Cerca de tresmil lenguas vivas existen en la actualidad en esta tierra, aunque uno piense en hablar como mucho una decena de ellas. Con las religiones sucede algo parecido, son miles las que han aparecido y uno se fija apenas en las seis más impactantes o con más personas inscritas. ¿Cómo saber cuál es la verdadera, si la hay? Algunos prefieren el sofisma que enseñan sobre el cristianismo, diciéndonos que éste no es ninguna religión sino que es la búsqueda que Dios hace del hombre. Con ello se define la religión como la búsqueda que el hombre hace de Dios, de ese Padre oculto que no conoce. Bueno, podríamos disertar sin mucho consuelo si siguiéremos la elucubración. La inquietud sigue hablándonos sobre la importancia de conocer lo que significa Cristo en la religión cristiana.
Creemos que el Hijo de Dios vino al mundo a poner su vida en rescate por muchos. No a todos quiso Dios liberar del yugo del pecado, sino a unos cuantos elegidos. Lo hace por medio del evangelio (buena nueva de salvación para su amado pueblo, a quien le dio la promesa de redención). Ya Abraham había oído de ese Dios Creador las palabras acertadas y cargadas de esperanza: que en él serían benditas todas las naciones de la tierra. Pablo nos relata sobre la promesa de la simiente, diciéndonos que se refiere a Jesucristo. Cuando Dios habló con Eva y le dijo de su simiente, estaba señalando la promesa de esa semilla que destruiría a la serpiente antigua, el dragón o Satanás.
El cristianismo no es el fracaso de Dios, ni el infierno representa una memoria a su falta de tino. Simplemente debemos entender lo que las Escrituras dicen y a quiénes dice tales cosas. Notorio resulta que a Moisés le fue dada la ley para un pueblo específico, el cual se convirtió en el custodio de una palabra revelada desde antaño. Pero muchos pueblos o naciones quedaron excluidos de ese mensaje. La ley moral en los corazones o conciencias de los humanos no garantiza salvación alguna. Antes parece una exclusión de alegatos en cuanto al desconocimiento de Dios: lo que de Dios se conoce le ha sido manifestado al ser humano, enfatiza Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 1.
No existe excusa en cuanto a la obra manifiesta de Dios: la creación misma habla a voces, como dice el salmista: un día emite palabra a otro día, y una noche declara sabiduría a otra noche. Los juicios de Jehová son verdad, todos justos (Salmos 1:9). Sin embargo, la impotencia humana obedece a su naturaleza caída, heredada desde Adán, porque en Adán todos mueren. En Cristo todos vivimos, pero ese todos no hace referencia a toda la humanidad, sin excepción, sino a los creyentes elegidos para tal propósito. Así lo afirma la Biblia: …y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Muchas personas no llegan jamás a creer, ya que fueron colocadas para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).
Volvemos al círculo del argumento, a un terreno tautológico que se ilustra con la figura del perro que se come su propia cola. ¿Es Dios injusto? ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿Cómo Dios puede inculpar al pobre de Esaú si fue odiado desde antes de ser concebido? ¿Cómo es que Dios juzga no por las obras buenas o malas sino por lo que decidió como elección? (Romanos 9:11-19). Es cierto que cada quien dará cuenta a Dios de lo que ha hecho, y que nuestras obras servirán para inculpar al alma impía y premiar al alma redimida que actúa en consecuencia con lo que ha creído. Pero todo ello pasa por el crisol de la predestinación, de lo que Dios se propuso desde antes de la fundación del mundo.
En Efesios 1 leemos al respecto, para no pasar por alto lo trascendental de la doctrina de la predestinación. Sabemos que Dios sabe todas las cosas, no por averiguarlas sino por destinarlas de antemano. Dios no llega a conocer ya que es Omnisciente, pero nada lo sorprende por cuanto en su soberanía ha hecho nuestro futuro. Dios no se afecta por el espacio-tiempo sino solamente sus criaturas que estamos bajo estas leyes físicas. Sus profecías anuncian su perfección en lo que ha dicho que ocurriría, no porque lo haya averiguado en el túnel del tiempo sino porque así lo pensó.
Si Dios averiguara en el tiempo lo que habrá de suceder, se convertiría en un plagiario, alguien que copia de otro la idea y la dicta a sus profetas. Dios no averiguó que la gente necesitaba un Redentor, que un grupo de seres humanos quería un Mesías para crucificarlo. Uno no puede ni imaginar que alguien suponga tal desconcierto: Dios averiguando lo que la gente va a hacer y por ello envía al Hijo para aprovechar lo que la gente imaginó que le haría si viniere a la tierra. Mucho más sencillo nos resulta aceptar que así lo quiso Dios, así lo planificó y ninguna de sus palabras ha faltado. El Dios soberano que muchos desconocen está desplegado en las Escrituras, pero no todos las leen y no todos los que las leen llegan a conformarse con la doctrina de la soberanía absoluta de Dios. En la palabra divina leemos que el trabajo que vino Cristo a hacer en la tierra fue ordenado desde los siglos. Hubo un ajuste perfecto en cada paso que debía dar, como bien se demuestra por el dibujo que cada uno de los evangelios hace de la vida de Jesús.
Son cuatro evangelios con cuatro ópticas que reseñan la vida y obra del Señor. Su vida fue el cumplimiento de un programa establecido. Jesús cumplió las profecías que hablaban de su primera venida, como bien se dice en cada evangelio en relación a la predestinación de lo acontecido. Jesús fue entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, por lo cual fue prendido y matado por manos de inicuos, crucificándolo (Hechos 2:23). Cuanto se escribió de él en la ley y en los profetas, o en los salmos, debería cumplirse en su tiempo, todo lo cual aconteció: Y les dijo: Éstas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos (Lucas 24:44).
Nuestra religión vale, se ha formado como producto de la revelación divina respecto a la obra del Creador de todo cuanto existe. Cada quien alegará a favor de lo que piensa y cree, pero nosotros poseemos la palabra profética más segura. De todas maneras, creer viene por el oír esa palabra de Cristo, sabiendo que no es de todos la fe y que ella es un don de Dios. Sin fe, dice la Escritura, resulta imposible agradar a Dios.
César Paredes
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