CELO O CONOCIMIENTO

Alguien puede ser celoso en cuanto a la piedad, pero si está lejos del conocimiento de la justicia de Dios de nada aprovecha. Eso es basura, diría el apóstol Pablo, con un vocablo mucho más crudo: estiércol animal. En Romanos 10:3 el apóstol señala que existe demasiadas personas celosas en los asuntos del Dios de la Biblia, pero que carecen de ciencia o conocimiento; por esta razón de nada les sirve. El conocimiento fundamental para salvación refiere al siervo justo reseñado por Isaías (Isaías 53:11). Si no se conoce la justicia de Dios, que es Jesucristo, no se podrá ser justificado. Por esa razón también se afirmó que aquel siervo justo justificaría a muchos, no a todo el mundo, sin excepción.

¿En qué consiste esa justicia de Dios? Muy simple, la Biblia apunta que nadie pudo cumplir toda la ley, por lo cual todos cayeron bajo su maldición. La ley no salvó a nadie, ni la ley escrita dada a Moisés ni la ley escrita en los corazones a través de la conciencia humana. En resumen, la ley vino para condenar al hombre, para mostrar su pecado o transgresión, su incapacidad para querer lo bueno y para acercarse al verdadero Dios. Urgía entonces una propiciación para que Dios se amistara con el hombre, para la reconciliación definitiva. Pero el Dios de la Biblia se muestra soberano absoluto, sin consejero, sin quien detenga su mano en lo que hace. Todo cuanto quiso ha hecho, por lo cual tiene en sus manos el corazón del rey para inclinarlo a todo cuanto el Señor desee.

Si eso lo hace con el corazón del rey (que es un ser poderoso), ¿qué no hará el Señor con el corazón de los más indefensos? Su poder no conoce límites, de manera que así como hizo el universo bajo la voz de su mandato, de la misma manera levanta a los muertos en espíritu para darles vida con la voz de su Evangelio. Pero no todos los que oyen el Evangelio se despiertan para vida, porque los hay quienes diciendo que lo creen y mostrando un gran celo por ese Dios del evangelio continúan sin conocer la justicia divina. De nuevo, ¿en qué consiste esa justicia de Dios? Jesucristo es presentado como la justicia de Dios, por cuanto vino como Cordero sin mancha para ofrecer el sacrificio por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Ese Cordero ya había sido ordenado o destinado desde antes de la fundación del mundo para que se manifestara oportunamente (1 Pedro 1:20).

Esa es la única justicia que reconoce el Padre, de forma tal que mira a su pueblo cubierto con la sangre del Cordero. Existe un símil histórico, un paradigma desde hace siglos, cuando Israel estuvo esclavizado en Egipto. Sabemos que de acuerdo a la Biblia Egipto representa el mundo, la esclavitud al pecado; conocemos que vendría el castigo de la muerte de los primogénitos en aquel territorio, como castigo divino. Solamente las casas que estuviesen marcadas con la sangre de un animal sacrificado para tal fin serían pasadas por alto. Eso es lo que significa la pascua: pasar por alto el pecado.

Aquella sangre era un tipo de la que habría de venir con el Cordero de Dios. Vino Jesucristo y propició por los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras. Pablo anuncia que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1) para ser semejantes al Hijo de Dios, para ser sus herederos, como hijos de adopción. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se relata que creían todos aquellos que fueron ordenados para vida eterna; se añade que el Señor añadía a la iglesia cada día los que habrían de ser salvos. La salvación pertenece a Jehová, como señalara el profeta Jonás. Ignorar ese hecho soberano demuestra que se ignora por igual la justicia de Dios. Atribuir aunque sea un ápice de esta salvación tan grande a la justicia humana, a la voluntad quebrada de un muerto en delitos y pecados, sugiere una ignorancia supina en cuanto a la justicia de Dios.

