En el Salmo 139:21-22 se lee: ¿No odio, oh Jehová, a los que te aborrecen, y me enardezco contra tus enemigos? Los aborrezco por completo; los tengo por enemigos. La Biblia también habla de los que odian a Dios, nombrados en Romanos 1:30, en una larga lista de abominables: murmuradores, detractores, aborrecedores (odiadores) de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres. Estos son malévolos que no tienen en cuenta la palabra revelada del Señor sino que buscan manifestar su rechazo a través del odio contra el que los creó. Como Nimrod, un cazador contra Jehová, pretenden construir barreras o torres para refugiarse en ellas y no ser alcanzados por la ira divina como recompensa en su mal hacer.
Hay gente que odia a Dios, sabiendo que existe, que castiga la maldad. Hay gente que pese a los castigos del cielo no se arrepienten de su mal actuar, siguiendo el servicio a los demonios (Apocalipsis 9:20-21): El resto de la gente, los que no murieron por estas plagas, ni aun así se arrepintieron de su maldad, ni dejaron de adorar a los demonios ni a las imágenes de oro, plata, bronce, piedra y madera, las cuales no pueden ver ni oír ni caminar. Los hay quienes pese a lo que la Biblia les advierte continúan entregados sacrificando a sus ídolos (de todo tipo: físicos o imaginarios), como asegura 1 Corintios 10:20-21: Antes bien, digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no podéis ser partícipes de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios.
La Biblia es sumamente clara en cuanto a nuestra lucha, diciéndonos que no es contra sangre y carne sino contra huestes espirituales de maldad que habitan en las regiones celestes. Esa batalla se describe como real, así que la posición del creyente ha de ser la de un soldado listo para el combate. ¿De dónde viene nuestra ansiedad y la zozobra que nos circunda? De nuestra mente dada a la imaginación inútil, vacía de la palabra divina. Cierto que el salmista expresó el odio contra los que odian a Dios, de la misma forma en que nosotros sentimos molestia por los que blasfeman del Señor en nuestra presencia. Sin embargo, Jesucristo nos ha ordenado amar aún a nuestros enemigos, de forma que una vía para mostrar ese amor consiste en la predicación del evangelio a esos odiadores de Dios.
Por amor les decimos que crean al Señor y se arrepientan de su mal camino; hacemos bien a todos, como fruto de nuestra gracia. Pablo nos recomienda que siempre que tengamos oportunidad hagamos bien a todos, en especial a los de la familia de la fe (Gálatas 6:10). En otra carta, el apóstol da un consejo oportuno para nuestro tiempo: Quítense de vosotros toda amargura, y enojo, e ira, y gritos y maledicencia y toda malicia. Más bien, sed benignos los unos con los otros, misericordiosos, perdonándoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó a vosotros en Cristo (Efesios 4:32). Pedro nos manda a ser compasivos y de un mismo sentir, misericordiosos y amigables, sin devolver mal por mal, ni maldición por maldición (1 de Pedro 3:8). Si nos vestimos de caridad, la paz de Dios nos gobierna en el corazón (Colosenses 3:14).
No será nuestro amor por los enemigos lo que los hará volver de su mal camino, ya que si Dios no opera en ellos el arrepentimiento para perdón de pecados perecerán. Solamente los que son enseñados por Dios, después de haber aprendido, irán a Cristo (Juan 6:45). Cuando Pablo declara el evangelio, la primera doctrina que expuso fue que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3). Esas Escrituras son múltiples, pero conviene recordar algunas: (Mateo 1:21; Juan 6:37; 6:44; 6:65; Efesios 1:1-11; Juan 17:9; 1 Pedro 2:8; Romanos 9: 11-18, etc.).
Jesucristo-hombre- Mediador fue quien dijo que todo había sido cumplido (Consumado es), es decir, tenemos perdón total de nuestros pecados, justicia conferida de su parte, fuimos declarados hijos de Dios, herederos junto con Jesucristo, somos su pueblo, el linaje de su rescate (Isaías 53). Este evangelio choca de frente con el antievangelio de la redención universal generalizada, el anatema que predica el falso maestro. Cristo no murió por todo el mundo, sin excepción, sino que ofreció su vida en rescate por muchos: esos muchos son su pueblo, el linaje escogido del Padre desde la eternidad. Ellos son llamados las ovejas del Señor, unas estamos en el redil, otras andan perdidas, pero a todas ellas llevará en su rescate.
