EL ESFUERZO DE LA FE

Vivir implica un esfuerzo constante, para soportar la jungla humana. La fe cuesta trabajo mantenerla activa, con el constante empuje de la oración y el examen de la Escritura. Ciertamente la fe nos viene como un regalo de Dios (Efesios 2:8), pero hemos de cuidarla; Santiago nos alerta: el que duda es semejante a la onda del mar, que va y viene arrastrada por el viento (Santiago 1:6). Creemos que Dios es uno, por asuntos de fe y criterio teológico, pero podemos seguir en esa creencia válida y aún vacilar con las promesas que nos han sido otorgadas. Lo que Dios nos ha prometido se hizo de acuerdo a su voluntad, para su gloria y por nuestro beneficio.

Al saber que el Señor nos dio la confianza de pedir cualquier cosa en su nombre, para recibirla conforme a lo que creemos, entendemos que asunto serio ha sido la promesa. Dudar de ella implica turbación en nuestra alma, supone una mente inestable, una emoción sujeta a la tentación y al desequilibrio. Si no confiamos en lo que Dios nos ha dicho, ¿en quién tendrá confianza el creyente? No tendremos sabiduría de lo alto, si no mantenemos la fe en cuanto a la promesa. Creemos que recibimos el perdón por méritos de la justicia de Cristo, en virtud de haber sido llamados de las tinieblas a la luz. Si en algún momento nuestra alma se inclina a creer que son nuestros méritos los que nos conducen al Padre, demostramos que no hemos creído con la fe dada a los santos.

En Efesios 2:8 se nos asegura que hemos sido salvos por gracia, en forma actual y no potencial. Hemos sido salvados de Satanás y de la maldición de la ley, de la eterna condenación que sigue a los irredentos. Esa gracia se describe como el favor de Dios, a quien le pertenece toda la ramificación que supone la salvación. Hemos escuchado el Evangelio como un medio de gracia, pero el Espíritu nos ha hecho nacer de nuevo por su voluntad única. No depende de voluntad de varón o de sangre alguna, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Ah, pero Él no tiene misericordia de todo el mundo, sin excepción, como se demuestra en las Escrituras referentes al Faraón de Egipto o a Esaú, el odiado.

Así que si miramos el gran favor que se nos ha concedido sería suficiente estímulo como para guardar y ejercitar esa fe que nos fue concedida. La fe no se concibe como la causa de la salvación pero sí como el instrumento por el cual la recibimos. Pero aún ese utensilio nos ha sido otorgado, si bien sabemos que no todo el mundo recibió ese don porque no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2). Esa fe ha venido no en automático sino por el oír la palabra de Cristo, aunque no todos los que la oyen la reciben. Lo sabemos por los escritos de los evangelios relativos a la época en que Jesús habitó entre los hombres. No todos los que le oyeron tuvieron fe, ya que si el Padre no envía hacia el Hijo no se puede ser salvo (Juan 6:44).

Para mantener la fe cristiana se implican varias prácticas y actitudes que ayudan a vivir y fortalecer la relación con Dios, así como a seguir las enseñanzas de Jesucristo. Entre los aspectos claves está la oración, que es el comunicarse regularmente con Dios para buscar su guía, consuelo y para reconocer sus favores. También está el estudio de la Biblia, ya que estudiar las Escrituras nos permite entender mejor los principios y enseñanzas cristianas, de forma que se apliquen en la vida diaria. Aceptamos participar en la comunidad de creyentes, en la actividad de los servicios religiosos (como también se nos ha ordenado: No dejando de congregarse, como algunos tienen por costumbre). Llevar una vida en forma ética y moral, esforzándonos por vivir de acuerdo con los valores cristianos, como la honestidad, la justicia, el amor al prójimo y el perdón. Nos dedicamos al servicio a los demás, en especial a los necesitados, imitando el ejemplo de Jesucristo con su amor desinteresado. También conviene compartir con otros aquello que hemos creído, testificando con palabras y acciones el impacto positivo de nuestra fe. Por lo dicho, mantener la fe cristiana es un proceso continuo que implica dedicación y compromiso diario.