Por supuesto, no podemos pedirle a los muertos en delitos y pecados que tengan conocimiento previo de esa justicia para poder ser justificados. Sin embargo, sí se exige que el que ha sido llamado por Dios para santificación y vida eterna reconozca que fue Dios quien lo redimió de principio a fin. Juan nos lo advierte en su carta segunda, cuando nos escribe que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene al Padre ni al Hijo.

Entonces, ¿cuál es esa doctrina de Cristo en la cual hemos de habitar? Su justicia alcanzada de acuerdo a los parámetros del Padre. En Juan 6 podemos descubrir la enseñanza del Hijo de Dios, de su soberanía en la salvación, cuando nos enfatiza respecto al hecho de que ninguna persona puede venir a él a no ser que el Padre lo traiga. Al mismo tiempo nos advierte que todo lo que el Padre le da vendrá a él, y no será echado fuera. Entonces, uno debe concluir a partir de esas dos premisas que el que no viene a Cristo no ha sido enviado por el Padre jamás. El que no viene no ha sido enseñado jamás por Dios (Juan 6:45), lo cual no excusa de pecado al réprobo en cuanto a fe.

La doctrina de la absoluta soberanía de Dios aparte de ser ineludible es controversial para los renegados. Ellos se salpican con la ira que contienen, regurgitan sus murmuraciones, al tiempo que se les rompe el empaque donde están metidos. De esa manera dejan ver su verdadera doctrina, la del celo por un Dios hecho a su manera: si Dios predestina tuvo que haberlo hecho en base a lo que previó en los corazones humanos; si Dios salva y condena tuvo que hacerlo en base a la decisión de los seres humanos. Con ese criterio demuestran su lejanía respecto a la ciencia de la justicia de Dios, muriendo en la crasa ignorancia de la que habló el profeta Oseas (Oseas 4:6).

Dios amó a Jacob y odió a Esaú, aun antes de hacer bien o mal (es decir, no en base a sus obras buenas o malas). Terrible cosa haber sido odiado por Dios, por cuanto la Biblia asegura que Él está airado contra el impío todos los días. En cambio, a Jeremías Jehová le dijo: Te he amado con amor eterno, por lo tanto te prolongo mi misericordia. En resumen, hemos sido amados eternamente, más allá de que cuando estuvimos muertos en delitos y pecados estuvimos bajo la ira de Dios.

Jesucristo también estuvo bajo la ira del Padre, cuando cargó con nuestras ofensas en la cruz. Pero no podemos decir ni por un instante que el Padre lo odió o que lo dejó de amar. De Judas se escribió que era el hijo de perdición, que debía ir conforme a las Escrituras. Pedro nos habla de los que fueron ordenados de antemano para tropezar en la Roca que es Cristo. En el Apocalipsis Juan nos dice que existe un libro de la vida del Cordero donde reposan nuestros nombres, pero que hay nombres que allí no están escritos desde la fundación del mundo, por lo cual ellos pertenecen a la bestia o a Satanás (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). El Evangelio revela la justicia de Dios (Romanos 1:17), para que conozcamos al Dios justo que justifica al impío por medio de la propiciación y redención de Jesucristo (Romanos 3:21-26). Al tener ese conocimiento desechamos nuestra noción de justicia, esa justicia que no se somete a Dios (Romanos 10:3). No existe nada en nosotros que pueda hacer la diferencia entre cielo e infierno, de manera que esa es en esencia la victoria del celo con conocimiento sobre el celo inútil por la piedad. Existe un automatismo absoluto entre el que ignora esa justicia de Dios y el que propone su propia justicia. De nada aprovecha que se acepte la justicia divina si al mismo tiempo se intenta añadir a ella la nuestra, a través de lo que suponemos buenas obras.

Nuestras buenas obras, ya preparadas de antemano, vienen como consecuencia de tener la justicia de Dios. De lo contrario, esas obras serían vanidad y nada alcanzarían en la presencia de un Dios Santo.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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