LA FALSA GRACIA

La falsa gracia se asemeja a la falsa humildad, a la apariencia de piedad que no aprovecha. Ya lo decía Jeremías: hablan de paz cuando no la hay (Jeremías 6:4). Algunos reformados demuestran su experiencia en el derrotero que conduce a la muerte, encantados con sus sofismas dejan ver el desvarío de su camino al hablar de la feliz inconsistencia de alguna herejía. Feliz porque suponen que ella no conduce a perdición, dándonos a entender que se puede militar en la falsa doctrina pero como se cree que se está en la verdadera Cristo los comprende. Esto es panteísmo disfrazado, bajo el alegato de alabar al mismo Dios aunque para ellos resulte un ídolo el Jesús que no conocen.

Pablo lo advirtió en Romanos 10:1-4, al hablar de los judíos de entonces, los que teniendo celo de Dios no actuaban conforme a ciencia (a la razón, al conocimiento). Sí, hay quienes prefieren tener a los sabios de este mundo en sus templos, al filósofo Séneca, como si éstos hubiesen conocido a Dios por la puerta de atrás. Para estos pretenciosos cristianos las palabras de Jesús sobran: Nadie viene al Padre sino por mí. Lo mismo les da que la Escritura afirme que no hay otro mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, ya que suponen que el hombre natural puede conocer a Dios por medio de sus vanos razonamientos.

Si el hombre sin la palabra revelada pudo servir a Dios en pureza de corazón, entonces en vano murió Cristo. Pareciera que poco o nada conocieran del Dios soberano, el que hizo incluso al malo para el día malo. Dios no da por hecho que el paganismo rescate una sola alma del pecado, sino más bien envió a su Hijo en semejanza de carne y sangre para que diera su vida en rescate por muchos. Ese rescate no fue potencial sino actual, no se hizo en apelación a la buena voluntad humana, como si la hubiera. Nuestra voluntad fue contada como la de los muertos en delitos y pecados, para quienes se hace imperativo nacer de nuevo.

Como para que no tengamos duda se escribió que ese nuevo nacimiento no ocurre por voluntad humana sino de Dios. Es decir, incluso la fe que nos permite asir el evangelio se nos ha dado como un regalo de Dios (Efesios 2:8). Todo el paquete de la salvación viene de Dios: No es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6), la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8). También se escribió que Cristo es el autor y consumador de la fe (Hebreos 12:2). Esa fe nos viene, cuando Dios nos la da, por medio del oír la palabra de Cristo (Romanos 10:17). En resumen, la redención que Dios ha hecho tiene su sintaxis en la historia del hombre: el hombre cae en el pecado, muere espiritualmente, es revivido por el Espíritu Santo quien le otorga la fe que se produce cuando oyendo el evangelio es renovado para arrepentimiento. Así que la predicación del evangelio no se niega sino más bien se alienta: ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10:14).

El que ignora al Dios viviente da fe de que no lo ha encontrado. Poco importa que tenga una vida de piedad aparente, que sea una persona de religión, que se llene de buenas acciones para con el prójimo. De nada le sirve el esfuerzo individual si desconoce la magnitud del pecado impagable y lo que significa el trabajo de Jesucristo. Por otro lado, ¿de qué le sirve al hombre su religión si ignora al Dios soberano? Ese Dios soberano no tuvo en cuenta que Esaú fuera el primogénito de Isaac, de quien vendría la promesa. A ese Dios soberano no le interesó que Esaú fuese nieto de Abraham, el padre de la fe. Simplemente lo odió antes de que hiciese bien o mal, antes de ser concebido, para manifestar en él su odio por el pecado. En cambio, el amor divino se posó sobre Jacob, sin importar su maldad, simplemente Dios lo amó antes de hacer bien o mal, antes de ser concebido. Todo esto se escribió para demostrarnos que el propósito de Dios permanece conforme a la elección y no por las obras (Romanos 9:11). Pese a la declaratoria bíblica, millones de seres humanos llamados cristianos ignoran el acto soberano de la elección divina y subvierten el orden de Dios: dicen que si hubo elección fue porque Dios supo de antemano quién habría de aceptar la oferta generosa del Calvario.

Eso no es más que colocar la carreta delante del caballo, es suponer que el hombre no murió en delitos y pecados, que está sano parcialmente y que posee voluntad para decidir entre cielo e infierno. Por otro lado, esa forma extraña de creer sin conocimiento supone que Dios se mostraría más justo si da iguales oportunidades a los seres humanos. Por esa falsa doctrina los templos se han llenado de cabras que adoran a un dios que no conocen, dándose cabezazos unos a otros, en la ignorancia de la palabra divina. Ese es el dios de Arminio, el cabeza de playa de Roma en las filas del protestantismo.

Dios ha pasado por alto los tiempos de esta ignorancia (según dijo Pablo en el Areópago). Hablaba de la ignorancia de la idolatría propia del paganismo, brindando una apertura para el mundo gentil, en la cual nos encontramos hoy día. Pero ese pasar por alto tal ignorancia viene con una exhortación hecha a todos los hombres en todo lugar: que se arrepientan, ya que un día vendrá el juicio divino, con toda justicia, por mano de aquel varón levantado de entre los muertos (Hechos 17:30-31). Pablo les dijo que ese Dios del cual hablaba no debía ser tenido como alguien semejante a oro, plata o piedra, a ninguna escultura o arte, todo proveniente de la imaginación de los hombres (Romanos 17:29).

Ciertamente, la gente va tras una gracia barata combinada con obras. Yo levanté la mano, aseguran unos, yo di un paso al frente, dicen otros. Todos concuerdan en que ayudaron a Dios en su proceso de salvación. En realidad no existe doctrina más odiada que la de la soberanía absoluta de Dios, el cual salva a quien ha querido salvar, sin importar su pecaminosidad, pero condena a todos aquellos ordenados para que sea exaltada la gloria de su justicia contra el pecado. Así que Él tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece el corazón de quienes quiere endurecer.

Ante esta realidad bíblica, ocultada con ingenio desde los púlpitos, muchos levantan sus puños contra el Dios de las Escrituras, haciendo fila con el objetor reseñado en Romanos 9: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? En otras palabras, ¿por qué Dios condenó al pobre de Esaú, quien no pudo hacer nada contrario a lo que implicara el odio divino contra él, aún antes de ser concebido? El que sigue empeñado en esta pelea demuestra que no ha nacido de nuevo, ya que Dios no es un Dios de confusión.

Feliz el hombre cuya transgresión ha sido perdonada, y su pecado ha sido cubierto. Feliz el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño. Por eso orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado; ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él. Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; con cánticos de liberación me rodearás. No seas como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti. Muchos dolores habrá para el impío; mas al que espera en Jehová, le rodea la misericordia (Salmos 32).

César Paredes

retor7@yahoo.com

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