OSCURIDAD OBJETIVA Y SUBJETIVA

La vanidad de la mente y el entendimiento entenebrecido vienen como consecuencia de la dureza del corazón (Efesios 4:17-18). La vida de Dios como contraparte representa los asuntos espirituales, ya que el hombre natural no percibe las cosas propias del Espíritu de Dios (1 Corintios 2:14). Poseer la mente de Cristo implica juzgar todas las cosas sin ser juzgado por nadie, al igual que se implica el poder percibir todo aquello que proviene del Espíritu Santo. El hombre natural (el que no ha sido redimido) no puede percibir adecuadamente lo que pertenece al Espíritu de Dios, más bien le parece una locura cuanto oye al respecto.

La Biblia habla respecto al impío diciéndonos que tiene el entendimiento entenebrecido. El impío puede ser muy lógico en algunos asuntos que la ciencia requiere y enseña, pero en cuanto al sentido común espiritual bíblico se muestra torpe. No estima en nada su alma, se goza en su propio vientre, como haría cualquier narciso respecto a la exhibición de su propio yo. A la imposibilidad del hombre natural para percibir las cosas de Dios llamamos oscuridad objetiva. No dudamos en afirmar que la oscuridad subjetiva gobierna por igual su alma, ya que aquellas pasiones vergonzosas destapan su lujuria sin pudor (al menos en su propia mente, si quisiere evitar su exhibición pública). Aún allí domina la tiniebla propia del príncipe de este mundo, con la manipulación del deseo de la carne, los deseos de los ojos, junto a la vanagloria de la vida, todo lo cual proviene de su principado el mundo (1 Juan 2:16-17).

La contraposición a la oscuridad no es otra que la luz de Cristo; él dijo que era la luz del mundo (si bien el mundo ama más las tinieblas). El que ha nacido de nuevo tiene una nueva vida en Cristo, se convierte en un prosélito del Señor para anunciar el evangelio. De esta manera demuestra con capacidad la renuncia a los vicios y a las prácticas proscritas por la palabra divina, en un intento por guardar la ley de Dios. Así que si todos los seres humanos nacemos como no regenerados, caídos en Adán, la humanidad se compone después de la regeneración en nacidos de nuevo o en hombres todavía muertos en delitos y pecados.

Una de las categóricas afirmaciones de Jesús nos enseña sobre la imposibilidad del ser humano en cuanto a llegar a ver el reino de Dios. En una plática con un maestro de la ley, Nicodemo, el Señor le asegura que el que no nazca de nuevo sigue tan perdido como vino al mundo (Juan 3). En esa exposición, Jesús se compara con la serpiente de bronce que Moisés levantó en el desierto, diciéndonos que quien cree en el Hijo no se perderá sino que tendrá la vida eterna (Juan 3:14-15). La depravación de la voluntad presupone una debilidad e impotencia que lleva al corazón hacia la obstinación. El hombre natural se empecina en la oscuridad objetiva y subjetiva de su alma, dado que sus obras no son dignas de exhibición.

Hoy día vemos un aumento de la maldad, como lo predijo Jesucristo; por tal razón la iniquidad se demuestra en forma pública sin la vergüenza de antes, ya que el mundo con sus medios ha persuadido a las masas para que llamen orgullo a lo que tiene el signo de descaro, cinismo y atrevimiento (dicen que lo malo es bueno). En el trasfondo de esa desfachatez humana subyace lo dicho en Romanos 1, cuando el apóstol Pablo nos alerta sobre el castigo de Dios ante los que no lo tienen en cuenta: Dios los entregó a pasiones vergonzosas. Esto lo hace Dios contra los que detienen con injusticia la verdad, contra los que no lo glorifican, contra los que profesando ser sabios se hacen necios. El Señor los entrega a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, para que deshonren entre ellos sus propios cuerpos (Romanos 1: 18-29).

En esa oscuridad objetiva que ofrece el mundo, alentando al hombre natural a exhibir sus tinieblas subjetivas, queda demostrada públicamente toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad, envidia y narcisismo; por igual se dan los homicidios, las contiendas, así como la psicopatía junto al engaño y la malignidad. La gente se entrega al chisme (la murmuración), a detractarse unos a otros, conducidos objetivamente por el mundo para odiar a Dios. Surge en escena la soberbia humana, la altivez de espíritu, los que se dan a inventar toda suerte de males (como los que destruyen la tierra dañándola a propósito, los que se inventan mecanismos para reducir criminalmente la población mundial). Por tal razón vivimos tiempos con gente desleal, sin afecto natural, implacable y sin misericordia.

No presenta ninguna dificultad demostrar la mente depravada de aquellos hombres que por naturaleza continúan como hijos de la ira, a quienes Dios soporta con paciencia hasta darles el justo juicio de retribución (Romanos 9: 22). La oscuridad objetiva y subjetiva les impide discernir el evangelio de salvación. Uno espera hasta el final, para poder emitir un juicio definitivo, pero lo seguro es que aquel que el Padre envía al Hijo será redimido. Esto sucede por medio del evangelio como promesa de salvación al pueblo escogido de Dios; los que no son enviados por el Padre al Hijo se tienen como ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

Con certeza la gente se mete en un tumulto contra quien testifique de su oscuridad. El hecho de que no tengan una mente renovada por medio de la operatividad del Espíritu Santo, los mantiene en un estado de tinieblas y enemistad contra las cosas espirituales que conciernen a Dios. Pueden hablar en su nombre, como aquellos a quienes el Señor les dirá que nunca los conoció, pese a sus milagros y señales prodigiosas que alegaban. De seguro hay quienes se etiquetan como creyentes cristianos, apenas torciendo un poco la Escritura, aunque no entiendan que lo hacen para su propia perdición, como les advirtió el apóstol Pedro. Las cosas en Dios son un Sí y un Amén, no un casi o un tal vez. Asimismo pasa por creer el evangelio, o se toma todo como fue dicho o uno se mantiene fuera de la gracia divina. El que no persevera en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo, dijo Juan en 2 Juan 1:9-11.

En tanto creyentes, estamos puestos en el mundo para abrir los ojos de las gentes (por medio del evangelio), para que ellos se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban por la fe en Cristo perdón de pecados, la herencia de los santificados (Hechos 26:18). Esta misión tenemos, de manera que no podemos sentirnos deprimidos un instante, ya que el trabajo por hacer nos ocupa diligentemente para no desanimarnos en ningún momento. De esa forma demostraremos luz objetiva alumbrándonos nuestros pies y luz subjetiva guiándonos internamente.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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