sangre derramada por todos los pecados de su pueblo, exige la salvación absoluta de cada una de las personas que representó en la cruz del Calvario. El apóstol Pablo lo entendió por revelación del Espíritu Santo y lo plasmó en un texto: ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió, más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:34). Esto nos indica que Dios no nos declara justos en Cristo para después juzgarnos y enviarnos al infierno; no exigirá dos veces la redención sino que habiendo quedado satisfecho con la justicia del Hijo apaciguó su ira para con todo su pueblo.
Desde esta perspectiva se ha convertido en nuestro amigo, nos provee todo cuanto necesitamos, nuestras oraciones son respondidas de acuerdo a su voluntad pero bajo la garantía de que todo cuanto nos acontece nos ayuda a bien. ¿Por qué? Porque hemos sido llamados conforme a su propósito eterno, porque andamos en la justicia del Hijo, bajo un perdón judicial absoluto y bajo el título de hijos adoptivos. Ahora somos herederos con Cristo, vamos hacia la patria celestial, la muerte no tiene aguijón contra nosotros porque el pecado fue vencido. Esta es la razón por la que Pablo pudo asegurar que el morir era ganancia, ya que partiremos con el Señor de inmediato.
Cristo se sometió a la ley y cumplió en detalle todos sus mandatos, por lo cual la ley no pudo condenarlo. La ley sí nos condenó a todos nosotros, ya que la ley no salvó a nadie sino que nos señaló como culpables de desobediencia. En ese sentido la ley se convirtió en un Ayo para llevarnos a Cristo, ya que si estamos bajo la ley pereceremos, pero si miramos a Cristo sabremos que la ley es buena en gran manera. La paga del pecado es la muerte, por lo que el Hijo de Dios murió por causa de todos nuestros pecados. Él fue nuestro representante y sustituto en la cruz, se convirtió en el sacrificio por su pueblo habiendo sufrido el castigo de la ira del Padre. Es como si él hubiese sufrido todos nuestros dolores que padeceríamos en el infierno por causa de nuestras rebeliones; ahora tenemos ese tesoro de la salvación, de manera que hemos de comportarnos celosamente, cuidando esa tan grande redención.
Al vivir como es digno del evangelio no pretendemos garantizar la salvación, como si dependiera de nosotros; simplemente mostramos respeto a quien nos la concedió perpetuamente, agradecimiento por tan inmerecido favor y de esa manera demostramos que nos importa lo que nos fue dado. Ya no somos esclavos del pecado, ni esclavos de la ley, sino hijos herederos de Dios por medio de Cristo. De esta manera, habiéndosenos enviado el Espíritu de su Hijo, clamamos ABBA PADRE. En la cruz, el Señor intercambió nuestros pecados por su justicia, a través de un doloroso castigo sobre su cuerpo y alma. Ahora podemos vivir con la libertad a la cual fuimos llamados.
Jehová ya lo había dicho en Egipto, para los israelitas de ese tiempo: Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto (Éxodo 12:13). La sangre de los corderos tipificaba la sangre del Cordero de Dios, para pasar los pecados por alto. Ese es el significado de la Pascua, el hecho de que Dios pasara por alto cada transgresión donde la marca de la sangre estuviese. Los israelitas de entonces no fueron exigidos en relación a sus obras, no fue por causa de algún oficio religioso que la ira de Dios pasó por alto aquellas casas, sino en razón de la sangre de los corderos. Así mismo, nosotros, el pueblo de Cristo, no estamos exigidos en cuanto a obras buenas para ser perdonados y rescatados, sino simplemente nos amparamos en la sangre del Cordero de Dios que quitó nuestros pecados.
Entendemos que ese acto pascual fue voluntario del Hijo de Dios, conforme al plan eterno del Padre, según el puro afecto de su voluntad, habiéndonos predestinados para ser aceptos en el amado Hijo. Esta predestinación ocurrió desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), habiéndose hecho conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria.
Jesús en la historia dejó ejemplo de sus pisadas, pero más allá de sus milagros y palabras de sabiduría nos agrada el que haya cumplido con el propósito de su venida: la redención y el rescate eficaz de todo su pueblo, sin excepción. Un Dios perfecto no malgasta su trabajo haciéndolo inútil, más bien se muestra exacto en su propósito de manera que no se puede añadir uno más a los redimidos como no se puede eliminar a ninguno de ellos. En Juan 6 vemos a un grupo de discípulos que se benefició del milagro de los panes y los peces, pero que no sacó provecho alguno de la redención del Señor. No era para ellos, por lo cual rechazaron la doctrina de la soberanía absoluta de Dios y se retiraron haciendo murmuraciones contra el Señor y su enseñanza: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). Esa expresión delataba que no habían podido creer en el Redentor, por cuanto no eran ovejas que el Señor había venido a redimir.
César Paredes
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