Una imagen moldeada presupone una copia interpretada, como una mímesis, pasada por la criba de nuestra ideología e imaginación. Lo que de Dios se conoce nos fue dicho en la Escritura, pero la mente humana se resiste a percibir a un Dios con las características allí señaladas. Un Dios que odie a Esaú antes de hacer bien o mal, que lo destine desde antes de nacer como vaso de ira, para mostrar la gloria de su poder en la tierra. Lo mismo hizo con el Faraón de Egipto, con Judas Iscariote, con cada réprobo en cuanto a fe destinado para tropiezo en la roca que es Cristo. Esto aparece como elemento de juicio, para decir que la injusticia habita al Todopoderoso.
Pablo se planteó esa hipótesis bajo la figura de un objetor que su retórica levantó en el capítulo 9 de su Carta a los Romanos. La respuesta que dio de inmediato fue la rotunda expresión: En ninguna manera. El ser humano continúa dentro de su oficio religioso forjando una imagen del Dios bíblico para ver si se ajusta a su medida; el profeta Habacuc advirtió: ¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿La estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor en su obra? (Habacuc 2:18). Hay religiosos que no se hacen imágenes físicas para no parecer idólatras, pero al hacerse una idea distinta del Dios revelado en la Biblia tropieza al igual que cualquier otra persona que idolatra imágenes.
Un ídolo no solo aparece en la fundición de metales, o en la mezcla del barro o talla de la madera, también puede emerger del libado imaginario de lo que debería ser Dios, de acuerdo a la mentalidad popular o teológica de algunos. Así que allí donde la Biblia asegura que Jehová hace el mal (Amós 3:6), por ejemplo, el teólogo que esculpe su imagen mental de la divinidad asegura que Dios permite el mal. Intenta exculpar al Dios que ya ha inculpado en su mente, porque no asume que Jehová ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4), con lo cual va haciendo interpretación privada de las Escrituras. Es mejor decir que el mal consiste en alejarse de Dios, como dijo Agustín de Hipona, para dejar que el ser humano sea el absoluto responsable de ese alejamiento.
Pero la Biblia no lo afirma de esa manera, sino que Dios reclama para Sí mismo todo cuanto ha hecho. Sí, creó al impío para el día malo, para exhibir su justicia, para castigar el pecado en aquellos por quienes Cristo no murió. Porque también la Escritura enseña en Juan 17:9 que el Hijo de Dios no rogó por el mundo, sino solamente por los que el Padre le dio y le daría por medio de la palabra de sus apóstoles y discípulos. Si el Hijo de Dios, la noche antes de morir, no rogó por el mundo dejado a un lado, se entiende que al día siguiente no fue a morir en la cruz como sacrificio por ese mundo por el cual no pidió al Padre. Entonces, ¿cómo es que algunos teólogos reclaman una expiación universal y generalizada?
El Dios descrito por el profeta Amós (en la cita antes mencionada) está vivo y activo en el universo, no hace o permite ciertas cosas como si no quisiera que acontecieran, sino que decreta todo cuanto sucede. El profeta Isaías nos habla de un hacha que se mueve sola, como moviendo la mano del que con ella corta. Tal imagen exalta la forma ridícula de pensar de los teólogos del libre albedrío, como si el báculo moviera al que lo sostiene. ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el báculo levantase al que lo levanta; como si levantase la vara al que no es leño! (Isaías 10:15).
Los que reclaman para sí mismos su propia gloria recibirán a cambio debilidad y una hoguera como ardor de fuego, hasta consumir alma y cuerpo. Esto acontece a quien niega la soberanía absoluta de Dios, lo cual nos indica que de gran importancia resulta conocerla. Al entender que todo cuanto acontece obedece a su voluntad inquebrantable, descubrimos que existe un propósito del Altísimo en lo que nos sucede. Asimismo, la voluntad de Dios se ve en el accionar de los impíos, contra los cuales el Señor está airado todos los días (Salmos 7:11). Nos toca reflexionar, si es que tenemos al Espíritu Santo, para comprender nuestra obediencia y nuestra limitación. Por ejemplo, el hecho de que el Anticristo esté programado para manifestarse en la tierra en un momento determinado, no implica que nosotros vayamos a aclamarlo. El que Dios lo haya programado para que aparezca como tirano terrenal no hace que se nos valide su proclamación. Nosotros sabemos que habrá guerras y rumores de guerra, que la maldad está siendo aumentada, pero no debemos ayudar en ese aumento. Las dos cosas se dan en paralelo, pero los que no entienden parece que no entenderán, ya que hay quienes procuran la manifestación del hombre de pecado y desean que el templo judío sea construido. Un cristiano no está llamado a construir templos de sacrificios de animales, ya que entiende que la sombra de lo anterior ya vino con Jesucristo.
De hecho, la Biblia lo enseña de este modo: …los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán (Daniel 12:10). Juan, en Apocalipsis 22:11, lo atestigua: El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía. Hemos de ver a Dios en su totalidad mostrada, no solo como un ser que condena el pecado y al pecador sino como el que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Su compasión no tiene límites, ha mostrado su amor como una acción eterna para podernos amar con amor eterno y prolongarnos su misericordia.
Ese Dios Justo recomienda a toda la gente que se arrepienta y crea el evangelio de Jesucristo. Al que cree lo redime, pero al que no cree lo declara condenado. Ese Jesús recomendó en su época que estudiáramos las Escrituras, porque ellas testifican del enviado del Padre, porque en ellas creemos está la vida eterna. Si la gente descuida escudriñar la palabra revelada de Dios, una espada de Damocles se muestra sobre la cabeza del negligente. La fe viene por el oír (leer) la palabra de Cristo; por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos (Isaías 53:11). ¿Cómo, pues, hemos de descuidar una salvación tan grande?
Al estudiar las Escrituras comprendemos que todo cuanto acontece obedece en detalle al plan eterno de Dios. Aún la crucifixión de su Hijo, el crimen más monstruoso de la humanidad, fue planificado por el Padre Eterno, en concordancia con su amor por los elegidos. Comprendamos en su justa medida las palabras del salmista: Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender … Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas (Salmos 139: 6, 16).
El Espíritu Santo da vida a quienes el Padre ha querido, de acuerdo al plan eterno de salvación. Jesucristo puso su vida en rescate por muchos, de acuerdo al plan de salvación (Mateo 1:21). No se trata de que el Espíritu Santo capacita al impío para que llegue a creer, sino que el nuevo nacimiento lo da el Espíritu para que la persona sea redimida en forma total. Esta acción del Espíritu Santo glorifica a Jesucristo, no al pecador. Así que no es la voluntad del pecador la que activa la salvación, sino que el nuevo nacimiento hace que nuestro espíritu esté dispuesto en el día del poder de Dios. No es el pecador sino Cristo, solamente, quien cumplió con todas las condiciones de juicio penal para nuestra redención; en consecuencia, redimido el individuo comienzan los frutos de salvación. No confundamos nuestra justicia con la justicia de Cristo, siendo esta última la que se nos imputa por carácter legal de parte de Dios como Juez Justo. El que ignora la justicia de Cristo revelada en el Evangelio, se considera perdido ante los ojos de Dios (Romanos 10:1-4).
César Paredes
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