El camino del creyente tiene pausas obligadas, desvíos alternativos para evitar los mayores peligros de la travesía. La soledad viene a ser el componente fundamental del alma que conversa con Cristo, ya que a falta de audibilidad debe ejercitar el sentido de comprensión por medio de la fe. Se hace necesario para acercarse a Dios creer que le hay; claro está, sería mucho más sencillo si cuando uno hablara viera a la otra persona. Pero no estará allí visiblemente, dado que siendo Espíritu Dios no tiene la obligación de materializarse.
El Espíritu de Dios conversa con nuestro espíritu y nos testifica de que somos sus hijos. De nuevo, en esa certificación hemos de seguir creyendo que Dios está allí. En este esfuerzo que nos permite la oración cotidiana, el alma desarrolla su estructura en forma sólida. Así que ningún creyente puede ayudar a otro para que su alma tome cuerpo, ya que como si fuere una actividad biológica cada quien tiene que respirar los asuntos espirituales en forma individual.
Cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que Él existe y que recompensa a quienes lo buscan (Hebreos 11:6). El elegido de Dios ha sido amado con amor eterno, antes de haber creído; sin embargo, también ha estado bajo la ira divina, lo mismo que los demás. ¿Cómo puede eso ser cierto en ambos sentidos? Jesucristo nos lo demuestra en la cruz, cuando el Padre se alejó por completo para derramar su ira por el pecado que cargaba (de hecho, se hizo pecado), pero jamás lo dejó de amar. El creyente nunca ha sido odiado por Dios, solamente ha percibido su ira cuando estuvo muerto en delitos y pecados; una vez que ha creído puede relacionar todos aquellos eventos acaecidos donde vivió circunstancias duras, pero siempre anunciará que aún en ellas estuvo cuidado por el Señor.
Acudir a Dios (acercarse a Él) ante su trono, por su gracia, para orar junto a Él, para implorarle perdón y misericordia, ayuda en todo tipo de circunstancia, presupone creer en Él. Se debe creer que es un Dios en tres personas, que constituye una Unidad: el Padre de Jesucristo, el Hijo como Redentor, y el Espíritu como Consolador y quien nos habita hasta la redención final. Acudimos a Él bajo la conciencia de que es perfecto, de que su omnipotencia demostrará que tiene el control de cada asunto que nos acontece.
La inmutabilidad del consejo de Dios hace que nos sintamos seguros de sus promesas, porque siendo el Dios de la naturaleza también es el del pacto que ha hecho con nosotros a través del Hijo. Existe una recompensa para los que lo buscamos con diligencia, los que nos refugiamos en Cristo el Mediador entre Dios y los hombres. Alguien sugirió que acudamos a Dios pero que no le digamos cómo debe actuar, que no dejemos que nuestra impaciencia dicte los pasos a seguir.
Dios nos premia cuando le buscamos (Hebreos 11:6), con sus cuidados y con la certeza de que responderá en el tiempo oportuno. Por ahora nos basta su gracia, pero al final de todo el camino recibiremos la glorificación absoluta. Dado que sin fe es imposible agradar a Dios, debemos persuadirnos de buscarlo creyendo verdaderamente en Él. Creamos a sus obras que ha hecho en la naturaleza, en nuestros viejos caminos, en muchas personas que testifican de ello. Por nada hemos de afanarnos, sino que hemos de acudir a la presencia del Señor con toda oración y súplica. La paz de Él vendrá a nuestras vidas para guardarnos de todas nuestras preocupaciones.
El Dios soberano viene a ser glorificado en nuestras pequeñeces, en nuestras pruebas; su sapiencia, su poder absoluto, el control de todo cuanto acontece, por cuanto lo que sucede en el mundo es su perfecta voluntad, nos da a entender que está en medio de la tormenta. Como Jesús lo demostró estando con sus discípulos en la barca, él dormía apaciblemente pero se despertó para reprender el mar y hubo grande bonanza. Ese es el Dios que maravilla, el que siempre tendremos de nuestra parte, ya que si nos amó cuando estábamos muertos en delitos y pecados nos ayudará estando ahora vivos por Cristo.
Vivimos por la fe, en tanto fuimos justificados. Le creemos a Dios aunque nuestra ansiedad nos hace ver que pareciera lento en su actuar. Aunque la fe no elimina los problemas, por ella confiamos en el que habrá de actuar a nuestro favor. Bienaventurados los que no vieron y creyeron, le dijo el Señor a Tomás; nosotros le amamos a él sin haberlo visto, asegura Pedro (1 Pedro 1:8).
Somos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza (fe) del principio (Hebreos 3:14). De gran importancia es el asunto de la fe, ya que sin ella resulta imposible agradar a Dios. Sabemos que no es de todos la fe sino que ella es un don de Dios (Hebreos 11:6; 2 Tesalonicenses 3:2; Efesios 2:8). Nuestra fe no proviene de nosotros, sino que ha sido un regalo de Dios. Los inicuos (hombres malos) no tienen fe, al menos esta fe dada una vez a los santos. Esta fe es dada solamente a los elegidos de Dios, pero viene por operación del Espíritu Santo: cuando somos regenerados recibimos el paquete de la redención que incluye la fe, para poder asir con confianza el don otorgado.
Teniendo esa fe podemos agradar a Dios; por medio de ella creemos recibir las cosas que hemos pedido, las sostenemos en la confianza de quien hace y consume esa fe: Jesucristo. Por esa razón, el incrédulo niega nuestra fe, no comprende nuestra confianza y supone que se puede tener fe en una piedra y las cosas ayudarán a bien. Otros incrédulos argumentan que lo que ha de suceder sucederá, de manera que no procuran con diligencia suplicar a Dios puesto que no lo conocen.
Nuestro deber ante el mundo consiste en predicarles el evangelio, para que aquellos que hayan de creer sean movidos por el oír la palabra de Cristo. Por igual, algunos acarrearán mayor condenación, siendo endurecidos por la palabra que anunciamos. La Biblia dice que somos grato olor de Cristo, tanto en los que se salvan como en los que se pierden. A los que se pierden somos olor de muerte para muerte, a los que se salvan somos olor de vida para vida (2 Corintios 2:15-16).
Prosigamos por el camino que es Cristo, afianzados en el conocimiento que él nos ha dado por medio de su palabra. La meta está cerca, el fin de todas las cosas se nos viene encima; nuestros días están contados y no podemos añadir a nuestra estatura un codo. No nos afanemos, deleitémonos en Jehová y Él nos concederá los deseos de nuestro corazón. Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá, buscad y hallaréis, en palabras ciertas de quien no miente, Jesús el Señor.
César Paredes
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