Jesucristo encomendó predicar el Evangelio por todo el mundo, para testimonio a todas las naciones (Mateo 24:14). Esto fue anunciado como una señal previa al fin de los tiempos, para que estemos apercibidos de lo que pronto habrá de acontecer. No dijo el Señor que toda la gente creería el Evangelio sino que la predicación sería un testimonio del conjunto de señales de su pronta venida. Jesús nos hablaba desde el Monte de los Olivos sobre el Evangelio del Reino, el mensaje de salvación que implica la proclamación de la muerte y resurrección de Jesús, junto con una llamada al arrepentimiento y a la fe.
Los griegos le preguntaron a Pablo por ese anuncio que a nadie se le había ocurrido, al hablar de la resurrección de los muertos. Por medio de la fe lo creemos, si bien Lázaro fue un ejemplo de lo que Jesús anunciaba, así como gente del Antiguo Testamento pudo ver lo que aconteció en épocas del profeta Eliseo. Además, Job relata sobre el hecho de que el Redentor vivía y que se levantaría de entre los muertos, así como su cuerpo (el de Job) vería a Dios (Job 19:25-26). Así que estamos ante una revelación bíblica, desconocida por gran parte del mundo pagano antiguo. Sabemos que esa fue una forma en la cual nos habló Dios en tiempos antiguos, en sus diversas formas a través de los padres y profetas (Hebreos 1:1).
Jesucristo es llamado el segundo o último Adán quien fue hecho espíritu vivificante (1 Corintios 15:45), en referencia a la resurrección. Hoy día existen doctrinas de demonios repartidas y anunciadas por doquier, diciéndonos que la muerte da inicio a un proceso de reencarnación para volver a la tierra en forma distinta, de manera que paguemos castigos o karmas por diversas razones. Otros nos aseguran que somos esclavos de una Matrix que nos gobierna, fantasía de los que anuncian vanas y huecas filosofías. Pero la gente tiene necesidad de oír y se amontona para escuchar a esos espíritus de la falsedad, contrariamente a lo que revela la Escritura.
Jesús nunca habló de la conversión de todo el mundo, sin excepción, sino de una predicación general por medio de la cual sus ovejas serían rescatadas (Juan 10:1-5, 26). La misión de la Iglesia consiste en difundir el mensaje de Cristo a todas partes del mundo, dentro del plan de la Gran Comisión que Jesús le dio a sus discípulos (Mateo 28: 19-20). De esta forma, todas las etnias y pueblos del mundo podrán escuchar el anuncio de la buena noticia que Dios tiene para su pueblo escogido. Será como un testimonio de la verdad de Dios y de su amor para su pueblo. Esta señal será el cumplimiento de la era actual y el inicio de los eventos finales, lo cual incluye el regreso de Cristo y el juicio final; por lo tanto, la predicación del evangelio ante las naciones se considera como el precursor necesario para que se dé la segunda venida de Cristo.
Paralelamente, cada creyente testifica ante el mundo acerca de su transformación por la regeneración que ha tenido por medio del Espíritu Santo y la palabra aprendida. Esa palabra divina ha sido señalada en numerosos textos bíblicos como el agua que limpia. El agua es un elemento recurrente que se asocia con la vida, la purificación, la bendición y la palabra de Dios. Ya en Génesis 2:10 se menciona al río que fluye del Edén y riega el jardín donde fue puesto el hombre; en Juan 4:14 Jesús habla del agua viva que da vida eterna. Sin agua no hay vida, lo que subraya la dependencia humana de Dios para la vida espiritual y física.
El agua también purifica; el lavado con agua en los rituales del Antiguo Testamento se asemeja al bautismo del Nuevo Testamento (Éxodo 30:18-21; Mateo 3:11; Hechos 2:38). El agua nos viene como un símbolo de la purificación del pecado y de la limpieza espiritual, así como el bautismo representa la muerte al pecado y el renacimiento a una nueva vida en Cristo. Justo conviene subrayar que el bautismo no borra el pecado sino que es un símbolo de lo que hizo la sangre de Cristo, como bien se deriva de lo acontecido al ladrón en la cruz, quien no se bautizó pero que fue con el Señor al Paraíso.
Otro sentido que se da al agua en las Escritura puede ser corroborado en Juan 7:37-39, en referencia al Espíritu Santo que recibiría el creyente, para que corran de su interior ríos de agua viva. Cristo ha purificado a la iglesia, lavándola con agua mediante la palabra (Efesios 5:26); el profeta Isaías habla de la palabra de Dios que sale de su boca, la cual no volverá vacía, sino que hará lo que Él quiere, y será prosperada en aquello para lo cual fue enviada (Isaías 55:10-11). Esto fue dicho con el símil del agua de la lluvia y de la nieve derretida que riega la tierra y la hace germinar y producir, dando semilla al que la siembra y pan al que come. Por esa razón sabemos que la palabra de Dios purifica, nutre y da crecimiento espiritual, dado que la fe viene por el oír la palabra de Cristo.
Por lo dicho, el testimonio de la palabra de Dios da vida al que la oye siempre que a éste Dios le haya dado la fe como regalo (Efesios 2:8). Testificar nos alegra porque cumplimos lo encomendado a nosotros como creyentes, pero también porque al hablar la palabra divina tenemos una retroalimentación que nos nutre el alma. Esto en suma se representa como una metáfora poderosa que ilustra la manera en la que sustenta Dios a su gente, en la forma de limpiar la vida de su pueblo a través de su palabra y de su Espíritu. Como punto final, recordemos las palabras de Juan en una de sus cartas: Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; pero si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo, el cual es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (1 Juan 2:1). Recordemos que testificamos pero a veces no hacemos lo que debemos y hacemos lo que no deberíamos hacer (Romanos 7); esto no detiene nuestra testificación, sino que demuestra nuestra fragilidad ante la vieja naturaleza.
Sabemos que la expresión todo el mundo la usa Juan para dar a entender a su iglesia (conformada fundamentalmente por judíos conversos) que el Señor tiene un plan grandioso para con los gentiles, llamados el mundo según el pensamiento ideológico de los judíos de entonces. No presupone que Dios haya salvado a todo el mundo, sin excepción, sino más bien da a entender una inclusión del mundo gentil. De la misma forma la Escritura nos muestra a un grupo de judíos fariseos que se maravillaron del hecho de que todo el mundo se iba tras Jesús (Juan 12:19), aunque ellos no se fueron tras el Cristo, ni los romanos del Imperio, ni los saduceos, ni mucha gente del pueblo; tampoco lo hizo el resto del mundo, simplemente se trataba de una expresión hiperbólica que mostraba el asombro de los fariseos por la vía de la exageración.
César Paredes
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