SUFICIENCIA DE LA INSPIRACIÓN DE LAS ESCRITURAS

Al asumir que toda la Escritura ha sido inspirada por Dios, debemos considerar el estado de suficiencia que ellas poseen. Lo que era necesario conocer nos fue dicho, pero lo que Dios se reservó para Sí mismo permanecerá incógnito en este mundo. El hombre de Dios puede estar completo con la palabra revelada, equipado para toda buena obra. El mensaje de la palabra de Dios provee lo suficiente para nuestra vida en Cristo. Pedro nos habló al respecto: Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia (2 Pedro 1:3).

De esta manera llegamos a participar de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción del mundo. El mundo está corrompido, siempre ha sido un lado oscuro, pero ahora la maldad ha sido aumentada. Nuestro llamado se ha hecho para que añadamos a nuestra fe virtud, conocimiento y dominio propio. Seguimos con la paciencia, la piedad y afecto fraternal, para terminar con el más alto valor: el amor. El mundo está condenado al caos, pero la esperanza del creyente yace en el Redentor.

La revelación posee el estatus de autoridad absoluta, para determinar la naturaleza de nuestra religión. Esto nos conduce al conjunto de estándares de ética general, para guiarnos bajo la moral que la Escritura propone. Sin embargo, hay quienes suponen que existe una revelación natural para todo el mundo. Aristóteles construye la idea de ese Dios absoluto cuando habla del motor sin motor que mueve todas las cosas. Esta construcción aristotélica proviene de una deducción pagana que niega la personalidad de Dios.

Basados en Romanos 1:20 algunos teólogos sostienen la revelación general para todo el mundo, sin excepción. Pero ante la declaratoria de Pablo, misma que de David, se habla de un Creador que se conoce por medio de la obra de la creación. Se infiere al artista gracias a la existencia de una obra de arte; esa asunción no es suficiente para alcanzar la redención eterna. El conocimiento del Dios verdadero aparece al alcance de los que Dios eligió gracias a la revelación especial, particular, que constituye su Palabra.

Sabido es que quedarse con ese Dios Absoluto, que no es una Persona, puede llevar por un derrotero de muerte. La Nueva Era demuestra con creces lo que intentamos decir: Dios llega a ser el contenido de los altos valores humanos, de manera que el hombre es Dios y Dios está en todos los hombres. Adorar a Dios equivaldría a adorarse a sí mismo. De igual forma, nuevos senderos aparecen al apartarse del camino de la inspiración suficiente de las Escrituras, el pietismo es uno de ellos.

La peligrosidad del pietismo proviene de hacer de la emoción la esencia de la religión. Un poco a la usanza del existencialismo de Kierkegaard, quien decía que no importa el qué se adore sino cómo se adore. Recordemos que Dios no existe porque obedezca al hecho de que nosotros nos basemos en nuestra dependencia de ese Ser Superior; al contrario, el conocimiento del Siervo Justo (Isaías 53:11) nos hace depender de ese Dios revelado en las Escrituras. Hoy día abunda la religión pietista que se entrega a las emociones, en un intento de probar la existencia de ese Dios. Si tú lo sientes, Dios existe. Ese aforismo resulta malsano, no depende de la Escritura.

El conocimiento del Cosmos puede señalar a Dios como su autor, pero no resulta suficiente para una criatura enemistada desde su caída. Podríamos inferir que Dios conoce, pero no necesariamente cuánto conoce. Al no tener un conocimiento empírico de la creación debemos sustentarnos en un asunto de fe; ciertamente, podríamos inferir a ese Dios que hizo cuanto existe pero de nuevo no basta con esa manifestación de su obra. Sabemos que existe el artista pero debemos conocerlo para saber si es uno solo o si son muchos los que están detrás de la obra. Además, ¿cómo podríamos conocer aquello que no ha sido revelado?

Solamente con partir del hecho de que las Escrituras son inspiradas por Dios podremos averiguar si nos resultan útiles para toda buena obra. Si las Escrituras no son inspiradas seríamos miserables como lo dijo Pablo en el caso de que Cristo no hubiese resucitado. Todo está ligado bloque a bloque, en una co dependencia de las partes conformando el todo. Si un eslabón en esa cadena maravillosa se desata o se cae, el edificio se viene abajo. Este presupuesto resulta obvio para el impío que trata de dañarnos en algún punto, para después inferir que no existe tal revelación.

