EL EVANGELIO NO AVERGÜENZA

Pablo afirmó que no se avergonzaba del evangelio, porque era el poder de Dios para salvación (Romanos 1:16-17). La razón la expone al continuar con el argumento de que en el evangelio se revela la justicia de Dios. ¿Cuál es esa justicia de Dios? Sin duda es Jesucristo, nuestra pascua (Romanos 3:21-22; 1 Corintios 5:7). Nuestro Dios es justo y justifica al impío, en virtud de que Jesucristo fue declarado la justicia de Dios. Habiendo él pagado por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), garantiza una entrada feliz al reino del Padre. ¿Quiénes pueden ir allí?

Todos los justificados por la fe de Cristo, todos aquellos que representó en la cruz; Jesús no derramó en vano su sangre, no hizo expiación por los pecados de Judas, ni del Faraón ni de ningún otro réprobo en cuanto a fe. Él solamente expió todos los pecados de aquellos que conforman su pueblo, de los que se ha escrito que tienen sus nombres en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).

El trabajo propiciatorio de Jesucristo, ya preparado como Cordero desde antes de la fundación del mundo -1 Pedro 1:20, mediante el cual los pecados de su pueblo le fueron imputados a él, nos dio la justicia gratuita del Hijo de Dios. Nosotros somos la justicia de Dios en Cristo, de acuerdo al mensaje del evangelio. Esa es la buena noticia de salvación, basada en la imputación de la justicia de Dios hacia nosotros, así como en la propiciación por todos nuestros pecados. Los que no creen el evangelio están perdidos, ya que no han conocido la justicia de Dios (Marcos 16:16; Romanos 10:3).

Estamos hablando de un Dios perfecto, por lo tanto el trabajo de Jesucristo demanda y asegura la salvación de todos los que él representó en el madero. Nuestra salvación no reposa en nosotros, como si Dios hubiese visto algo bueno en los escogidos; no sirve de nada alegar que nuestra decisión hizo la diferencia entre un perdido y un rescatado. La Biblia nos define que estuvimos muertos -en delitos y pecados- como todos los demás que no han creído. Entonces, habiendo estado muertos no pudimos acercarnos a Él, no pudimos ni desear la medicina del evangelio. Simplemente tuvo que regenerarnos primero, para poder recibir todo lo concerniente a la salvación.

Por supuesto, esta predicación de la palabra, esta exposición de argumentos bíblicos, conduce a prevenir a las ovejas, a todos aquellos que serán llamados oportunamente para que se unan a la iglesia del Señor. Como dicen también las Escrituras: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). El evangelio bíblico no contempla decirle a la gente que Dios amó de tal manera a todo el mundo, sin excepción, que Jesús el Cristo murió por todo el mundo, sin excepción; ni que aunque usted ande muerto en delitos y pecados todavía puede decidir su futuro.

El falso evangelio descansa en la supuesta garantía de la voluntad del muerto espiritualmente, por lo cual afirma que Cristo murió por todos e hizo posible la salvación para todos. Ahora le toca a cada quien decidir su eternidad. Si eso fuera cierto, ¿qué pasaría con todos aquellos que mueren sin conocer el evangelio y sin saber que ese Cristo supuestamente murió por ellos? ¿Murió Jesucristo por Judas Iscariote? ¿Ha tratado de salvar a algunos de los cabritos? (Juan 10:26). La soberbia humana, heredada de Adán y adquirida de parte de la serpiente, hace que los seres humanos se aferren al concepto del libre albedrío. La humanidad perdida supone que sin ese libre albedrío la justicia de Dios sería imperfecta, por lo cual Dios debe sentirse satisfecho al darle la potestad de elegir al ser humano.

La doctrina de la predestinación y de la elección incondicional molesta en grado sumo a las cabras. Por igual a las ovejas que caminan descarriadas y que todavía no han sido llamadas por el buen pastor. Pero una vez que la oveja ha sido llamada eficazmente jamás se irá tras el maestro extraño o tras la doctrina de mentiras (Juan 10:1-5). La oveja rescatada sabe que no fue su trabajo lo que la atrajo al redil, sino los lazos de amor con que fue amarrada. Ese es el gran amor de Dios para con su pueblo elegido desde la eternidad, de acuerdo a Su propio propósito, a su buena disposición.

No puede Esaú recibir tal amor que no le fue dado. Entonces, me dirás: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Habrá injusticia en Dios, el cual reclama de Esaú lo que éste nunca tuvo? ¿No hubiese sido Dios más justo si su Hijo hubiese muerto por todos, sin excepción? De paso, esa muerte del Mesías debería reclamar por igual a los muertos del tiempo pasado, como aquellos que se los llevó el diluvio. Deberíamos pensar en el arca de Noé, si ese patriarca estuvo anunciando lluvia cuando no la conocían, ¿por qué hizo un arca de esas dimensiones específicas? ¿Es que en ese barco hubiese cabido la humanidad entera, si hubiese aceptado la advertencia?

La gente puede conocer mucha Biblia, puede predicar en gran medida sobre ella, pero si llega a desconocer lo que es el evangelio (la justicia de Dios que es Cristo) está perdida. Está tan perdida como aquella gente a la que Pablo le dijo en Romanos 10 1-4 que su celo por Dios no servía de nada. La ignorancia de esa justicia de Dios convierte en inutilidad el celo religioso que se tenga por Él. Una oveja perdida vendrá al redil cuanto el evangelio de verdad le haya sido predicado; el que no venga al redil de las ovejas cuando se le haya predicado ese evangelio, da prueba de que ignora la justicia de Dios.

Son muchos los que creen en otro Dios, en otro Cristo, en otro evangelio. Pablo dijo que maldito sería el que predica otro evangelio, que esa maldición corre por igual en el que lo sigue. Jesús habló de los ciegos guías de ciegos, de aquellos que siguen a los equivocados y se convierten en doblemente merecedores del infierno de fuego. Una persona regenerada no puede seguir creyendo la mentira de la expiación universal, ya que la Biblia es clara en que la expiación por los pecados del pueblo de Dios es una doctrina esencial (Juan 6, por ejemplo). El verdadero creyente no habla paz cuando no la hay, no se va jamás tras el extraño porque desconoce la voz de los extraños. Son los maestros de mentiras los que se hacen seguir por innumerables cabras, o por ovejas que todavía no han sido llamadas con llamamiento eficaz. En este último caso, esa oveja abandonará el local de las cabras cuando le llegue el momento de ser rescatada (Hechos 13:48; Hechos 2:47; 2 Juan 1:9-11).

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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