LIBRA MI ALMA DE LOS MALOS CON TU ESPADA

El Salmo 17 contiene esta oración de David, en la que pide a Jehová que lo libre de los malos. Estos son hombres mundanos, cuya porción la tienen en esta vida, a los que les sobra para derrochar aún con sus hijos. En otras palabras, son gente que circula alrededor de ellos mismos, tienen a sus vientres como el dios que los guía, no se sacian de pecar y no sienten congojas por su muerte (Salmos 73). Vienen a este mundo y piensan que todo se trata de ellos, de cómo ser feliz en tanto gravitan en esta tierra, sin que piensen en el valor de su alma sacrificada por los tesoros de este tiempo.

Dios posee un pacto de redención con una profunda implicación teológica, ya que en su infinita sabiduría se ha propuesto junto con el Hijo llevar a cabo la redención de su pueblo. La Biblia nos relata sobre el Dios soberano, con autoridad y poder suficientes para gobernar cada parte de su creación, por lo cual dentro de su ejercicio de soberanía reclama obediencia de cada persona creada. Porque es Dios ha ordenado que el mundo se comporte como lo vemos, bajo el parámetro de la desobediencia a su ley, siguiendo el instinto de la carnalidad pecaminosa del hombre caído en el Edén.

El mundo como jauría contiene un rebaño de elegidos del Padre. Somos seres humanos sujetos a pasiones vergonzosas, lo mismo que Elías el profeta y que todos los demás mortales. La Biblia nos asegura que esa elección surgió por el puro afecto de la voluntad divina, sin que mediara obra nuestra ni pasada ni futura, para que la gloria de la redención transcurra por causa de quien elige y no por razón del elegido. El Hijo de Dios fue ordenado como Cordero desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), lo cual abre el paradigma del pecado como necesidad para que el hombre creado cayera en el error. Sin pecado no hay redención, pero con el pecado sí que hay condenación.

Dios no perdonó a los ángeles caídos sino que los destinó a condenación eterna. Gran parte de la humanidad también ha sido condenada desde siempre, sin que Dios la amara para redimirla. A ellos les entregó este mundo, junto con su príncipe, para que en esa administración hostil las ovejas elegidas valoren y anhelen esa redención tan grande. El apóstol Pablo nos habla de la alegoría de Sara y Agar, con lo cual ilustra sobre la relación que tenemos como creyentes en Cristo. Por un lado estamos los hijos de la promesa (los que hemos nacido de nuevo, habiendo sido escogidos desde antes de la fundación del mundo -Efesios 1), en tanto por otra parte están los que siguiendo en la carne nos persiguen (Gálatas 4:29).

Los enemigos de Dios son nuestros enemigos, ellos claman contra nosotros y no quieren que seamos unidos como iglesia. Lo mismo se escribió en uno de los Salmos de la Biblia, en el 83, refiriéndose a la consulta de los aliados contra Israel: Venid y destruyámoslos para que no sean nación, y no haya más memoria del nombre de Israel (Salmos 83:4). Nosotros como pueblo de Dios hemos sido justificados por medio de una acción legal, de parte de Dios; la Escritura se cumplió cuando dijo: Y fue contado con los inicuos (Marcos 15:28). Habla de Jesucristo como Cordero, quien recibió el pago por nuestras iniquidades. Nosotros también somos contados como ovejas para el matadero (Romanos 8:36), de manera que no tomamos nuestra vida como algo más importante que la gloria de Dios que nos habita. Jesús fue tenido como un transgresor, no siendo él uno de ellos; simplemente fue hecho pecado aunque jamás pecara.

El Padre ejecutó al Hijo por causa de llevar en sus hombros los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). No cargó Jesús con los pecados de Judas Iscariote, ni del Faraón de Egipto, ni de ninguno de los enemigos señalados en el Salmo 83 antes mencionado. No llevó el pecado de Esaú, odiado desde antes de ser concebido, sin miramiento a sus obras (Romanos 9:11). Si Jesucristo sufrió y murió por todos sus representados en la cruz, la justicia de Dios exige que no seamos condenados, ya que nuestros pecados fueron imputados a él. A cambio obtuvimos su justicia por lo cual hablamos de Cristo como nuestra pascua (1 Corintios 5:7). El salmista escribió: Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:2).

La justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo va para todos los que creen en él, ya que por haber pecado estuvimos destituidos de la gloria de Dios hasta que fuimos justificados gratuitamente por su gracia. Esto se hizo mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3: 22-24). Dios atribuye justicia sin obras (Romanos 8:6), ya que las obras son un fruto de nuestra justicia para alabanza a Dios (Filipenses 1:11). Si la justicia de Jesucristo ha sido cargada en la cuenta de alguna persona en particular, esos pecados fueron cargados por el Señor bajo la ira de su justicia. Por lo tanto, esa persona beneficiada por la cruz de Cristo no será jamás castigada por sus pecados lavados en la sangre del Cordero.

La imputación de la justicia de Cristo a favor del creyente constituye su medio de justificación. Imputación y justificación están relacionados con la salvación del creyente. Así que los que niegan este trabajo eficaz del Hijo de Dios, los que condicionan esta salvación gratuita a actos de voluntad de los muertos en delitos y pecados, niegan el centro del evangelio. Jesucristo no murió por todas las personas, sin excepción, sino solamente por sus ovejas (Juan 10:1-5; 26). Si alguien no cree que el trabajo de Jesucristo es lo único que establece la diferencia entre salvación y condenación, entre cielo e infierno, sino que alega su auto justicia, un trabajo conjunto entre Jesús y el pecador, apegado a su propio esfuerzo, su voluntad y disposición, está blasfemando del trabajo y propósito de Dios.

Sencillamente, negar la predestinación, la elección incondicional, el sacrificio del Hijo en pro de todo su pueblo, bajo el alegato de una expiación universal, inclusiva, democrática, presupone pisotear y tener por menos la sangre de la redención. Es como decir que aquellos que padecen en el infierno de fuego fueron redimidos por Cristo, pero al final se perdieron porque esa sangre no fue suficiente para ellos. Es como afirmar que el trabajo de Cristo resultó en vano, como si el infierno fuese un monumento al fracaso de Jesús. Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, éste sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! Participa de sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

César Paredes

retor7@yahoo.com

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