David pregunta quién subirá al monte de Jehová, para estar en su lugar santo; la respuesta la da de inmediato: el limpio de manos y puro de corazón, el que no ha elevado su alma a cosas vanas ni jurado con engaño (Salmos 24: 3-4). Si prestamos atención a lo que dijo, sabemos que todos fallamos al respecto algunas o muchas veces en esta vida. Siempre hemos de empezar de nuevo, intentarlo una y otra vez, sin importar que nuestro saldo quede en rojo al final del día, del mes, del año. El hombre parece una máquina de hacer pecado, acostumbrado y dominado por la ley de sus miembros (Romanos 7). Pese a esa constante nos toca batallar a diario contra la carne, sin la angustia por causa de la derrota sufrida en muchas ocasiones.
Pablo sufrió algo parecido, como nos lo cuenta en Romanos; así se sintió: un miserable que hacía lo que no quería, pero que no hacía aquello que debía hacer. Al final de su discurso dio gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría finalmente de su cuerpo de muerte (ese cuerpo que participa del pecado). Somos seres carnales, vendidos al pecado (Romanos 7:14), con el pecado que nos domina (Romanos 7: 17). Pablo comprendió lo que nos sucede como creyentes, bajo la ley del pecado, pero no se conformó con el hecho de pecar sino que desmenuzó sus intríngulis. Existe una ley en nuestros miembros que se rebela contra la ley de nuestra mente, para llevarnos cautivos ante la ley del pecado que reposa en nuestros miembros.
Esa saturación pecaminosa de la que estamos untados se asemeja a lo dicho por David en su célebre Salmo 51. Decía que su pecado estaba siempre delante de él, que había sido formado en maldad y concebido por su madre en pecado (Salmos 51:5). La súplica del rey se inicia con un clamor a la misericordia del Señor, seguida de la petición de la renovación de un espíritu recto dentro de él (Salmos 51: 1 y 10). Nos quedamos petrificados por la acción del pecar, así que tenemos que pedirle a Dios que abra nuestros labios de nuevo, para publicar la alabanza que de ellos emana (verso 15).
Como creyentes sabemos que estuvimos muertos en delitos y pecados, pero fuimos llevados a la vida por la gracia de Dios. Si Él no nos hubiese llamado con eficacia, estaríamos como los que son del mundo. Ahora que vivimos sabemos lo horrendo del pecado, de su molestia y de su fuerza. Por eso hemos de empezar de nuevo la caminata, sabiendo que tenemos un Dios al cual clamar como lo atestiguan Pablo y David, entre tantos otros escritores bíblicos. La justicia de Dios la vemos a través del trabajo de Jesucristo cumplido en la cruz. En ese lugar le fueron imputados al Hijo de Dios todos nuestros pecados, habiendo él sido castigado por nuestras culpas para que nosotros fuésemos declarados justos.
Por estar en Cristo nos convertimos en nuevas criaturas (2 Corintios 5:17), estando conminados a ser compasivos, a amarnos fraternalmente unos a otros, siendo misericordiosos y amigables (1 Pedro 3:8). Nuestra lengua debe ser refrenada de hablar el mal, para poder ver días buenos (1 Pedro 3:10). De igual forma, al estar en Cristo sabemos que el Señor padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios (verso 18). Dios castigó a un hombre completamente inocente, su Cordero preparado para la expiación desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), para imputarnos después su justicia a nosotros. Esto lo hizo en los elegidos, pese a que seamos pecaminosos en carácter y conducta. En este punto hubo un encuentro entre la justicia de Dios (la cual es Jesucristo) y nuestra inmundicia (la cual fe quitada por su sangre). De esta forma lo leemos en el Salmo 85:10: La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron.
Sabemos lo cierto que resulta el contenido de la palabra de Dios; por ello nos afianzamos en estas palabras: Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira (Romanos 5:9). Habiéndonos dado vida el Hijo, perdonándonos todos nuestros pecados (Colosenses 2:13), sabemos que podemos comenzar de nuevo. La misma Escritura nos lo recuerda una y otra vez: ¿Quién es el que condenará a los que aman a Dios? Cristo es el que murió y resucitó, el que intercede por nosotros a la diestra de Dios Padre (Romanos 8: 33-34). Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (verso 37).
Dios, hablando del Hijo, nos confirmó por medio de su profeta Isaías: Habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores, verá el fruto de su aflicción y quedará satisfecho. Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53: 11-12). Recordemos que Jesucristo al encarnarse se sometió plenamente a la ley de Dios, cumpliendo todos sus preceptos. Esto demandaba la ley divina dada los hombres, pero nadie la pudo cumplir a plenitud sino solamente el Hijo de Dios. Por eso se le llamó siempre como el Cordero sin mancha (el que no cometió pecado), como bien lo prefiguró David en otro de sus Salmos: El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón (Salmos 40: 8). De igual forma encontramos referencia en Isaías 50:5: Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás.
Comenzamos de nuevo porque tenemos la confianza de la palabra de Dios; cada creyente conoce que si peca tiene un abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo. Sabemos que el pecado es una infracción a la ley de Dios, pero Jesucristo apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él (1 Juan 3: 4-5). El pecado puede convertirse en una mala costumbre, generándonos inmenso dolor. No solo porque acarreamos sus consecuencias naturales, sino porque el Espíritu se contrista dentro de nosotros (Efesios 4:30). En otro tiempo éramos tinieblas, pero ahora somos la luz del Señor y como hijos de luz debemos andar (Efesios 5:8).
Empezar de nuevo también se entiende como un privilegio que tenemos todos los que hemos sido redimidos por el Señor, una vez que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Se nos garantiza la providencia del Omnipotente, con la motivación de quien nos ama con amor eterno. Esa es una razón de sobra para no participar más en las obras infructuosas de las tinieblas. Hemos de despertarnos y levantarnos de los muertos, para que Cristo nos alumbre de verdad. Por esta razón hemos de mirar con diligencia nuestra manera de andar, que no seamos guiados por la necedad sino por la sabiduría que viene de lo alto.
Pablo nos recomienda que seamos entendidos en cuanto a conocer cuál es la voluntad del Señor para nosotros: No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo (Efesios 5: 18-20). Este camino tenemos como señal para andar por él, de manera que crezcamos en la gracia y en el conocimiento del Señor.
César Paredes
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