Los cabritos son dejados por fuera y a ellos se les dirá que se aparten al lago de fuego, que el Señor nunca los conoció (nunca tuvo comunión o amor con ellos). Ese es el verdadero evangelio de las Escrituras, pero la gente religiosa pervierte su contenido para fabricarse un Dios a su medida, más ajustado a su mímesis (interpretación de lo que percibe). De esa manera quedan contentos sirviendo a un dios a su imagen y semejanza, salpicado de textos bíblicos y apoyado por la mayoría bajo el alegato falaz del argumento de cantidad. Jesucristo no representó a Judas en el madero, ni al Faraón, ni a Caín, ni a ningún otro réprobo en cuanto a fe. Él dio su vida por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras.
En esto demostramos amor para con las personas, diciéndoles la verdad respecto a lo que la Biblia ordena, anunciar todo el consejo de Dios. Los que no aceptan este evangelio no lo pueden aceptar porque no son llamados; entonces algunos dirán: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? Si alguien no fue amado por el Padre desde la eternidad, ¿qué culpa tiene de actuar con odio contra ese Dios que nunca lo amó? Todas estas interrogantes ya fueron planteadas en las Escrituras, en la defensa de Esaú. Sin embargo, ante estas inquietudes la Biblia responde que Dios no es injusto en ninguna medida, sino que es soberano y el hombre apenas una criatura comparable a un vaso de barro creado por su alfarero.
Esta soberanía divina conduce a la oveja a la humillación última para aceptar que todo viene de Dios. Los soberbios no pueden digerir este alimento y por eso continúan odiando a Dios, aunque tengan que hacerlo con disimulo: distorsionando la Escritura e interpretándola privadamente. Ellos buscan textos aislados de sus contextos como pretexto de interpretación. La Biblia sigue abundando en pasajes que demuestran que no siempre que la palabra MUNDO aparece en sus líneas debe entenderse como si fuese cada persona del planeta. Por ejemplo: los fariseos se maravillaron de la influencia de Jesucristo en la muchedumbre, por lo cual exclamaron: Mirad, el mundo se va tras él (Juan 12:19). De la misma forma hemos de entender el texto de Juan 3:16, cuando Jesús le hablaba con Nicodemo, un maestro de la ley que creía que solamente los judíos eran el pueblo de Dios. Por eso el Señor le mencionó la palabra MUNDO para que comprendiera que el amor del Padre no iba tan solo al mundo o universo judío sino también se extendía al resto de la humanidad, las gentes o gentiles que eran para los judíos los del mundo.
Juan, en una de sus cartas, nos dice que el mundo entero está bajo el maligno. De inmediato dice que sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Éste es el verdadero Dios, y la vida eterna (1 Juan 5:19-20). Es decir, pese a que estamos en el mundo, nosotros no estamos bajo el maligno, si bien ha dicho que el mundo entero está bajo su égida. Así que conviene siempre mirar los contextos de las palabras para ver su sentido último. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pero eso no implica que no haya muerto gente en sus pecados; entonces, esa expresión de Juan el Bautista tiene un sentido referido al contexto de los que el Señor perdonó y representó en el madero.
Dentro de los que odian a Dios se encuentran los enmascarados, los que predican el evangelio con pequeñas desviaciones doctrinales que hacen más apetecibles y aceptables los propósitos de un Dios benévolo que aspira a ser amado por un mundo libre de su influencia. Sí, suena paradójico, pero estos predicadores que odian a Dios asumen que el Señor hizo libre a cada individuo del planeta y los redimió a todos en forma potencial, pero espera que cada quien actúe de buena voluntad y se acerque a Él para aceptar esa oferta. Los que así piensan y predican no saben qué hacer con aquellos que murieron sin haber escuchado jamás tal oferta de redención. Esos son ministros de Satanás enmascarados como ministros de justicia (2 Corintios 11:12-15): Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo.
César Paredes
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