Todo cuanto acontece en este universo más o menos conocido, obedece a un plan eterno del Creador. El profeta Isaías lo escribió por orden divina: Acordaos de esto, y tened vergüenza; volved en vosotros, prevaricadores. Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46: 8-9). La declaración de Dios acerca de que anuncia el final desde el principio no obedece a que mira el túnel del tiempo para averiguar cuanto sucederá. El hecho de que haya declarado que su consejo permanecerá y que hará todo cuanto quiere, presupone que controla cada evento por acontecer.
La entrada del pecado en el huerto del Edén no fue casual, ni fue algo que pudiera no haber ocurrido; ese acto de pecado cometido por el hombre tenía que ocurrir, ya que de otra manera el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo no se hubiese manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). Aún al malo hizo Dios para el día malo, como todas las cosas que ha hecho para sí mismo (Proverbios 16:4). ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3-37). Dios usa su palabra para rescatar a sus ovejas, para que vuelvan su mirada al buen pastor.
Esta es la razón por la que afirmamos que Dios tiene un plan eterno e inmutable, habiendo hecho el mundo con un propósito. No hay fracaso en Él, como ya vemos por las citas enunciadas: aún al malo hizo para el día malo. Ahora bien, muchos se preguntarán por qué Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad; la respuesta a esa interrogante está en la Biblia, cuando de inmediato el apóstol Pablo exclama: ¿Y quién eres tú, oh hombre, para discutir con Dios? (Romanos 9: 20). El pecado que abunda en el mundo hace que el hombre íntegro se cuide y se aleje de su influencia; por otro lado, nos educa junto a la ley divina para acudir a Cristo.
No todo el mundo va a Cristo, ni puede ir; solamente aquellos que fueron destinados para tal propósito serán llamados en el tiempo oportuno de forma eficaz. Los gemelos hijos de Isaac y Rebeca fueron destinados desde antes de que hiciesen bien o mal para cumplir propósitos opuestos. Uno fue odiado de antemano, Esaú, el otro fue amado desde siempre, Jacob. Acá nos enseña la doctrina bíblica que no se trata ni de genética ni de raza, tampoco por la pertenencia a una rama familiar determinada sino que fuimos escogidos por el propósito de Dios. Dura cosa para esos gemelos el amarse en la vida o tal vez el enemistarse el uno contra el otro, pero al final del camino permanecer separados por siempre: uno junto al Eterno y el otro en el lago de fuego.
Nadie puede alegar inocencia por cuanto todos hemos pecado, ya que la Escritura declara que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios); entonces, la redención viene por la fe de Cristo, la cual es un don divino (Efesios 2:8). Todo cuanto acontece ha sido diseñado desde el principio, para que ocurra de acuerdo al plan divino y para que honre la naturaleza de Dios. Dios ha soportado con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9: 22). Esa paciencia para soportar obedece también a un plan que hizo, para que llegado el momento se manifieste el hombre de pecado, aquel inicuo obra de Satanás, a quien el Señor destruirá con la espada de su boca.
El planeta de hoy se ve envuelto en un culto abierto a Satanás, ya sin disimulo, con el descaro que presupone viajar en contra del estatus bíblico con el cual se ha beneficiado toda la tierra. El concierto para que gobierne ese dictador mundial se está conjuntando de acuerdo a lo que Dios ordenó. Se amontonan las gentes para romper las coyundas divinas, para destruir todo lo que se refiere al Dios Omnipotente, como si logrando aquello la humanidad pudiera afianzarse en la paz y la seguridad. La destrucción vendrá repentinamente y se librarán las batallas anunciadas por los profetas del Antiguo y Nuevo Testamento.
No podemos hacer nada por detener el avance del Anticristo, ya que ha sido preordenada su manifestación. Lo que podemos hacer es entregarnos a la santidad, como dice la Escritura: el que es santo, santifíquese más (Apocalipsis 22:11). Fijémonos en lo que la Escritura también coloca: El que es injusto, sea injusto todavía; el que es impuro, sea impuro todavía…(Apocalipsis 22:11); las palabras dadas a Daniel fueron cerradas hasta el tiempo del fin, cuando ya podemos entender lo que se le dijo al profeta. Muchos serán limpios, y emblanquecidos y purificados; los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán (Daniel 12:9-10).
Vivimos en un mundo que gira en torno a la voluntad de Dios, no a la del hombre. Aunque parezca lo contrario, lo que el impío hace debe hacerlo para que el plan divino se orqueste como se lo propuso el Creador de todo cuanto existe. Las finanzas, las políticas, todo cuanto acontece en los distintos niveles de vida, lo que nos rodea en el plano afectivo, cada cosa que pasa ha sido planificada para que acontezca. Lo que para nosotros pudiera parece azar ha sido para Dios necesidad; Judas Iscariote se nos muestra como arquetipo junto a Esaú de los inicuos preparados para tropezar en la roca que es Cristo. Ellos iban conforme a la Escritura, pero su iniquidad pasa a ser castigada, sin que importe que no hayan podido resistirse a la voluntad divina. Lo que la falsa teología suscrita a los intérpretes privados de la Escritura manifieste, sirve para consolar la mente desviada del Logos Eterno. Parece un consuelo inútil, ya que la Escritura es plana y simple, pero los ojos de las cabras no soportan lo que se dice de ellas.
En razón del plan de Dios Pablo pudo asegurar que todas las cosas operan conjuntamente para bien de los escogidos de Dios (Romanos 8: 28). Las aflicciones temporales trabajan para beneficio de los hijos de Dios, de manera que los creyentes no nos perdamos en las depresiones que la vida procura por medio de la actividad demoníaca desarrollada por los servidores del mal. Más allá de los fracasos temporales en los escenarios del mundo, aún dentro de las mal llamadas iglesias, el plan de Dios ha incluido todo para nuestro beneficio final.
Pablo nos ha asegurado que cada cosa está bajo el gobierno de Dios, ya que forma parte de su plan para los escogidos. Todas las cosas y no solamente algunas, tanto las que están en los cielos como las de la tierra. Es el consejo de la voluntad divina la que hace que acontezca aquello que su providencia procura, para su gloria y para el propósito nuestro. Pablo bendice a Dios por habernos escogido en Cristo desde antes de la fundación del mundo, para que pudiésemos ser santos y sin mancha delante de él (Efesios 1:3-4). Esto implica el plan eterno e inmutable del Todopoderoso, como para que no nos aflijamos en demasía por las molestias propias de andar en medio del mundo. El mundo no nos ama porque no somos de él, pero el mundo ama lo suyo y le ofrece los deleites de los ojos, la vanagloria de la vida y los deseos de la carne.
Nuestra lucha continúa contra los principados y potestades espirituales de maldad, los cuales gobiernan en las regiones celestes. Hay mucha gente que le sirve abierta o discretamente a esos gobiernos del mal, pero perseveramos en la oración, en el aprendizaje de la doctrina de Cristo para permanecer firmes. Falta poco recorrido en nuestro peregrinar por el mundo hostil, así que no caigamos y si caemos sepamos que somos sostenidos por la mano del Eterno (Salmos 73). Tres veces feliz debe tenerse aquel cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto sus pecados (Salmos 32:1-2).
César Paredes
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