Dios es un Dios de promesas, dado que tiene la capacidad de cumplir con todo cuanto dice. El Evangelio es el compromiso de salvar a Su pueblo basado solamente en la sangre expiatoria, imputada en la justicia de Cristo. Este tema concierne al centro del mensaje de salvación, aunque muchas personas dentro de las filas del cristianismo demuestran que lo ignoran. Por supuesto, esa ignorancia fatal conduce a la muerte espiritual. Con esto se demuestra que no todo el que le dice Señor a Jesús entrará en el reino de los cielos. Si se ignora la justicia del siervo justo, no habrá justificación alguna (Isaías 53:11).
El conocimiento sobre Dios va unido a su Buena Noticia, más allá de que ignorarla no acarrea la inexistencia de ese Dios. La palabra ateo, en lengua griega, significa ser olvidado de Dios. Terrible cosa parece el pertenecer a las filas de los que son odiados por el Dios de la Biblia, como se ha dicho de Esaú, de cualquier otro réprobo en cuanto a fe, de aquellos que fueron ordenados para tropezar en la Roca que es Cristo. Por lo tanto, uno debe inferir que la promesa del Evangelio va dirigida en forma exclusiva al pueblo escogido de Dios. ¿Quiénes conforman ese conjunto de amigos de Cristo? Aquellos que el Padre amó con amor eterno, para prolongarle su misericordia.
No existe una lista pública en la cual podamos mirar nuestros nombres, pero la Escritura afirma que existe el libro de la Vida del Cordero, que aquellos cuyos nombres no se encuentran allí pertenecen al infierno como lugar de destino. Sin embargo, el mensaje del Evangelio se anuncia por doquier con la finalidad de que las ovejas del Señor oigan su voz y lo sigan. Una vez que el Espíritu Santo ha regenerado a una persona le da testimonio de que es hijo de Dios, de que su nombre está escrito en ese libro de la vida.
Jehová tu Dios es Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones (Deuteronomio 7:9). Los que amamos al Señor sabemos que él nos amó primero, por lo tanto podemos amarlo en consecuencia. De lo contrario, si él no nos hubiera amado, no podríamos sentir el más mínimo deseo de añorarlo. Jesucristo es la Roca de Israel, el justo que gobierna entre los hombres, como la luz de la mañana sin nubes, como la lluvia que hace brotar la hierba de la tierra. Dios ha hecho con su pueblo un pacto perpetuo (2 Samuel 23:3-5).
Dios juró por Sí mismo para mostrarnos la inmutabilidad de su consejo, de manera que como herederos recibamos la promesa, para así tener consuelo en la esperanza puesta delante de nosotros. Esa promesa nos viene como segura y firme ancla del alma (Hebreos 6:13-20). Dios tiene la capacidad suficiente de mantener sus promesas a salvo, habiendo jurado por Sí mismo; además, sabemos que no miente por causa de su naturaleza. Por lo tanto, su capacidad como soberano da certeza perpetua a lo que ha dicho. La buena noticia lleva la impronta de la verdad que no cambia. Si Dios se determina hacer alguna cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó e hizo. Él, pues, acabará lo que ha determinado de mí; y muchas cosas como éstas hace él (Job 23:13-14). Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3).
Si Dios ha prometido algo, ha ordenado previamente todos los mecanismos para que se cumpla su promesa. Por esa razón la Biblia habla de la predestinación, la ordenación de antemano de todo cuanto habrá de acontecer. Dios no solamente conoce todo cuanto habrá de acontecer, sino que ha ordenado que así suceda y por esa razón lo conoce. ¿Qué hay oculto para su vista? Su alma deseó e hizo; en ese sentido decimos que Él determina de antemano todo cuanto acontece; ¿cuánto más no será de esa manera si pertenece al ambiente del alma humana? Salvó a Jacob, pero condenó a Esaú (Romanos 9:13); amó a uno y odió al otro, pero no porque mirara en las obras de cada uno sino porque así lo decidió su alma, de acuerdo a las inescrutables riquezas de su gloria y al inescrutable designio de su Ser. ¿Acaso no son profundas las cosas que pertenecen al Altísimo?
Las promesas de Dios no pueden estar sujetas a la conducta de su creación, porque podrían no cumplirse algunas. Ellas están sujetas a su inalterable voluntad, a su inquebrantable amor por aquello que ha decidido amar. He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas; antes que salgan a luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:9-10).
El sacrificio del Hijo de Dios estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), para que crean todos cuantos son ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). La salvación implica el rescate del individuo, su libertad comprada, para que no sea más esclavo del pecado. Mientras estuvimos muertos en delitos y pecados, en la incircuncición de nuestra carne, amábamos más las tinieblas que la luz (Juan 3:19), porque éramos esclavos del pecado (Romanos 6:17). Sin embargo, una vez que hemos llegado a creer pasamos a obedecer de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuimos entregados. Es decir, la doctrina del Padre, la enseñada por el Hijo, la que Pablo recomienda a Timoteo seguir. Esa misma doctrina es aquella en la cual debemos vivir y perseverar, de acuerdo a lo dicho en la 2 Carta de Juan, versos 9-10.
En el evangelio de Juan, capítulo 6, podemos mirar varios de los argumentos de Jesús sobre la doctrina que vino a enseñar (versos 37, 44, 45, 65). La reacción de muchos de sus discípulos fue negativa ante estas enseñanzas, por lo cual dieron murmuraciones y se retiraron con gran queja diciendo: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). El que ha sido redimido ya no duda de esa doctrina, no se va jamás tras el maestro extraño porque desconoce su voz y solamente sigue al buen pastor (Juan 10:1-5). Todo esto forma parte de la promesa de Dios para su pueblo; para los que no son su pueblo no existe tal promesa, por lo tanto están libres de la justicia y andan en sus propios caminos de muerte.
César Paredes
Deja un comentario