En el viejo Egipto, cuando los israelitas estaban en esclavitud, vino un gran castigo de parte de Jehová. Dios había comisionado a Moisés para convertirse en el libertador de su pueblo, bajo el mandato de solicitarle al Faraón la liberación de Israel. Sin embargo, hubo un detalle que debemos considerar por siempre: Dios endurecería el corazón del Faraón para glorificarse en él en toda la tierra. Es decir, el mandato divino no se obedecería por causa de la decisión divina de endurecimiento al mandatario egipcio, para cumplir un propósito oculto. Oculto ante los egipcios pero no ante Moisés, ya que el Señor le había informado cómo sucedería todo ese evento.
Al final de las plagas, justo antes del asesinato de los primogénitos, con la sangre de los corderos inmolados serían untados los dinteles y postes de las casas. De esta manera, cuando Jehová pasare hiriendo a los egipcios pasaría por alto las casas untadas con aquella sangre. Ese era el inicio de la Pascua, el hecho de que Dios pasara por alto la transgresión de aquellos a quienes esa sangre cubría. De allí en adelante se instituyó ese rito para el pueblo de Dios, al punto en que hoy día conmemoramos la muerte de Cristo como el Cordero Pascual que pagó todas nuestras transgresiones.
Aquella sangre de los corderos tipificaba la sangre de Jesucristo. No todas las casas tenían en sus dinteles y postes esa sangre, por lo que no a todos les fue suspendido el castigo. El trabajo de los israelitas no se computaba como pago de exoneración, sino solo la sangre como símbolo de advertencia. La sangre sola era suficiente para que Jehová perdonara aquellas casas; lo mismo acontece hoy día, la sangre de Cristo es suficiente para el perdón de pecados. Con esto dicho debemos apuntar que si Jesucristo hubiese derramado su sangre por todo el mundo, sin excepción, todo ese mundo sería salvado, sin excepción. Pero el Cordero de Dios vino a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), no por los cabritos que mandará al infierno de fuego.
Hay gente que supone que Jesús murió por todo el mundo, pero que cada quien tiene la libertad de decidir si aplica esa sangre en su vida. Eso no tiene fundamento bíblico, más bien contradice a las Escrituras. Por ejemplo, Jesús no derramó su sangre por Judas Iscariote, de quien dijo que era hijo de perdición. Tampoco lo hizo por los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda (2 Timoteo 3:1-9; 2 Pedro 2:3). ¿Y qué pasaría con aquellos por quienes supuestamente Jesús murió, pero que jamás oyeron del evangelio? ¿Será mejor no oír el evangelio para ser salvo por la sangre derramada en la cruz? Eso no tiene sustento bíblico, sino solamente forma parte de la falacia de la expiación universal por obra de decisión individual.
Isaías nos lo dice claramente: Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). Jesús quedó satisfecho con el fruto de su trabajo, porque no apuntó a más como para quedar fracasado; además, su propósito siempre fue salvar a muchos pero no a todos. Como bien dijo: Muchos serán los llamados (por el evangelio anunciado) pero poco los escogidos (por el Padre, desde la eternidad): Mateo 20:16. El trabajo de Jesús, como el Cordero de Dios, hizo que muchos fuesen justificados por la fe. No lo hizo en forma potencial sino actual, no lo dejó a consentimiento de los muertos en delitos y pecados sino que lo consintió él mismo, llamándonos de muerte a vida. Solamente aquellos a quienes el Padre envía hacia el Hijo serán salvados, ya que no todos pueden ir a Cristo sino solamente los enviados del Padre (Juan 6: 37; 44; 65).
La Escritura enseña que no nos ha puesto Dios para ira sino para alcanzar su gracia perpetua; si ya fuimos justificados por su sangre, por él seremos salvos de la ira (Romanos 5:9). Los beneficiarios de la sangre del Cordero de Dios fuimos reconciliados con Él, de manera que el Espíritu nos da vida y así lo hará con los que todavía no han sido llamados eficazmente. Pero esto sucederá solamente con los elegidos del Padre desde la eternidad, desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1: 4 y11). Cristo se entregó por nuestros pecados, para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre (Gálatas 1:4). Esto es una manifestación de la buena voluntad del Padre, de la gracia y el amor de Cristo: fue el Hijo el entregado en ofrenda para rescate de muchos (de todo su pueblo). Así como Abraham intentó dar a Isaac en sacrificio, bajo la orden de Dios, en una prefiguración de lo que haría el Padre con el Hijo, ahora vemos consumada la promesa que constituye la esencia del evangelio.
Adán cayó junto a Eva, pero el Dios Eterno sacrificó animales para cubrir con sus pieles la desnudez del pecado humano. Después se anunció la enemistad entre las dos simientes: la de Satanás y la de Dios (Génesis 3:15). Asimismo existe una enemistad entre la serpiente antigua y la iglesia de Cristo, en una guerra sin límite. Pero somos salvos de la ira de Dios gracias a la sangre del Cordero sin mancha. A Abraham le fue hecha la promesa, y a su simiente; esa simiente es Cristo (Gálatas 3:16). Es decir, la enemistad entre Satanás y Jesucristo continúa, pero ya la serpiente tiene su herida en la cabeza.
La Simiente de la mujer, Jesucristo, hirió la cabeza de la serpiente antigua, destruyéndola junto a sus principados. El pueblo del Señor obtuvo el beneficio de su sangre en la cruz, habiendo Jesús tomado nuestro castigo para darnos a cambio su justicia. Y esa es nuestra victoria sobre Satanás, para que vivamos quieta y reposadamente, alejados del mundo y caminando hacia el reino de los cielos. Gracias a esa sangre del Cordero podemos decir juntamente con Pablo: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Corintios 15: 55-57).
César Paredes
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