LA EXISTENCIA EN EL MUNDO

Estamos en el mundo pero no somos del mundo. Esta premisa bíblica nos ayuda a entender las circunstancias que atrapan nuestros sentidos; en ocasiones nos sumergimos en el pesimismo proveniente de las noticias propias del día a día. No olvidemos que la naturaleza humana se presenta caída, sumergida en eso que la Biblia dio por llamar estado mundano. Hemos de ir hacia el sentido griego del vocablo Cosmos, el orden de las cosas; el conjunto ordenado, la perfección frente al Caos, que nos da a entender la confrontación entre estos dos antagónicos. La idea del Antiguo Testamento relatada en el Génesis nos anuncia el Orden frente al Caos. En el principio creó Dios los cielos y la tierra; y la tierra estaba desordenada y vacía. Entonces, el Dios Creador ordenó el Caos creado.

La cultura romana toma del griego el sentido del Kósmos (κόσμος) como perfección. Lo traduce como Mundus, dándonos a entender el conjunto ordenado, lo limpio, el orden frente al caos. La palabra inmundo implica estar sin mundo, sin orden, sin limpieza. Lo más putrefacto en el Antiguo Testamento para el mundo judío consistía en tocar un cadáver (Levítico 11 y Deuteronomio 14); la muerte es sin duda el caos frente a la vida. Jesús describe el espíritu inmundo que sale del hombre, que anda por lugares secos, buscando reposo; no hallándolo, intenta volver a la casa de donde salió. Al llegar, la encuentra barrida y adornada (Lucas 11:24-36). Jesús continúa su relato diciéndonos que ese espíritu inmundo toma otros siete espíritus peores que él y al entrar en aquel hombre todo lo destruye: el postrer estado llega a ser peor que el primero.

Esta admonición nos dejó el Señor, para ilustrar el riesgo que corremos los creyentes si miramos hacia lo inmundo. Curioso puede resultar la conjugación entre el orden y lo extremadamente sucio, ¿cómo pasamos de un mundo de orden a un mundo de desorden? Tenemos que entender el concepto de pecado que nos fue enseñado en las Escrituras; el errar en el blanco, el no atinar en lo correcto se define como la equivocación del ser humano. Caída por completo toda la humanidad en Adán, ella está muerta en delitos y pecados. Es decir, el mundo como sede del principado de Satanás dejó de ser un orden para volverse un caos. El pecado contamina lo limpio y lo vuelve sucio, absolutamente inmundo.

Interesante que en la visión bíblica el mundo dejó de ser el lugar limpio creado por Dios para representar el sitio sucio donde Satanás gobierna. En el mundo tendréis aflicción; el mundo ama lo suyo y odia a Dios; no améis el mundo, ni las cosas que están en el mundo; el mundo pasa y sus deleites, etc. La belleza y armonía que vemos a diario en la naturaleza es simplemente el residuo de aquella hermosa creación incontaminada que un día vivieron nuestros padres Adán y Eva. Pero la Escritura nos habla de un cielo y tierra nuevos, de la destrucción de esta tierra.

Ya hubo una muestra de ello con el diluvio universal; el Señor es descrito de forma antropomórfica como quien se arrepiente de haber creado al hombre (Génesis 6:6-7). Dios se comunica con nosotros por medio de figuras antropomórficas, por lo cual se usa el término arrepentir para expresar su lamento por el pecado. En Jeremías 18:8 dice el Señor: Pero si esos pueblos se convirtieren de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles. Sin embargo, sabemos que en Él no hay mudanza alguna, ni sombra de variación (Santiago 1:17). Así que esas figuras antropomórficas intentan darnos a conocer el repudio que Dios siente por la contradicción humana frente a sus mandatos.

Naham es la palabra hebrea traducida como arrepentir en el texto en referencia, pero que en realidad significa lamentar, doler. En otros términos, al Señor le dolió haber hecho al hombre que se entregó por completo a lo inmundo, hasta convertir su orden en un caos moral. Tanto fue este esfuerzo humano en entregarse al error que llegó a transformar lo limpio en lo sucio. El mundo dejó de ser el lugar del orden moral de las cosas, para significar todo lo opuesto: el mundo es inmundo. Después del diluvio la gente siguió incrementando su maldad, hasta encontrarnos nosotros en presencia de un mundo donde la maldad ha crecido desmedidamente.

Recordar que la gracia nos fue dada sin miramientos a nuestra conducta nos debe brindar alegría. Si por nosotros fuera, nadie sería salvo. Dios nos dio la salvación por medio de la fe, pero todo fue de gracia. No es de todos la fe, dice la Escritura (2 Tesalonicenses 3:2), sino que la fe es un don de Dios (Efesios 2:8). Sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6), de manera que Dios se lleva toda la gloria en esta redención tan grande. Nos toca seguir viviendo en este oficio del servicio al Creador, para que la vida resulte placentera y para que el mundo sea vencido en nosotros.

Jesús le dijo a un grupo de discípulos que lo seguían por mar y tierra, los cuales se habían beneficiado del milagro de los panes y los peces, que ninguno podía venir a él si el Padre no lo traía. Es decir, el deseo humano no basta para seguir a Jesús; esa gente se retiró con murmuraciones contra Jesús, y decían: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Esta palabra de la absoluta soberanía de Dios es dura para muchas personas, pese a que manifiestan una alegría al darse cuenta de lo sano que resulta el evangelio. Les sucede como a aquellos reseñados en la parábola del sembrador: algunas semillas brotaron pero ciertas circunstancias pusieron de manifiesto que no tenían raíz profunda. Solamente prosperaron aquellas plantas sembradas en el buen terreno preparado (por el Padre).

Esto lo enfatizó Jesús cuando le dijo a la multitud que lo seguía lo siguiente: Escrito está entre los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45). Estos sí que tienen raíz que resista las vicisitudes del entorno, por lo cual serán llamados bienaventurados. Dios enseña de muchas maneras, pero la forma especial para conducir a la redención eterna viene dada por el evangelio (Juan 17:20). Jesús alabó al Padre por haber escondido las cosas del cielo de los sabios y entendidos, y por haberlas revelado a los niños. De inmediato se dirigió a algunos y les señaló que si estaban trabajados y cansados que fueran a él. Resulta evidente que ese llamado no iba dirigido para aquellos a quienes se les había ocultado las cosas del reino de los cielos (el evangelio) por parte del Padre.

Somos beneficiarios de excepción los que hemos recibido el llamamiento de gracia, los que hemos aprendido del Padre. Somos felices los que hemos sido perdonados, los que sin siquiera haber buscado a Dios fuimos hallados por Él. Recibimos a Cristo y le amamos porque él nos amó primero. Esaú no fue amado por Dios en ningún momento, por lo cual el objetor señala a Dios como culpable de juicio. La Escritura condena al objetor y le recrimina su osadía de discutir con el Todopoderoso. De inmediato lo compara con una olla de barro hecha por el alfarero, el cual tiene potestad para hacer vasos de honra y de deshonra.

Todos los que hemos sido redimidos aceptamos esta palabra sin prejuicio, sin insistir en torcerla para hacerla más flexible. Dios es soberano y ha creado todas las cosas como las vemos, Él reclama haber hecho el bien y haber creado la calamidad, como bien lo señalan Isaías, Jeremías, Amós y tantos otros profetas. El día que se comprenda quién tiene el control absoluto de su creación, habrá paz para el que ha creído y estudia la palabra de Dios. Vivir en contradicción con lo que ella enseña implica permanecer en lo inmundo, o en el mundo regido por Satanás.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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