Dios habló de muchas formas, por lo cual tenemos ahora su palabra por escrito. La inspiración divina en los escritores bíblicos viene dada en virtud de la autoridad del cielo sobre la tierra. Todos los seres humanos hemos recibido en alguna medida la verdad de Dios, de manera que no se puede confundir la literalidad de su palabra como si por equívoco anulásemos las metáforas. Si Cristo dijo que él era la puerta, no significa que él esté hecho de algún material con el que se fabrica la entrada de un recinto. Lo que de Dios se conoce ha sido manifestado a los hombres (judíos y griegos), ya que las cosas invisibles de Él, su eterno poder y deidad, se tornan visibles desde la creación del mundo (Romanos 1:19-20).
Si el hombre natural ha profesado ser sabio (Romanos 1:22), quiere decir que conoció algo de la sabiduría divina. Así que nadie puede alegar ignorancia respecto del Creador; ciertamente el hombre caído se hizo necio. Hay un sendero de la necedad, cuyo primer paso consiste en cambiar la gloria del Dios incorruptible para dedicarse a la idolatría (Romanos 1:23). Un acto lleva a otro, de manera que Dios entregó a la inmundicia, a la concupiscencia del corazón, a quien ha cambiado la verdad por la mentira (Romanos 1:24-25). El otro paso del camino de la necedad consiste en no tener en cuenta a Dios, en negarlo, aunque intenten sustituirlo por otro (Romanos 1:28).
Dios nos comunicó su palabra en palabras, a través de actos lingüísticos. Creemos que la palabra de Dios es verdad, por lo tanto reveló a través de sus escritores escogidos lo que debemos conocer. Partimos de esa premisa, que Dios es verdadero y que quiso comunicarnos su voluntad. Nuestro problema consiste en querer probar ante un tercero que esa palabra es verdad, que la humanidad entera debería aceptar esa revelación traída por los escritores divinos. Aunque nuestro deber consiste en predicar dicha verdad revelada, no se puede llegar a creer en ella si no existe la revelación especial que da el Padre.
Ese acto subjetivo (porque refiere al sujeto que llega a creer) se produce con el nuevo nacimiento. Sabemos por las Escrituras que no depende de voluntad humana el creer, sino que nacer de nuevo compete en exclusiva al Espíritu Santo. La cristiandad asume como valor absoluto el hecho de la inspiración de las Escrituras, un punto de partida en la carrera de la fe. Pero la fe también puede considerarse como un punto de partida para aceptar la inspiración de la Biblia. La inspiración de las Escrituras es un asunto de la autoridad de Dios: Toda la Escritura es inspirada por Dios, dice Pablo a Timoteo.
Isaías nos asegura que la boca del Señor le ha hablado, y otros autores también lo aseguran: El Espíritu del Señor ha hablado (2 Samuel 23:1-2). En el libro de los Hechos encontramos la declaración de que el Señor había hablado por la boca de su siervo David (Hechos 4:25).
El autor de Hebreos deja por sentado esa inspiración, cuando escribe: Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo (Hebreos 1:1-2). El acto de habla que ha dado Dios no es una idea vaga que uno tenga que adivinar, sino un mensaje único y sin contradicción. El Señor mismo infirió que si uno creía en Moisés debería por igual creer en él, por cuanto Moisés ya había hablado de él. Al contrario, el que no cree en Moisés no podrá creer en las palabras del Señor (Juan 5:46-47). De acuerdo a Juan 10:35, la Escritura no puede ser quebrantada, es decir, se mantiene firme como autoridad suprema en el mundo de la fe cristiana, si bien por medio de ella será juzgada la parte incrédula de la humanidad.
El impío puede llegar a comprender la Biblia, pero eso no indica nada de su salvación. En cambio, el creyente debe comprender la esencia del Evangelio sin lo cual no da fe de su redención (Romanos 10:1-4). Satanás conoce la Escritura, pero no puede llegar a ser salvo; los heréticos (llamados también indoctos e inconstantes) tuercen la Escritura para su propia perdición. Si la tuercen implica que la comprenden en un sentido general, por cuya razón pueden llegar a desvirtuar su significado. El etíope leía el rollo de Isaías, pero no comprendía porque necesitaba que alguien le explicara; Felipe acudió en su auxilio, enviado por el Espíritu Santo.
La Biblia puede ser entendida pero no por ello es forzosamente aceptada. Dios ordenó que sus apóstoles escogidos llevaran este evangelio hasta el fin del mundo; eso hicieron aquellos primeros creyentes (Juan 17:20), eso han seguido haciendo a través de los siglos los que han sido ordenados para vida eterna, como si pasasen la antorcha de mano en mano hasta alcanzar al último de los escogidos. Tenemos por tanto el deber y la encomienda de predicar este evangelio, así como existe la promesa de que Dios salvará a cada una de sus ovejas. No hará lo mismo con las cabras, las cuales apartará al final a su izquierda.
Sabemos que la predestinación la hizo Dios, pero nosotros tenemos la exhortación de estar listos para la defensa ante cualquiera que nos demande nuestras razones sobre esta grande esperanza nuestra (1 Pedro 3:15). Si permanecemos apáticos ante este compromiso, manifestamos deslealtad a Jesucristo.
César Paredes
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