Pablo una vez predicó en el Areópago griego y se refirió al monumento que tenían los helenos al Dios no conocido. Por si acaso hubiera otro dios, los griegos no querían dejar de venerarlo, por lo cual le construyeron su recordatorio. De ese Dios iría a hablarles el apóstol, pero la multitud quedó sorprendida cuando se refirió a la resurrección. Dice la Escritura que apenas unos pocos llegaron a creer. Bien, hoy día no parece diferente, muchos oyen del Dios de la Biblia pero siguen desconociéndolo, ya que lo tienen por impotente o por reverente de la soberana voluntad humana.
La Biblia, sin embargo, asegura que nuestro Dios está en los cielos y ha hecho todo cuanto ha querido (Salmos 115:3; 135:6). El autor de los Proverbios nos refiere a los planes que el hombre hace en su corazón, los que no pueden detener la prevalencia del consejo divino (Proverbios 19:21). El profeta Isaías habla por Dios: Jehová de los ejércitos juró diciendo: Ciertamente se hará de la manera que lo he pensado, y será confirmado como lo he determinado…Porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo impedirá? Y su mano extendida, ¿quién la hará retroceder? (Isaías 14: 24-27). Esta afirmación del profeta coloca de relieve que no existe nada por casualidad, que todo cuanto acontece sucede porque Dios lo ha diseñado de esa manera.
Sabemos que la crucifixión de su Hijo fue planificada por el Padre, que todo cuanto hizo Poncio Pilatos, junto a los gentiles y el pueblo de Israel, fue determinado de antemano para que fuese hecho. En cuanto a los hijos de Dios, la Biblia menciona en muchos lados que fuimos escogidos por Dios desde el principio para salvación, por el Espíritu y por el creer en la verdad (2 Tesalonicenses 2:13). Hemos sido llamados mediante el evangelio de verdad, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.
Sepamos que el Señor nos llamó con llamamiento santo, no de acuerdo a nuestras obras, sino de acuerdo al propósito suyo y a su gracia, la cual nos fue dada en Cristo Jesús desde el principio del tiempo. ¿Qué sucede, entonces, con aquellos que no recibieron el amor de la verdad para ser salvos? Ellos no fueron llamados eficazmente, ni se les dio la fe de la que siempre carecen (2 Tesalonicenses 2:10-14; 2 Timoteo 1:9). Pese a ser portadores del pecado de Adán, de la corrupción original, de nuestras actuales transgresiones, al recibir el llamado del Señor hemos sido colocados en las manos del Padre y del Hijo para nunca perecer. Esto fue decretado desde la eternidad, ya que la salvación fue ordenada para el pueblo de Dios desde antes del llamamiento.
Este llamamiento se basa en el trabajo de Jesucristo, no en nuestras obras. No llama Dios a todo el mundo por igual, sino que a unos ordena para muerte eterna (como a Esaú) y a otros para redención perpetua (como a Jacob). Por supuesto, los ordenados para vida eterna hemos de oír el evangelio de verdad y de recibir al Señor, pero ese trabajo lo realiza el Espíritu Santo quien nos hace nacer de nuevo. Nuestras obras buenas o malas no son el motivo del llamamiento del Señor, ni de la condenación del Señor (Romanos 9:11-18). No ayudamos en lo más mínimo en el trabajo de Cristo, ni antes ni después de su llamado. Antes porque estábamos muertos en delitos y pecados, con obras muertas en forma permanente; después, porque nuestras obras son fruto de su gracia que nos ha llamado y nunca su causa.
La gente de la religión llamada cristianismo desconoce en gran medida que hemos sido llamados de acuerdo al propósito y a la gracia del Señor. Ese desconocimiento los denuncia como personas que todavía no han conocido el verdadero evangelio, ya que el Señor no salva a una oveja dejándola en la ignorancia. La Biblia asegura que el Espíritu nos conduce a toda verdad, ayudándonos aún en nuestras oraciones a pedir lo que conviene. Muchos pasan por alto lo que el Señor dijo a una multitud de discípulos que lo seguían por mar y tierra. En Juan 6:44 comprobamos que ninguno puede ir a Jesús si el Padre no lo envía, para que sea resucitado en el día postrero (en la primera resurrección).
Los que niegan la doctrina de Cristo no lo aman (Juan 8:42-44). Ellos no entienden el lenguaje de Jesucristo, ya que son de su padre el diablo. Siguen al padre de la mentira para hacer su voluntad, para torcer las Escrituras que no soportan oír. Estas personas no tienen ni al Padre ni al Hijo, aunque se proclamen creyentes en Cristo, aunque se vistan con la verdad. Tienen el alma turbada y quieren que el Señor les diga que está de acuerdo con sus pensamientos, pero él ya ha hablado y le ha dicho a todo este tipo de personas que ellos no pueden creer porque no forman parte de sus ovejas (Juan 10:26). Ese es el Dios no conocido por muchos.
Saulo respiraba aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, pero en ese camino de persecución de la iglesia de Cristo fue rodeado repentinamente por un resplandor de luz del cielo. Ese es el mismo resplandor que nos llega cuando somos llamados en forma eficaz, cuando el Señor nos habla por medio de su evangelio. Saulo perseguía a Jesús persiguiendo a los creyentes, dando coces contra el aguijón. Cuando el Señor habla caemos de nuestra altura y nos disponemos a hacer su voluntad (¿Qué quieres que yo haga?: Hechos 9:1-6).
Resulta que para los que creemos Jesús resulta precioso, ya que somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios. Es por esta razón que anunciamos las virtudes de Jesucristo, el que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Pero para los que no creen (ni jamás creerán), Jesús es la piedra desechada por los edificadores, la cabeza del ángulo de la construcción que no fue tenida en cuenta. Esa piedra deviene en tropiezo, una roca que hace caer, al tropezar en la palabra, por causa de la desobediencia, para lo cual fueron destinados (1 Pedro 2:7-9).
El Dios no conocido está descrito en Efesios 1:3-11, cuando habla del Padre de nuestro Señor Jesucristo, el que nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo (no cuando llegamos a creer, no basado en obras que no teníamos). Es el Dios que nos predestinó para ser adoptados hijos suyos, según el puro afecto de su voluntad (no según nuestra obras de aceptar o rechazar). Nos hizo aceptos en el Amado para alabanza de la gloria de su gracia (no para alabar nuestra voluntad o albedrío). En Cristo hemos tenido herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad. ¿Conoces a este Dios?
César Paredes
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