La doctrina de la reprobación pasa como una enseñanza odiosa, cosa que no puede ser atribuida al Dios romántico que muchos perciben. Son varias las escrituras que hablan de ella, como aquella que dice que Dios aborrece (odia) a todos los que hacen iniquidad (Salmos 5:5). Tal vez alguno se plantee que Dios en tanto Omnisciente sabe todas las cosas, conociendo a quien amar y a quien odiar de antemano. La Biblia nos advierte contra esa presunción de obras ante la elección y la reprobación, ya que el Señor miró desde los cielos y no encontró ningún hombre sensato que quisiera buscarlo. No había ni un solo justo, ni quien hiciera el bien; no hay quien entienda, asegura la Escritura (Romanos 3:10-11; Salmos 14: 1-4).
Si miramos la carta de Pablo a los romanos, nos daremos cuenta de lo que en el capítulo 9 dice respecto a la reprobación: el propósito de Dios conforme a la elección permanece, no por las obras sino por el que llama. A Jacob amó Dios, pero odió a Esaú, aún antes de ser concebidos, antes de que hicieran bien o mal (Romanos 9:11-13). Pablo levanta de inmediato la figura del objetor, para que diga: ¿Hay injusticia en Dios? Su respuesta aparece en forma inmediata: En ninguna manera. El objetor continúa diciendo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19).
Ese texto citado en Romanos se manifiesta como una defensa por el pobre de Esaú, el que fue odiado por Dios antes de ser concebido. Que no se nos ocurra pensar en la Omnisciencia divina como método de escogencia, como si hubiera justo en la tierra o alguien que busque por su cuenta al verdadero Dios. Es el Señor en su voluntad soberana el que ha elegido desde los siglos, de acuerdo a sus planes eternos; nunca eligió de acuerdo a lo que previó (como si necesitara mirar en el túnel del tiempo para descubrir la verdad).
Pablo agrega que el hombre no es otra cosa que barro en manos del alfarero, que el Alfarero es quien tiene la potestad de hacer con su barro lo que haya querido hacer: vasos de honra o vasos de deshonra. He allí la paciencia de Dios para soportar a los vasos de maldad que Él ha preparado para castigo perpetuo, pero también está su lado contrario: el acto de hacer notorias las riquezas de su gloria, ante los vasos de misericordia que Él preparó de antemano para gloria (Romanos 9: 22-23).
Muchos le dan vuelta a esta carta a los romanos, como si con ello lograran torcer las Escrituras. Si lo hacen lo alcanzan para su propia destrucción; Dios no ha amado a todo el mundo, sin excepción, sino solamente a su pueblo escogido para redención por medio de Jesucristo. Dios ama a su pueblo en virtud de la justicia alcanzada por el Hijo, de manera que a quienes él representó en la cruz los beneficiará con su amor. Los impíos pueden recibir cosas buenas en esta vida, como las recibió el Faraón de Egipto: tuvo poder político, abundancia económica, la cultura de su época; se benefició de su contexto social, para subyugar al mundo circundante. Eso no le fue suficiente para alcanzar la vida eterna.
De acuerdo a las enseñanzas de Jesús, el mundo está compuesto por ovejas y cabras. Las ovejas están divididas en dos grandes lotes: las ya redimidas, que han sido llamadas con llamamiento eficaz, y aquellas que están por redimirse. Es decir, este último lote oirá el evangelio y cuando Dios las llame oirán la voz del buen pastor y lo seguirán. Las cabras podrán oír, levantar una mano de aceptación, pero siempre lucharán contra el Dios de las Escrituras. En algún modo se manifestará tal lucha, al menos en cuanto a doctrina siempre tendrán divergencia con lo que la Biblia dice.
Jesús vino a poner su vida por las ovejas, pero a los cabritos dirá en el día final: apartaos de mí, nunca os conocí. La buena noticia para las ovejas es que Dios les dio vida eterna y nunca perecerán jamás; el conocimiento de la doctrina de la reprobación debería llenarnos de temor reverente, para caer con profunda humillación delante del Hacedor de todo.
En realidad, desde nuestra óptica, la doctrina de la reprobación nos enseña a reverenciar la voluntad de Dios, a reconocer nuestra insignificancia y la majestad del Todopoderoso. De no haber sido por su voluntad libre y única no habríamos podido ser salvos. Jesucristo es la piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados (1 Pedro 2:8). Gracias debemos dar los que no fuimos destinaos para tropezar en esa roca desechada por los edificadores, la cual ha venido a ser la cabeza del ángulo. Gracias hemos de dar por haber sido tenidos en cuenta desde antes de la fundación del mundo, para ser inscritos en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 13:8 y 17:8).
La reprobación viene también como consecuencia de la elección, ya que a los que Dios no eligió para vida eterna se supone que los dejó para condenación perpetua. Con todo Dios lo declaró así, como se infiere de los textos citados de Romanos, entre otros, para que fuera el puro afecto de su voluntad el que eligiera tanto para vida como para muerte, sin tomar en cuenta las obras. Ya lo hemos dicho en otros escritos, mejor es ser cola de león vivo que cabeza de ratón muerto; entretanto la persona vive no podemos juzgarla reprobada, sino solamente salvada o en incredulidad. Los que hemos sido salvados un día también estuvimos bajo la ira de Dios.
A muchos no les gusta esta doctrina bíblica de la reprobación, pero eso no impide que se predique. Hemos de anunciar todo el consejo de Dios, como escribiera el apóstol Pablo. La carne odia esta doctrina, ya que aleja de la potestad humana su destino final. Hemos de reconocer que la reprobación coloca al Todopoderoso en el trono de su soberanía, el alfarero con derecho a hacer con su barro lo que ha querido.
Jeremías, en sus Lamentaciones, nos deja esta perla escrituraria para que la grabemos en nuestras almas: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado (Lamentaciones 3: 37-39). Sabemos que nuestro Dios está en los cielos, que todo lo que quiso ha hecho; aceptemos la realidad de la Escritura y pongámosla por obra, sin que nos avergüence el Dios que en ella se descubre.
Nada existe que Él no haya ordenado, como para que forjemos sus palabras y califiquemos su conducta. El peor crimen de la humanidad, cometido por hombres impíos exaltados por Satanás, estuvo planificado en lo más mínimo por el Padre Eterno. El día de la crucifixión del Señor se cumplieron muchas profecías, alrededor de 30: llevado al matadero, dio sus espaldas para que lo hirieran, no escondió su rostro, fue crucificado en medio de malhechores, echaron suertes sobre sus ropas, le dieron a beber vinagre (hiel), exclamaría al Padre sobre la razón de haberlo abandonado, herido el pastor sus ovejas se esparcirían, ni uno de sus huesos sería quebrado pero sería traspasado.
Dice un profeta lo siguiente: Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca (Isaías 53: 5-7).
En síntesis, la reprobación muestra el rechazo al pecado por parte del Dios santo, pero descubre su contraparte en la crucifixión del Señor: el más grande amor que jamás se haya demostrado en la faz de la tierra. Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que permanece en la doctrina de Cristo tiene al Padre y al Hijo, el que no persevera en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. La doctrina de Cristo nos enseña que al Padre le agradó hacer todo como ha sido hecho (Mateo 11:26; Juan 6:37, 44, 65; 2 Juan 1:9-11). El que tiene el Espíritu de Dios no se rebela contra su palabra.
César Paredes
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