En Juan 1:17 leemos: Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. En este texto pudiera resumirse toda la teología de las Escrituras, ya que la ley fue dada para que abundase el pecado. La ley nos declara incapacitados por cuanto la maldición se yergue sobre todo aquel que no la cumple plenamente. Si tan solo un punto de ella es quebrantado, la consecuencia viene a ser la muerte espiritual. Ese pesado libro acusatorio vino por medio de Moisés, para demostrar que todo aquel que intente cumplir sus mandatos se tropieza al infringir alguno de sus puntos.
Sin la ley no habría conciencia del pecado, pero sabemos que esa ley escrita vino a un pueblo específico. Existe otra ley, escrita en nuestros miembros, de manera que ninguno puede considerarse excusado de ese conocimiento. La conciencia humana nos demuestra el bien y el mal, para que nadie se sienta libre e independiente del Todopoderoso Creador. Dos formas de esa ley hemos conocido, pero en ambas el hombre se muestra sin acierto pleno. Nadie ha sido justificado por las obras de la ley (Romanos 3:20), ni la de Moisés ni la de la conciencia.
Pero allí donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Gracia y verdad vinieron por medio de Jesucristo, habiendo él muerto por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Esa buena noticia tenemos por medio del anuncio del Evangelio, que Jesucristo cumplió la ley a cabalidad para satisfacer la demanda de un Dios Santo, que exige pago por el más mínimo pecado. La épica de Dios se nos narra en los libros de la Biblia, su gesta libertaria en medio de un mundo desordenado y entregado al mal. El principado de Satanás gobierna los corazones de los inicuos, pero la gracia del Señor levanta al caído y hace que de las tinieblas resplandezca su luz (2 Corintios 4:6).
Los judíos son llamados el pueblo escogido, pero lo fueron para exhibir los escritos de Dios. Sin embargo, muchos de ellos no comprendieron el misterio de la elección, sino que se entregaron a la falacia de asumir que la escogencia se debía a valores intrínsecos en ellos. Como si Dios hubiese descubierto una estirpe humana con valores suficientes para proseguir el bien, los judíos se envanecieron y ensancharon su pensamiento con presunciones farisaicas. La plegaria del fariseo demostraba la arrogancia de pretender ser mejor que el publicano, agradeciendo por la diferencia basada en la suposición de su nobleza.
Aparte de los judíos, hoy día existe un conglomerado de religiosos que sigue el mismo norte, bajo el alegato de haber sido escogido por virtud propia. Dios vio en ellos el deseo de seguirlo, por lo tanto los apartó desde antes de la fundación del mundo. Estos hombres de religión aseguran que la diferencia entre cielo e infierno subyace en su buena voluntad, en la libre aceptación que mostraron ante la predicación del evangelio.
Jesús demostró por sus enseñanzas que no todo el que le diga Señor entrará en el reino de los cielos. Además, aseguró que ninguno puede venir a él si el Padre no lo trae. Insistió en que todo lo que el Padre le da a él vendrá a él, de manera que deja entendido que aquellos que nunca vienen a él jamás han sido enviados por el Padre. La doctrina del amor divino ha hecho posible la escogencia para vida eterna, pero el odio de Dios por Esaú nos demuestra que no todos son escogidos para salvación (Romanos 9).
La gracia nos libera de la maldición de la ley, pero siempre en base a un acto de justicia. Dios no perdona a nadie en detrimento de su cualidad de Justo, sino que libera al oprimido basado en el trabajo de Jesucristo. De allí que el Señor sea considerado nuestra Pascua, nuestra Justicia, para que Dios pueda ser llamado Justo y quien justifica al impío. Desde Adán la ley moral fue quebrantada, con la consecuencia de lo heredado por la humanidad: la culpa y su consiguiente castigo. Con Moisés existe una nueva edición legal, en la directriz dual de nuestra relación con Dios y con los demás hombres. La culpa y el castigo por el pecado son enseñadas en el aspecto ceremonial de la ley mosaica. En esa pedagogía se educó al ser humano escogido para tal aprendizaje, en la liberación que se obtendría con Cristo. Por eso se habla de que aquellos ritos fueron sombra de lo que habría de venir: la expiación propiciada por Jesucristo.