La aparición de Darwin en la historia se debió a un hecho político para los ingleses: querían desautorizar la Biblia para callar su dicho de que Dios pone y quita reyes. Tal vez tenían sus razones sociales e históricas, pero su invención de la teoría evolutiva pretendía hacer daño a la autoridad de la Escritura. La lucha histórica del enemigo de las almas siempre sigue los mismos principios que le parecen viables, aunque se asegura de que sean sorprendentes en cada ocasión en que aparecen. Ahora llegó el turno para los mesiánicos, los que pretenden imponer su tesis del evangelio judío con pronunciaciones consideradas sagradas de ciertos nombres en lengua hebrea o del arameo.

Se ha dicho que hay errores en los manuscritos griegos más antiguos que conocemos, pero que ellos (los mesiánicos) poseen los escritos en hebreo que los vindican. Con esa triquiñuela tratan de causar confusión y aprovechan la distracción para pescar en río revuelto. Por supuesto, solo alcanzan a llevarse las cabras que se habían colado en nuestro espacio. Jesús nos dijo que ni uno solo de los escogidos sería engañado por el hombre de pecado, así que la advertencia se lanza una vez más para que el que tenga oídos para oír oiga.

La entrada del pecado al mundo generó el extravío humano, el maltrato animal, la violencia ciudadana. La brutalidad política en los distintos escenarios históricos, a través de muchos siglos, continúa vigente y con mayor fuerza. Los escritores del mundo advierten sobre el desastre existencial que padecemos, con la consiguiente enseñanza del ateísmo como respuesta al caos humano. Urge advertir que no estamos condenados a la religión natural, como si ella fuese la conclusión necesaria; existe una religión producto de la revelación divina.

Ese Dios escondido lo está para los que se pierden, de acuerdo a la Biblia, pero los creyentes en Cristo seguimos predicando la salvación a través del Hijo de Dios. Esto parece un misterio para aquellos que no lo conocen, dado que lo dicho en Romanos 1:20 y 2:15 no parece suficiente señal de la presencia del Salvador. La naturaleza humana ve a Dios a través de la creación, conoce su eterno poder y deidad desde que apareció el hombre en ella; toda la humanidad posee el conocimiento de la ley que ha sido escrita en el corazón de cada persona. La conciencia testifica de esa ley moral y acusa o defiende el razonamiento de cada individuo.

La cualidad del pecado humano solo permite ver al Dios creador como quien está detrás de su obra, junto al deber ser de cada persona. El conocimiento de Dios que posee el hombre natural (caído) resulta mínimo para comprender el camino de salvación. Ese pobre conocimiento solo convierte en inexcusable al hombre marcado por el pecado, pero el conocimiento del siervo justo justificará a muchos (Isaías 53:11).

Tenemos la Escritura infalible (palabra profética más segura), inerrante, cierta, a la cual hemos de adherirnos con el estudio apropiado. Nuestra fe deriva de ella (la fe viene por el oír la palabra de Dios), pero sabemos que no todos los que la leen llegan a creer. Jesucristo lo dijo: Muchos son los llamados, pocos los escogidos. Ni siquiera todos son llamados, solamente algunos dentro de ese universo del Todos; solamente unos pocos son los escogidos. De allí el concepto de la manada pequeña, para que no esperemos ver multitudes reunidas junto a la verdad. Nuestro camino parece de soledad, como le aconteció al profeta Elías, a Isaías o a Juan el Bautista. A veces pensamos que solamente nosotros hemos quedado, pero sabemos que Dios se ha reservado una parte numerosa si la comparamos con nuestros solitarios seres. Sin embargo, comparativamente con el resto de la humanidad resulta un porcentaje bajo. Eso no debe preocuparnos ya que a nuestro Padre le ha placido hacer todo cuanto ha hecho.

Basta con que las Escrituras fueron inspiradas y permanecen como el testimonio del cielo para alcanzar por medio de la gracia a cada persona que Dios ha llamado como oveja de su prado. No pretende el Señor alcanzar a ninguna de las cabras, simplemente a sus ovejas (Juan 10:26). Nos conforta saber que Dios no se equivoca, que aunque intenten hacer la Biblia como algo fabuloso e increíble, continúa ella con una veracidad objetiva que nadie puede denunciar como mentira. Podrán señalarla como un conjunto fabuloso de literatura religiosa, pero no podrán probar objetivamente ni un solo error.

Si la Biblia estuviera errada aunque sea en la geografía o historia que se enuncian en ella, la verdad de la cual pretende hablarnos yacería en duda inequívoca. Pero aún esa objetividad de su infalibilidad no es lo que nos hace creer en ella, simplemente es el haber sido llamados por Dios a través de ella lo que nos hace sentirnos felices con su contenido veraz e inequívoco. Ciertamente, la Escritura inspirada por Dios es útil para que el hombre llamado por él pueda guiarse en toda buena obra. Escudriñad las Escrituras, porque en ellas está la vida eterna.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedior.org

Comentarios

Deja un comentario