En su infinita sabiduría y gracia, Dios pactó con el Hijo, desde la eternidad, para cumplir con la redención de todos sus elegidos. Este principio reconoce la soberana autoridad divina sobre todas sus criaturas, sobre cada partícula de su creación. Podríamos hablar de un pacto de gracia con la humanidad caída, pero con la salvedad de que ese convenio refiere en exclusiva a los elegidos, que aunque habiendo caído gozan del amor eterno de Dios. De esta forma somos reconciliados con Dios en su rescate eterno, siendo salvados por Jesucristo y por la gracia divina. Tanto los que vivieron en la época del Antiguo Testamento, como los que vivimos bajo este Nuevo Pacto, todos los que hemos sido salvados lo somos por gracia, nunca por obras.
Desde antes de la fundación del mundo se alcanzaron las maneras para la presente redención. Es decir, se logró el acuerdo eterno y sin dudas del propósito de la creación de Dios. Salvar a unos, en tanto otros eran condenados, daría brillo al amor mostrado en los que Dios quiso elegir según el consejo de su voluntad. Este pacto de redención opera como la base de cualquier otro pacto; el pacto de gracia reposa en el pacto de redención. En suma, todo lo ha hecho Dios para desplegar el propósito de su cometido, la redención por gracia por medio de Jesucristo, a través de su fe, de manera que alcance a todos sus elegidos, sin excepción.
La Biblia habla de Cristo siendo inmolado desde la fundación del mundo, para dar a entender que cualquier creyente queda salvado a través de la fe de Cristo y su sacrificio, incluso los que han vivido antes de su encarnación en este mundo. Dios y sus elegidos, como señala la Escritura respecto del Mesías: Los hijos que Dios me dio. El Dios verdadero crea todas las condiciones para la felicidad suprema, como se valora en el impío que ha sido perdonado. Con 99 años de edad, Abraham recibió la visita del Todopoderoso y escuchó lo que le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto (Génesis 17:1).
La gloria sea dada a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros (Efesios 3:20). A Dios se le celebra su perfección que va aunada a su poder, en reconocimiento a que nada le es imposible. Él es quien hace que todo acontezca, quien ha ordenado un cúmulo de bendiciones para su pueblo, más allá de lo que nosotros alcanzamos a pedir. Dios conoce nuestras peticiones antes de que le pidamos, otorga en abundancia más allá de lo solicitado, pero no viola su voluntad ni sus decretos ni propósitos eternos.
Por esa razón la Biblia nos recomienda pedir conforme a la voluntad de Dios. ¿Cómo conocer esa voluntad? El Espíritu Santo que mora en nosotros nos ayuda aún en nuestras oraciones, a pedir como conviene, dado que conoce la mente del Señor. Ese Espíritu también se comprende como el poder que mora en nosotros, la evidencia de la grandeza del poder divino. En tal sentido, el Espíritu testifica ante nuestro espíritu de que en realidad somos hijos de Dios. Por el mandato de su voz todas las cosas subsisten, sin Él nada hubiera sido hecho; en este argumento debemos meditar para andar con la seguridad de quien es tomado de la mano por ese Ser Supremo. (Salmos 73:23).
Nuestra mirada hacia el mundo nos sumerge en sus depresiones, hasta convertirnos en bestias delante de Dios. Llegamos a alejarnos de toda comprensión sobre el Altísimo, mientras más contemplamos las opiniones y acciones del mundo. Convertidos en torpes personas, exclamamos como el salmista: Tan torpe era yo, que no entendía; era como una bestia delante de ti (Salmos 73:22). La metáfora de Ezequiel sobre el nacimiento de Jerusalén nos muestra lo despreciable que hemos sido ante el mundo, lo ignotos e insignificantes que somos ante quienes nos miran. Sin embargo, cuando Dios pasó junto a nosotros y nos vio en nuestras inmundicias, aún en nuestra mortandad, nos dijo: ¡Vive! (Ezequiel 16: 1-6).
Recordemos que fuimos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros (Tito 3:3). Comparado este texto con lo dicho por Ezequiel, tenemos la figura completa de lo que somos de acuerdo a nuestro pasado. Pero Dios es quien justifica al impío, según el criterio de su propia justicia, la cual es Cristo. El Dios justo nos justificó en base a la justicia de su Hijo. No hay otra justicia posible que le agrade o satisfaga, que lo amiste con el hombre. A nosotros se nos ha dicho la más grande promesa: No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino (Lucas 12:32).
La relación económica de las personas de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu) nos maravillan desde el pacto de gracia. El Padre visto como el autor de la idea, el Hijo como el reconciliador, el Mediador, el Redentor. El Espíritu se nos muestra como el que regenera, el que aplica esa redención en cada uno de los escogidos del Padre. De esta forma nos convertimos en herederos con el Hijo (Romanos 8:17). Jesucristo es también el testador, quien por su muerte ratifica el testamento de gracia. Habiendo un testamento urge la muerte del testador para la ratificación y cumplimiento de lo testado (Hebreos 9:16).
El pacto de gracia incluye tanto la salvación como sus medios: Dios nos ha dado su ley en nuestra mente, la ha escrito en nuestro corazón; Él nos es por Dios, y nosotros somos su pueblo (Jeremías 31:33). La sangre propiciatoria del Cordero sin mancha, Jesucristo, sirvió para nuestra propiciación. El sacrificio del Hijo en la cruz satisfizo al Padre, apaciguando su ira, para beneficio de todo su pueblo (Mateo 1:21). La prueba de tal satisfacción la constituye la resurrección del Hijo: la satisfacción por su obra hizo que resucitara de la muerte, como una garantía de nuestra resurrección. Cristo se convirtió en ofrenda y olor fragante (Efesios 5:2), de manera que ya no tememos la eterna condenación que aguarda solamente a aquellos que quedaron fuera de este pacto.
La sangre de Cristo no puede equipararse a la sangre de los animales que eran sombra de lo porvenir. Si así fuese, habría que seguir sacrificando porque viviríamos todavía en aquella vieja sombra. Cristo hizo con una sola ofrenda perfectos para siempre a los santificados…Pues donde hay remisión de pecados, no hay más ofrenda por el pecado (Hebreos 10: 14 y 18). El que cree que Jesucristo ofició por todo el mundo, sin excepción, todavía anda en la vieja sombra de la sangre de los animales por lo cual necesita sacrificar una y otra vez sin poder quitar los pecados (Hebreos 10:11).
César Paredes
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