Venido el Evangelio recibimos la gracia y la verdad, como una muestra del amor de Dios para con la humanidad. Esto es gracia libre de parte del Señor, pero también verdad en cuanto a la promesa promulgada en Génesis 3:15. Cristo es el autor del Evangelio y el fin de toda promesa, el cumplidor de todo lo prometido. Jesús se nos mostró como el Libertador anunciado por Moisés, el que vendría después para cumplir con el propósito de la redención. En la ecuación divina de la salvación los elegidos son los que reciben al Justo. Conocemos que la ley se introdujo para que el pecado abundase, hablo tanto de la ley moral como de la ley mosaica, esta última vista como una demostración pedagógica del plan divino. Sin embargo, cuando abundó el pecado sobreabundó la gracia, para que la gracia reine por la justicia para vida eterna.
Hoy día se anuncia esta gracia, pero muchos no la reciben. Por supuesto, tenemos que atenernos al plan de Dios, que Él conoce, ya que el Señor vino a poner su vida por las ovejas, no por los cabritos. Anunciamos este Evangelio a todo el mundo, porque no se nos dijo que buscáramos una lista de elegidos para proclamar la verdad de las Escrituras. Simplemente se nos ordenó predicar a toda criatura, para que el que creyere sea salvo. Sabemos por las Escrituras que creerán todos y cada uno de los que fueron ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).
Por esta Escritura estamos ciertos de que la fe no es la causa sino el medio o condición dispuesto por Dios para alcanzar la vida eterna. Los gentiles no tenían una mejor disposición para las cosas de Dios que los judíos, simplemente estaban tan muertos como todos los que habían pecado. No obstante, tantos como fueron ordenados para vida eterna demostraron que lo habían sido en tanto creyeron por medio de la fe que Dios les dio: la fe es un don de Dios (Efesios 2:8).
Los pecados del pueblo de Jesucristo le fueron imputados a él, quien sufrió en el lugar de todo su pueblo. Esta expiación fue completa (Tetélestai, dijo Jesús en la cruz), con una total remisión de todos los pecados del pueblo que representó en el madero. Dios remitió nuestros pecados, es decir, los perdonó, los sacó de nosotros; en la sangre de Cristo se purgaron todas nuestras faltas, porque fue una cancelación absoluta de todas nuestras deudas con el Creador. En tal sentido, se cumplió lo que dijo Juan el Bautista: El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Jesús apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él (1 Juan 3:5).
Jesús lo dijo: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados (Mateo 26:28). El vino rojo de su copa fue un símbolo o emblema y representación de su sangre en la cruz, en una anunciación del pacto de gracia. Tenemos paz, perdón, justicia, vida eterna y un número mayor de otros beneficios que emanan de ese esfuerzo del Señor en pro de todo su pueblo. El primer pacto (Antiguo Testamento) fue anunciado por Moisés ante el pueblo: Exodo 24:8: Moisés tomó la sangre y la espació sobre el pueblo y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros. Esto era sangre de bueyes, pero ahora la sangre del Hijo fue derramada voluntariamente para beneficio perpetuo de todo su pueblo. La sangre del Nuevo Pacto (Nuevo Testamento) ha sido derramada por muchos, para remisión de pecados.
¿Qué, pues, diremos? Entre la ley y la gracia vemos la pedagogía de Dios en relación con su santidad y su relación con el pecado de su pueblo. La ley, ciertamente severa, acusándonos hasta la maldición por causa de nuestra impotencia, pero la gracia derramada libremente de su beneplácito para con la multitud de personas que Él escogió, de acuerdo al propósito de su voluntad. Felices los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz.
César Paredes
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