El creyente ya ha sido convencido de pecado, para poder arrepentirse de acuerdo a lo que el Espíritu de Dios le dicte. Conoce que la carne para nada aprovecha, sabiendo que la piedad tiene provecho en esta vida y en la venidera. La muerte eterna ya no le compete pues ha sido liberado de esa condena que conlleva la separación del Creador. Reconoce por igual que la ley no puede liberarlo en nada sino que lo complica más, ya que ser infractor de uno de sus puntos lo hace cómplice de todos los errores que por ella conoce. Los judaizantes descritos en las Escrituras se apegaban al evangelio y a la vieja ley, pero fueron señalados como gente corrupta en cuanto a la fe de Cristo. Hoy día vuelven a la carga, agarrándose de detalles como el hecho de guardar el día sábado, o con los llamados mesiánicos que suponen poseer el secreto de las palabras antiguas.

La convicción de pecado debería hacerle saber a la persona que está bajo la maldición de la ley, pues la ley no salvó a nadie, ya que no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16). Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios (Romanos 3:20), ya que por medio de la ley viene el conocimiento del pecado. Venida la justificación por medio de la fe de Cristo, sabemos que el Señor se convirtió en la justicia de Dios para que el Juez Justo pueda justificar al impío. Sabemos que la justificación no se hace en desmedro de la justicia de Dios sino a través de esa justicia, por lo cual fue dicho que Jesús es nuestra pascua.

Abraham fue reconocido como el padre de la fe, por causa de haberle creído a Dios la promesa que se le hizo (Génesis 15:6; Romanos 4:3; Gálatas 3:6). Esa fe significa que fue justificado; recordemos que si la fe es un don de Dios a Abraham Dios le dio esa confianza para que esperara con certeza lo prometido. Las circunstancias parecían improbables o imposibles, pero creer a pesar de ello implica confianza en la fidelidad y poder de Dios. La justicia de Abraham no significa una conducta moral perfecta, sino una posición correcta ante el Dios que justifica. Por medio de esa fe Dios declaró justo a Abraham, como lo hizo por igual con Job y con todos los santificados del Antiguo y Nuevo Testamento.

El contexto de la frase le fue contado por justicia supone que Dios consideró la fe de Abraham como la base para declararlo justo. Esta justicia fue «imputada» o acreditada a Abraham por su fe. En resumen, esta frase destaca un principio central en la teología bíblica: la justificación, o ser declarado justo ante Dios, por cuanto se basa en la fe y no en las obras. Abraham es presentado como un ejemplo de alguien que fue justificado por su fe en las promesas de Dios.

Nosotros los creyentes hemos de seguir estos parámetros del padre de la fe, confiando en el Señor aún en las peores circunstancias en que andemos. La historia del hijo pródigo nos permite asumir la conducta de confianza de quien siempre se consideró hijo del padre. A pesar de comer de los algarrobos en las pocilgas donde apacentaba cerdos (el mundo por referencia), ese individuo de la parábola de Jesús sabía que era hijo de un hombre importante. Se levantó dispuesto a confesar su pecado contra su padre y contra el cielo, se presentó humillado para que lo ubicaran como a uno de sus jornaleros. Esa confianza de no haber perdido su estatus de hijo le permitió dar los pasos necesarios hasta su antiguo hogar.

La historia del hijo pródigo nos enseña que el padre estaba expectante, aguardando el momento en que vería a su hijo de regreso. Sabemos que hubo un gran recibimiento, una enorme alegría en el corazón del padre que lo amaba. Asimismo hay en el cielo gozo por un corazón que se arrepiente; he allí la importancia de leer las Escrituras para imprimir en nuestros corazones la confianza que hemos de tener siempre en nuestro Padre Celestial, el cual da más abundantemente aquello que pedimos.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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