SOBERANÍA Y AUTORIDAD DE DIOS

Si Dios no fuese soberano, no tendría autoridad suficiente para gobernar su universo. No podemos decir que la autoridad de la Biblia proviene de ella misma, dado que estaríamos en un razonamiento circular. Sin embargo, cualquier sistema de ciencia o de argumentación parte de la necesidad de la demostración de sus premisas. Nadie ha visto el número uno (1), nadie lo conoce como para decir a qué sabe y cuál es su figura; no obstante, la matemática parte del axioma de que los números existen y los utiliza para desarrollar todo un pensamiento abstracto, lógico y sensible ante la ciencia.

Si se acepta la premisa principal, lo que sigue se toma como carpintería simple. Todo encaja, viene la premisa menor con su término medio y le sigue la síntesis o conclusión. Si no cumple con las normas del silogismo, se tiene como un razonamiento falaz. Si cumple, entonces se asume como verdadero. Tenemos la revelación de Dios en nuestras manos, pero muchos no la aceptan como autoridad. La razón aparece por medio de varias voces, preguntándonos cuál es la base de su veracidad. Adán tuvo esa revelación, de otra manera, aunque constituyó igualmente una revelación de la palabra divina. Se le dijo que tuviera cuidado con el fruto prohibido, pero aún en su estado de inocencia no hizo caso. Como si él mismo hubiese cuestionado el principio de autoridad divina, como si el hecho de que Eva hubiese comido lo autorizara para la desobediencia. Eva no había muerto, como Dios había indicado, pero habiendo pecado ambos descubrieron la vergüenza de su desnudez.

La Biblia nos asegura que Dios no puede jurar por uno más grande que Él, por lo cual juró por Sí mismo (Hebreos 6:13). Sabemos que la Biblia tiene autoridad porque viene de Dios, fue su inspiración, pero creer en la Escritura solamente puede ocurrir por una revelación del cielo. Algo parecido le dijo Jesús a Pedro, que lo que le había confesado no se lo había revelado sangre ni carne, sino su Padre que estaba en el cielo (Mateo 16:17). La revelación interna y externa pertenecen a Dios, como pertenece también el Evangelio. Su descubrimiento no se debe al esfuerzo humano, sino a la soberanía divina que opera de acuerdo al designio de la sabiduría de Dios.

De esta forma, predicamos el Evangelio a toda criatura posible, pero el que se crea o se rechace va por cuenta del Señor. Ninguno puede venir a Cristo si no le fuere dado del Padre. Todo lo que el Padre le da al Hijo, vendrá a él y nunca será echado fuera. Pero ese venir a Jesucristo pasa por el hecho de que Dios enseña para que se aprenda (Juan 6:45), cosa que hace en todos los escogidos para tal fin. El método usado no es otro que el anuncio del Evangelio de Cristo, ya que por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos (Isaías 53:11). El conocimiento del Evangelio consiste en la revelación de muchas verdades respecto a la Divinidad y a nosotros como criaturas.

La historia del pecado humano forma parte del propósito del Evangelio, el hecho de que no tenemos excusa y de que somos impotentes para cumplir la ley divina. Desde la eternidad Dios se propuso reunir todas las cosas en Cristo, es decir, dar a conocer a la criatura humana la impotencia propia que produce la muerte en delitos y pecados. De esta forma nadie podrá jactarse en la presencia de Dios, sino que ante su presencia se dará tributo exclusivo a la justicia de Dios que es Jesucristo.

La caída del hombre produjo enemistad para con Dios, para aceptar la verdad divina. Todo se pone en duda, por lo que ni los creyentes pueden probar a un tercero que la palabra de Dios es verdad. Solamente el testimonio del Espíritu nos habilita para creer, si bien resulta veraz el decir que no existe contradicción en las Escrituras. Hay una lógica entera en ella, existe una coordinación en sus páginas pese a que la Biblia fue escrita en un período de 1500 años, por más de 30 autores de una amplia gama laboral y social. Su temática se concatena en ella como una enredadera a un tronco, para mostrar el mensaje de salvación para el pueblo escogido de Dios.

Hoy día se siente temor a decir estas cosas reveladas en las Escrituras, por lo que muchos religiosos se dedican a anunciar igualdad para todos. Es decir, que Dios ama a todos de la misma manera, que Dios no odia a nadie, que quiere salvar a toda la humanidad pero que el diablo lucha en su contra. Por esta razón dejan el desenlace de esta batalla en las manos de de la humanidad caída, como si el hombre muerto en delitos y pecados pudiera tomar alguna decisión sensata al respecto. Recordemos que la enemistad que se produjo en la caída de Adán fue absoluta, pero ha sido Dios en su misericordia el que inició este acercamiento por medio de Jesucristo. ¿Por qué razón no lo ha hecho con toda la humanidad, sin excepción?

He allí el problema de muchos, el razonamiento en torno a la equidad por lo cual se juzga a Dios como injusto. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Estas interrogantes acerca de la justicia o injusticia de Dios aparecen descritas en Romanos 9; la respuesta ha sido la misma: ¿Quién es el hombre para que alterque con su Creador? No es más que una olla de barro en manos del alfarero, el cual tiene derecho a hacer con su masa de tierra un vaso para honra y otro para deshonra. En síntesis, si no aceptamos la palabra revelada tal como nos ha sido dada, a Dios siempre lo iremos a juzgar.

Los seres humanos no se agradan con el permanecer en el conocimiento de Dios y han cambiado la gloria divina por semejanza de animales y objetos creados. La predicación de la cruz pareciera una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan resulta el poder del Dios soberano. De verdad, el ser humano en su estado natural (caído) no recibe las cosas del Espíritu de Dios porque no las puede discernir. ¿Cómo podrá discernir la autonomía y el derecho de Dios de amar a Jacob y de odiar a Esaú, antes de que hicieran bien o mal? No porque Dios mirara en el futuro y viera las obras de estos dos personajes, sino porque quiso que el propósito de redención fuese por medio de la elección (Romanos 9).

Solo podemos pasar de la enemistad a la amistad con Dios por medio de la renovación hecha por el Espíritu Santo. He allí el trabajo de la regeneración, cuando el corazón de piedra es quitado para colocar uno de carne, sensible a las cosas divinas. Cuando esto ocurre podemos hablar de una primera resurrección, la espiritual; así como cuando Eva murió lo hizo primero en forma espiritual, como ha acontecido con toda la raza humana, ya que en Adán todos mueren. Jesucristo mostró su poder en la resurrección de Lázaro, dándonos a entender la potencia de su palabra. Después resucitó él mismo y ascendió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre y volverá a juzgar a los vivos y a los muertos.

Nuestra predicación resulta impotente para hacer que solamente una persona pueda creer, a no ser que ella vaya dirigida por el poder divino para alcanzar tal objetivo. Pese a nuestra impotencia, la Escritura nos exhorta a estar siempre prestos para defender las razones de nuestra esperanza, en caso de que alguien lo requiera (1 Pedro 3:15). Esto hicieron los apóstoles, los que los siguieron en la historia del cristianismo, esto hacemos hoy día. Y si eso se ha hecho en la historia de los creyentes, como se muestra en las mismas Escrituras, no hemos de ser renuentes al razonamiento para dar cuenta de nuestra esperanza.

Tengamos cuidado de servir al verdadero Jesús; pudiera ser que se sirva a un falso Cristo, lo cual nos daría vergüenza y no sabríamos argumentar con razonamientos válidos. En cambio, si servimos al Jesús de las Escrituras, no tenemos de qué avergonzarnos ya que su Evangelio es el poder de Dios para salvarnos.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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