El que ha creído en el Hijo de Dios lo ha hecho porque ha sido llevado de la mano del Padre (Juan 6:37, 44, 65). Desde la regeneración hasta la gloria final, todo depende de la voluntad de Dios y no de los esfuerzos que haga el pecador para batallar contra sus pecados. Sin embargo, se nos conmina a hacer morir lo terrenal en nosotros, a luchar contra las obras de la carne por medio del Espíritu que nos dio vida. Vemos esto último como una consecuencia de haber sido llamados de las tinieblas a la luz, por la razón sencilla de que no recibimos de nuevo el espíritu de servidumbre para seguir en temor, sino el espíritu de adopción. Gracias a este espíritu clamamos ¡Abba, Padre! (Romanos 8:15).
Este es el testimonio del Espíritu de Dios en nosotros, lo cual nos lleva a comprender que somos hijos de Dios. En cambio, el espíritu de esclavitud conduce hacia el camino del recuerdo de cada pecado, para que sentir su tormento, de manera que la gente se arrepienta a cada instante, como alguien que inseguro clama por el perdón divino repetidamente. La penitencia o el remordimiento ponen un freno al gozo del Señor, llevando al cautivo hacia la debilidad de la fe como consecuencia de que ésta fue auto-gestionada. La fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe y sin ella resulta imposible agradar a Dios. Por tal motivo, la Biblia la define así: Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1).
La seguridad del creyente radica en esa fe que se traduce como la certeza de lo que esperamos, ya que estamos convencidos de aquello que no vemos. No necesitamos experiencias extrasensoriales para saber que Dios existe, que nos ama, que envió a su Hijo para que fuese la propiciación por nuestros pecados. Esto lo sabemos porque la Biblia lo anuncia, pero también porque Dios nos ha dado esa fe para creerlo. El axioma resulta sencillo: estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados (lo mismo que los demás lo están ahora), pero fuimos llamados por la misericordia que tuvo Dios. Un muerto no puede acercarse a la medicina por su propia cuenta, no tiene idea de dónde está la luz para guiarse; un muerto no puede mover su mano seca.
El muerto necesita oír la voz del Señor como Lázaro cuando la escuchó para salir de la tumba. Si el Señor no habla primero, nadie puede vivir. Pero ya Jesús lo expuso como parte de su evangelio, que el Padre es quien elige y enseña para que vayamos a él. Todo lo que el Padre le da a Jesús viene a Jesús; empero, aquellos que el Padre no envía, no vendrán jamás a Jesús. Ese círculo está expuesto en las Escrituras, para que sepamos sobre la soberanía de Dios aún en materia de redención. Por tal motivo, Pablo sacó a relucir la objeción que se le hace a la justicia divina: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Esto lo dijo el apóstol cuando hablaba del odio de Jehová contra Esaú, odio eterno que no miró obras buenas o malas sino que se manifestó antes de que Esaú fuese engendrado (Romanos 9: 11, 16, 18, 19).
Jesucristo vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), no vino a dar su vida por las cabras (Juan 10:26). Quedaron fuera de su gracia Judas Iscariote, hijo de perdición que iba según las Escrituras; el Faraón de Egipto, levantado para mostrar la gloria de Dios en toda la tierra; todos los demás réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda, ya que fueron colocados para tropezar en la roca que es Cristo. Ninguno de los que no aparecen escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, ha sido beneficiado con la sangre del Cordero (Apocalipsis 17:8).
Seguimos predicando este evangelio de la gracia de Dios porque es la promesa divina de salvar a todos los escogidos. No hay otro medio de salvación sino el Evangelio de Jesucristo, pero no todos los que lo oyen reciben esa dádiva porque no les ha sido obsequiada. Muchos oyen para estar apercibidos, para que sepan el plan de Dios, pero continúan con el espíritu de esclavitud y no pueden clamar certeramente al verdadero Dios. Ellos se forjan ídolos, en el entendido de que un ídolo es una imagen física y mental de lo que debería ser Dios. El profeta se pregunta: ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis? El artífice prepara la imagen de talla, el platero le extiende el oro y le funde cadenas de plata. El pobre escoge, para ofrecerle, madera que no se apolille; se busca un maestro sabio, que le haga una imagen de talla que no se mueva. ¿No sabéis? ¿No habéis oído? ¿Nunca os lo han dicho desde el principio? ¿No habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó? (Isaías 40: 18-21).
Son benditas las personas que confían en el Señor, porque el Señor será su confianza (Jeremías 17:7). Nuestra confianza radica en la promesa de quien no miente, que el Señor que ha comenzado la buena obra en nosotros la terminará o perfeccionará hasta el fin, hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6). Nuestra seguridad proviene de la fe que nos fue dada, y sabemos que Dios cumple todo lo que promete. Dios no duda y en Él no hay sombra de variación o mudanza, por lo cual la certeza nos asiste.
Dios ha prometido salvar a su pueblo por medio del Evangelio, la buena noticia para los escogidos. Confiamos exclusivamente en el sacrificio del Hijo de Dios como garantía de la justicia divina en nosotros, ya que Jesucristo sufrió y pagó por nuestros errores. Esa justicia de Dios en nosotros nos ha permitido ver que Jesús nos representó en la cruz, en forma personal, nombre a nombre. No fue una expiación hipotética o potencial, sino factual, oportuna y específica. Aquellos, cuyos nombres no están en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo no fueron representados por Cristo en la cruz. Esto lo dice claramente la Escritura: Apocalipsis 13:8; 17:8; Mateo 1:21; Juan 6: 37, 44, 65.
Muchos se sorprenden todavía de este evangelio de las Escrituras, ya que han estado acostumbrados a los ídolos descritos por Isaías: una ficción o imagen mental de lo que debería ser Dios. El Dios de la Biblia aparece plenamente soberano, hace como quiere y anuncia desde el principio lo que ha de ocurrir. En materia de redención ya ha dictado su cátedra, pero muchos prefieren la interpretación privada de las Escrituras porque suena mejor a sus oídos. Sin embargo, Dios les ha respondido que ese torcer las Escritura ocurre para su propia perdición.
La confianza del creyente hace que prorrumpa en júbilo y exhale bendición ante Jehová, sin olvidarse de ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas nuestras ofensas, el que nos sana en todo sentido; el que rescata del hoyo nuestras vidas y nos corona de favores y misericordias. Él sacia de bien nuestra boca, hasta rejuvenecernos como las águilas. Esto hace el Señor con todos sus hijos, los elegidos del Padre, los regenerados por el Espíritu Santo. Dios ha sido señalado como lento para la ira y grande en misericordia y verdad. Buscad al Señor mientras pueda ser hallado; llamadle, en tanto que está cercano.
César Paredes
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