SALVACIÓN CONSUMADA

En la cruz, el Salvador del mundo cargó con todos los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras. Según Juan el Bautista, Jesús fue el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Quitar ese pecado no implica eliminarlo de cada corazón humano. En múltiples oportunidades la Escritura habla de la palabra mundo, así como del adjetivo indefinido todo, pero no se implica que se refiera a cada uno de los habitantes del planeta. Más bien se implica un enfático construido en la frase, como cuando se dice: están matando a todo el mundo…o todo el mundo sabe que lo aborrecías. Ese es el caso también en la Biblia cuando se dijo que los fariseos afirmaron de Jesús que todo el mundo se iba tras él. En realidad, ellos no siguieron a Jesús, ni los saduceos, ni el Imperio Romano, ni una gran cantidad de judíos, ni los egipcios, etc. (Juan 12:19).

Ciertamente, la salvación se consumó en favor de todo el pueblo de Dios, ese conglomerado escogido desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1). Dios Padre imputó los pecados de su pueblo escogido en Jesús el Cristo, derramando sobre él su ira por la justicia ofendida (2 Corintios 5:17; 1 Pedro 3:18). Después, el Padre imputó la justicia de su Hijo en los elegidos, para bendición en justicia (Salmo 85:10). Por tal razón fue escrito: Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados (Colosenses 2:13).

Una vez que mojaron la boca del Señor con vinagre, como cumplimiento de una predicción, el Señor exclamó desde la cruz que todo había sido ya consumado. La total voluntad de Dios en relación a su encarnación, a la exposición de vituperio, al sufrimiento extremo como castigo por el pecado de todo su pueblo (Mateo 1:21), en suma, el conjunto de labores que el Cristo debía cumplir entre nosotros fue consumado. Ya no se puede añadir nada al trabajo de Cristo, sino que nos toca asumir la predicación de ese Evangelio para que las ovejas escogidas oigan el llamado del buen pastor y para que otros lo rechacen (Juan 12:48).

Esa salvación consumada fue hecha sin ayuda humana, sin aporte de la carne leprosa del pecado. Tampoco invalida lo conseguido en la cruz, como se demuestra por el poder operado en la resurrección al tercer día, como se había prometido como la señal de Jonás. El Creador de todo cuanto existe (Juan 1:1-3) tiene el poder para hacer todo en forma perfecta, así que por la palabra fue constituido el universo como por la palabra del Evangelio se da vida a los que son llamados eficazmente.

Hemos de enfocarnos en la justicia de Cristo y en la sangre que simboliza esa justicia. Allí radica el centro del mensaje del Evangelio, no en las parábolas del gran Maestro, ni en sus milagros que lo autenticaban como enviado del Padre, ni en su sabiduría exhibida. Todo esto forma parte del adorno que tenía ese Cordero, pero fue la muerte en el madero lo que llevó nuestros pecados y descargó la ira del Padre sobre el Hijo, aquello que reconcilió a Dios con nosotros. En realidad hubo un acto operativo conveniente para el pueblo de Dios: Jesús tomó nuestros pecados y pagó por ellos, pero el Padre nos dio la justicia del Hijo y pasó a ser un Dios justo que justifica al impío.

De la Escritura leemos: ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:34). Muchos han sido ordenados para que vivan en continua impenitencia e incredulidad, por lo cual ya han sido condenados; pero hay otro gran grupo que fue escogido en misericordia y gracia para arrepentimiento y perdón de pecados, habiendo sido amado con amor eterno, participante de una misericordia prolongada. Por este grupo llamado el pueblo de Dios murió Cristo, consumó su trabajo, grupo escogido para salvación. No existe otro evangelio, solamente el de la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados.

Tal Evangelio se anuncia desde la caída de Adán, cuando Dios cubrió su desnudez con pieles de animales sacrificados; más tarde se anuncia que la Simiente herirá a la serpiente antigua en la cabeza, para vencerla. Pero por igual se escribió ahí mismo que existiría la simiente de la serpiente, los herederos de la condenación eterna, los cuales serán llamados en la misma Escritura réprobos en cuanto a fe, cuya condenación o se tarda. Pero ninguno de los elegidos de Dios será condenado, como bien lo dijera el Señor: el diablo tratará de engañar a los elegidos, si fuere posible. Esta expresión resaltada está en futuro de subjuntivo, al igual como aparece en el texto griego, lo cual hace imposible el intento de Satanás.

La justicia que nos ha sido conferida en Cristo no nos será quitada jamás, ya que Dios sería injusto si castigara dos veces a una persona por el mismo pecado: una vez en Cristo y otra vez si condenara a algún redimido por Cristo. Pablo señala a un hermano de la iglesia de Corinto como un gran pecador, el que se acostaba con su madrastra; ordena que lo entreguen a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que que su espíritu viva en el día postrero. En la Carta siguiente habla de ese hermano de nuevo, pero reconoce su dolor y arrepentimiento, por lo cual recomienda a la iglesia incorporarlo otra vez (1 Corintios 5:1-5; 2 Corintios 2: 6-11). |1 Ese apóstol habló de sí mismo cuando escribía Romanos 7, diciendo que se sentía miserable por sus pecados que no queriendo hacer hacía de igual forma; pero daba gracias a Dios por Jesucristo que lo libraría de esa situación finalmente. Nunca se sintió el apóstol como si estuviera condenado por sus pecados, sino que lamentando su carnalidad agradeció a Dios por su posición en Cristo Jesús.

El Señor consumó su trabajo en la cruz, de manera que verá el linaje fruto de su labor (Isaías 53:11-12). Nadie podrá decir sin blasfemar que Dios miró algo importante en su vida para tenerlo en cuenta en el camino de salvación; nadie podrá alegar que algo bueno existía en él, ya que la Biblia declara que el Señor miró desde el cielo y vio que no había justo ni aún uno, ni nadie que lo buscara. No había quien hiciera el bien, ya que todos se habían corrompido (Romanos 3:10-18; Salmos 14:1-3). Ya Dios nos había enseñado a través de Abraham, el padre de la fe, que no recibiría su holocausto sino que Él se procuraría de Cordero (Génesis 22:13).

Tanto la muerte como la resurrección de Cristo constituyen la seguridad de los elegidos de Dios. Hemos sido librados de la eterna condenación, habiendo el Señor conquistado la muerte, nuestro postrer enemigo. El aguijón de la muerte es el pecado, pero al vencer a Satanás exhibió su trofeo alcanzado ante las potestades espirituales. Sí, Satanás tenía el poder del pecado, por cuanto es el autor natural del pecado. Si él fue echado fuera de los cielos, quería y exigía como justicia equitativa que los pecadores también pagaran con la muerte eterna. Pero venido Jesucristo, Dios humanado, se hizo pecado por su pueblo, llevó nuestro castigo en la cruz, venció la muerte con poder al resucitar al tercer día, exhibió su triunfo y ahora está a la diestra del Padre. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 15:55).

César Paredes

retor7@yahoo.com

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