Hemos llegado a creer en el evangelio por asuntos de fe; sabemos que la fe es un regalo de Dios y que no es de todos la fe. Además, la Biblia asegura que sin fe resulta imposible agradar a Dios. Bien, todo este círculo de argumentos nos conduce a una primera síntesis: estamos en el terreno de la confianza en Dios, algo que no podemos transmitir del todo a quien no se encuentra en el mismo ámbito. No podemos probar la existencia de Dios, a no ser que acudamos a la razón y demostremos que resulta imperativo un Creador con una mente infinita y con capacidad absoluta para que todo apareciera al mandato de su voz. Sin embargo, ese mismo Dios vino al mundo con amplia prueba sobrenatural y no le creyeron, sino que terminaron crucificándolo.
Por supuesto, esa crucifixión también estuvo diseñada para el siervo sufriente, para el siervo justo que justificaría a muchos por su conocimiento (Isaías 53:11). En definitiva, en Él vivimos, nos movemos y somos, sin que podamos escapar de su presencia. Ah, pero para el hijo escogido se ha escrito que esa presencia iría con nosotros y nos daría descanso. Dios quiso que el mundo fuese así como lo vemos, con belleza y tormento, con santidad y pecado, con ángeles buenos y ángeles malos, con la presencia del Altísimo y con la presencia de Satanás.
La Escritura afirma que Dios amó a unos pero odió a otros, un cruento parecer para los que andan atormentados con el pecado y la culpa, con la justicia divina como una espada de Damocles, como una amenaza para el día de rendición de cuentas. En cambio, para los elegidos del Padre viene a ser una declaración de amor como ninguna otra. La razón que vemos en la Biblia simplemente demuestra que el hombre caído desde Adán tiene la muerte como pago, dada la justicia exigida por el Creador. En Adán todos mueren, pero esto no solo refiere a la muerte física sino a la muerte espiritual.
En Cristo todos viven, asegura la Biblia. Pero esos todos que viven hace referencia a todos los que fueron llamados por Dios para ir hacia el Hijo (Juan 6). No todo aquel que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino los que hacen la voluntad del Padre. Esa voluntad refiere a creer en el Hijo, el enviado para morir por todos los pecados de su pueblo (Juan 6: 39-40; Mateo 1:21). Como ninguna persona puede salvarse a sí misma, queda demostrado que el amor divino nos mueve a esa salvación. En otros términos, todos aquellos a quienes el Padre amó desde la eternidad, de acuerdo al conocer bíblico, fuimos escogidos para ser llamados oportunamente y para ser justificados por la sangre del Hijo.
¿Por qué no todos son salvos? No lo fue Judas Iscariote, hijo de perdición, el cual iba conforme a la Escritura. No lo fue el Faraón de Egipto, a quien Jehová endureció su corazón para que no dejara ir a tiempo al pueblo de Israel, hasta que se consumara el castigo previsto. No fueron escogidos para salvación aquellos cuyos nombres no se encuentran escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8), quienes también fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). Ciertamente, a Jacob amó Dios pero odió a Esaú, antes de que hicieran bien o mal, antes de ser concebidos, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).
La pregunta del objetor sigue siendo la misma: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? En otros términos, ¿cuál es la razón de inculpar a Esaú si él tuvo que vender su primogenitura porque fue odiado desde antes de nacer? No fue en base a las obras porque ya lo declaró Pablo en Romanos 9:11, dado que el propósito de Dios permanece por la elección. Este es el Dios soberano que pocos conocen, ya que la llamada cristiandad en general ama su propio ego, se afianza a su mitológico libre albedrío y pregona a un dios que no puede salvar. Sí, ese dios de la gran masa autodenominada cristiana depende de la voluntad de un muerto en delitos y pecados.
De acuerdo a esa falsa enseñanza, Jesús murió por todo el mundo, sin excepción, para hacer factible la salvación para todos. Depende de cada quien el aceptarla o rechazarla, si bien los que nunca oyeron que habían sido salvados potencialmente tampoco se salvaron. En fin, esta tesis no se sustenta en la Biblia, sino con textos fuera de contexto, en el tejido de un dios humanista que se presenta al hombre para que rumie en su alma si tiene a bien o no recibirlo. El Dios de la Biblia salvó eficazmente a todo su pueblo, al cual va llamando por medio del verdadero evangelio para que como ovejas apercibidas sigan al buen pastor y no escuchen más la voz del extraño (Juan 10:1-5). Una cruenta lucha se levanta contra este Dios de la Biblia, contra todos aquellos que anunciamos su poder y su soberanía. Ese Dios no gusta a la mayoría, asunto de lo cual también habló Jesucristo: que serían pocos los escogidos, que somos la manada pequeña. ¿Cómo podemos amar a un Dios que se coloca en forma soberana en sus escritos? Simplemente porque Él nos amó primero, de lo contrario formaríamos parte de la fila que odia a Dios.
Hay quienes niegan al Dios que los hizo, debido a su pecado de incredulidad. De esta forma niegan al Dios de toda providencia, mostrándose como sus enemigos a través de sus múltiples obras malignas. Estos se perciben orgullosos, adjuntándose a la transgresión de Lucifer, viviendo en la injuria, en la altivez de espíritu, inventando formas de maldad. La Biblia añade que son desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables y sin misericordia (Romanos 1:30-31). En realidad están sin el entendimiento de Dios, de lo que debe ser la adoración al Creador de todo cuanto existe, sin deseo de reconciliación.
La ley de la naturaleza indica que ciertas cosas convienen y otras no, por lo cual pecan contra esa ley natural. La ley de Dios fue colocada en sus corazones, a través de la obra misma de la creación, pero se resisten al sometimiento de la exigencia divina. Por supuesto, el corazón de piedra no puede degustar el deleite divino, a menos que sea cambiado por uno de carne. Eso lo llama la Escritura el nuevo nacimiento, pero para eso ninguna persona puede sentirse capaz; solamente el Espíritu de Dios opera esa regeneración tan urgente para que el alma viva.
Dado que no tenemos una lista acerca de quiénes son o no son los elegidos de Dios, la predicación del Evangelio va para todo aquel que oiga. Sabemos que el Señor llamará a los suyos en su debido momento, por lo cual nuestro trabajo no resulta vano. Ese evangelio consiste en la promesa de Dios de salvar a todo su pueblo de sus pecados; para eso hizo que su Hijo cumpliera toda la ley (como Cordero sin mancha) y fuese al madero para recibir la maldición por todos los pecados de su pueblo (como fue escrito: maldito todo aquel que es colgado de un madero).
Cuando Jesucristo pasó a ser la justicia de Dios, se convirtió en nuestra pascua. Dios pasa por alto todos los pecados de los creyentes, de aquellos que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Todo aquel que cree este evangelio ha sido enseñado por Dios y ha aprendido de Él (Juan 6:45), por lo cual tiene vida eterna. El que no cree ya ha sido condenado (Juan 3:18), porque permanece en Adán, bajo la sentencia de muerte. Pero los que permanecemos en el segundo Adán (Jesucristo, la Simiente prometida), escapamos de la condenación venidera. Jesucristo es la seguridad de su pueblo, habiendo sido condenado a muerte por el pecado sobre sus hombros, quien nos da a cambio su justicia perpetua. De esta forma, Jesucristo nos libera de la maldición de la ley y de su condenación. Hemos pasado de muerte a vida, por lo que nunca entraremos a la condenación de los injustos. Somos justificados por su gracia, lo que plugo a Dios para justificarnos cuando éramos impíos.
César Paredes
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