En la Biblia, la sangre de los corderos tiene varios significados simbólicos. En el Antiguo Testamento, la práctica de sacrificar corderos y rociar su sangre se asociaba con la expiación de pecados. Por ejemplo, en la celebración de la Pascua judía, la sangre del cordero sacrificado se usaba para marcar las puertas y proteger a los israelitas de la plaga enviada por Dios. Esa sangre de los corderos anunciaba la sangre del Señor Jesucristo significando que Dios pasaría por alto el castigo a esa casa donde se untara su sangre.
Además, en el Nuevo Testamento, se considera que Jesucristo es el Cordero de Dios, cuya sangre fue derramada como sacrificio para redimir los pecados de la humanidad. Por lo tanto, la sangre de los corderos en la Biblia simboliza tanto la expiación de pecados como el sacrificio necesario para la salvación espiritual. Sabemos que la sangre no fue puesta en las puertas de las casas egipcias, sino solamente en las de los israelitas. Allí vemos una restricción absoluta en la aplicación de ese perdón, de manera que los universalistas que generalizan en base al derramamiento de la sangre de Cristo tienen allí un freno bíblico para detener sus pretensiones.
Por otro lado, ningún israelita pagó con sus obras ese favor de Dios. La razón descansa en que la sangre de Cristo (el Cordero de Dios) resulta suficiente para el perdón divino; de hecho, Jesús en la cruz exclamó: Consumado es (Tetélestai). Su trabajo fue suficiente en tanto Dios es perfecto, así que el Señor salvó a todo su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ni uno más ni uno menos, simplemente no hay errores en la economía de la salvación.
Acá volvemos por fuerza al tema de la predestinación, en una clara referencia de que Dios ha determinado de antemano el destino eterno de las personas. La interpretación bíblica nos señala que Dios eligió de antemano quiénes serían salvos, muy a pesar de que hay quienes sostienen que Dios elige en base a su conocimiento previo de quiénes escogerían aceptar su gracia. Se deduce que si la expiación universal fuera cierta, la sangre de Cristo por su eficacia debería alcanzar para que Dios pase por alto todos los pecados de todas las personas. Isaías nos lo aclara: Jesucristo (el siervo justo) vería del trabajo de su aflicción y quedaría satisfecho. Por su conocimiento salvará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11).
El hecho de que Cristo quedara satisfecho con el fruto de su trabajo implica que no quiso alcanzar más de lo alcanzado. De hecho, él lo anunció la noche previa a su muerte, cuando oraba al Padre en el huerto de Getsemaní: No te ruego por el mundo (Juan 17:9); solamente rogaba por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por la palabra de sus apóstoles. ¿Por qué Jesús no rogó por el mundo? ¿Por qué habló en parábolas, para que no todo el mundo entendiera? ¿Por qué la expansión del evangelio fue circunscrita a unos lugares cercanos, antes que nada, y por tan solo 12 encomendados? ¿Por qué no envió ángeles a pregonar su anuncio por toda la tierra de ese entonces?
La respuesta a todas esas interrogantes resulta obvia: Jesús no pretendió salva a más gente de la que conforma el pueblo elegido del Padre. Estamos ciertos en que lo que se propuso lo alcanzó, así que Jesucristo no salvó potencialmente a ninguna persona sino que en forma actual redimió a todo su pueblo. Esa redención se anuncia por la predicación del evangelio, dado que sus ovejas oirán su voz y le seguirán. No harán lo mismo las cabras, quienes se alimentan de falsos evangelios y anuncios espurios. Jesús no sufrió en forma potencial por almas potenciales, más bien su trabajo fue real y actual, con un castigo soportado en forma puntual. De esa forma se sabe que lo hizo por personas reales, cuyos nombres fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).
Si Dios hubiese visto en el túnel del tiempo quiénes se salvarían, no hubiese tenido que predestinar a los que ya estaban destinados por su sabiduría, humildad y reconocimiento. Más bien la Biblia nos declara que Dios afirmó que no hay justo ni aún uno, que no hay quien lo busque ni quien haga lo bueno. Dijo que todos los habitantes de la tierra estaban muertos en delitos y pecados, así que no pudo mirar en ese túnel del tiempo a alguien que estuviera dispuesto. La muerte espiritual deja a la gente en tinieblas y sin sentido de orientación, de manera que es por medio de la regeneración eficaz del Espíritu que nacemos de nuevo.
Ese acto de nacer de nuevo no depende de la voluntad de la persona, como si ella pudiera razonar estando muerta. Depende únicamente de la voluntad del Espíritu de Dios (Juan 1:13; 3:3, 8). Por ello sabemos que los que hemos sido justificados por su sangre seremos salvos de la ira por medio de Él. Cada persona justificada por la sangre de Cristo es librada de la ira de Dios. Sabemos que muchos van a la perdición eterna, de manera que esas personas no fueron justificadas por la sangre de Cristo. Los que hablan de una expiación universal generalizada, potencial y no actual, se sorprenden por el hecho de que no todo el mundo es salvo. Entonces alegan que no quisieron salvarse, que se les dio su oportunidad, con lo cual validan las obras sobre la gracia.
Obras sobre gracia existe cuando la voluntad de las cabras deciden cooperar sin saber quién es Dios; por ello se inventan un dios a su imagen y semejanza, que iguala a todos los seres humanos y se convierte en inclusivo. Ese dios no existe sino en la imaginación que genera el evangelio anatema, en la ficción de una teología antropocéntrica alejada de la soberanía absoluta de Dios. Olvidan que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. Olvidan que Dios amó a Jacob y odió a Esaú antes de que hiciesen bien o mal, antes de ser concebidos. La Biblia nos dice la razón de esto: para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).
Si la sangre de los corderos hubiese sido colocada en todas las casas egipcias, no hubiese habido primogénitos muertos, pero sabemos que la gracia de Dios en ese entonces apuntó solamente al Israel de aquella época. De igual manera, Dios destruyó con el diluvio a millones de personas, pero salvó solamente a ocho personas. Por siglos su ley escrita estuvo particularmente destinada a un solo pueblo, si bien uno que otro gentil fue hecho partícipe de la didáctica divina de su evangelio. De igual forma, ahora nos hemos incorporado los gentiles al universo de redención, pero no son todos los gentiles como antes tampoco fueron todos los israelitas.
Pablo lo declaró abiertamente: En Isaac sería llamada la simiente, la cual es Cristo (no todo Israel sería salvo, sino los llamados). Asimismo ahora, no todos los gentiles son llamados eficazmente. Dios es quien ha elegido, mientras a su iglesia le toca seguir anunciando este evangelio (la buena noticia de que Dios ha librado a su pueblo de sus pecados). Esa misión la tenemos hasta que el último de los con-siervos sea alcanzado.
César Paredes
Deja un comentario