El salmo 19 le canta al Creador, en forma directa, una alabanza por lo que se conoce desde siempre: la obra de las manos de Dios. En tanto la creación habla a gritos de aquel que hizo todas las cosas, el mundo tiene su contra parte y anuncia a voces que no hay Dios. La Biblia ha respondido a esa contrariedad, diciéndonos que quienes así hablan son necios. Ese Dios no solamente es creador sino un salvador; de hecho, en el principio estaba el Verbo para que por él y para él fuesen hechas todas las cosas.
Ha habido dos creaciones: la del Génesis que nos muestra el barro convertido en hombre, y la siguiente creación que se anuncia inmediatamente después del pecado humano. Génesis 3:15 nos relata acerca de la promesa de la simiente que es Cristo. A través de él -el segundo Adán, según lo llama Pablo- hemos sido formados como hombres nuevos. La regeneración que es por medio del Espíritu Santo se aplica o acontece en los escogidos del Padre, desde la eternidad, cuando fuimos atados con cuerdas de amor, como declara hermosamente el profeta Oseas.
Esta segunda creación humana no perece jamás, ya que se nos ha prolongado la misericordia divina. El sol como estrella gigante se pasea por la tierra, dando luz que la energiza y permite la fotosíntesis junto con los movimientos atmosféricos; el salmista nos permite esa metáfora para que en otro contexto Jesucristo sea llamado el sol de justicia. Esa luz que alumbra en las tinieblas suministra cuidado en las necesidades de cada uno de sus hijos o descendientes. Somos llamados linaje escogido, nación santa, los elegidos del Padre para convertirnos en herederos de esa promesa que aguardamos por fe. En Malaquías 4:2-3 leemos: Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá la salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada. Hollaréis a los malos, los cuales serán ceniza bajo las plantas de vuestros pies, en el día en que yo actúe, ha dicho Jehová de los ejércitos. Ese sol de justicia es el Logos creador, la Palabra de Dios, el Verbo hecho carne. Él no solo nos da su salvación sino que nos alienta para educarnos en la virtud que exhibió en la tierra cuando nos dio su ejemplo.
Las virtudes del hombre nuevo son recibidas por gracia pero han de ser ejercitadas: la paciencia se hace presente no por infusión espiritual sino por su ejercicio en medio de una tempestad calamitosa, como lo demostró el justo Job. La oscuridad del mundo va siendo disipada en la medida en que nosotros seamos luz derivada de ese sol de justicia.
Tenemos que ser diligentes -cultivados y entrenados para toda buena obra-, hasta añadir a nuestra fe virtud. Esta es la capacidad que tiene una cosa o persona para producir un determinado efecto positivo: la virtud medicinal de una planta, o la virtud espiritual de un buen consejero. Hemos de habituarnos a hacer siempre el bien, poseyendo esa cualidad moral que rige nuestro fuero interno. Pero esa virtud debe ser llena de conocimiento seguido del dominio propio. La templanza, el justo punto adecuado entre los extremos, ejercita nuestra paciencia. Así que estas cualidades que se nos ofrecen como hombres nuevos no se ingieren por ósmosis sino bajo el ejercicio y la práctica de los actos del diarios vivir.
Cuando nos convertimos en seres de paciencia es porque ha llegado el momento de añadirle piedad (amor del mismo signo que el que viene de Dios). Todo ello nos conduce al afecto fraternal (la amistad que existe entre hermanos espirituales), ya que no existe matrimonio posible entre Cristo y Belial, entre la luz y las tinieblas, entre aquellos de yugo desigual. Así que estas virtudes o cualidades que se dan por imitar al sol de justicia nos permiten llevar fruto a granel. Pero ese fruto tiene su primicia en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 1: 8).
Volvemos a la teología, al acto de conocer quién es Dios. La verdadera metanoia (arrepentimiento) consiste en el conocimiento: A) Conocer la grandeza y soberanía absoluta del Creador; B) conocer la pequeñez nuestra, junto a la impotencia que nos acompaña para siquiera desearle. Si no es porque Dios nos amó primero no le amaríamos en consecuencia. El arrepentimiento nos enseña que no merecemos el rayo de luz del Sol de justicia, pero ahora que se nos ha dado arrepentimiento para perdón de pecados somos conscientes de nuestras debilidades. Nuestra responsabilidad para con Dios surge del hecho de que no somos independientes de Él, sino que estamos bajo su gobierno absoluto.
Ah, pero no solo nosotros estamos bajo ese gobierno divino, también lo están Satanás y todos los que lo siguen, todos los mortales que yacen bajo su principado: en realidad están bajo la ira de Dios, hasta que sean llamados si Dios quiere llamarlos. De eso trata la Biblia, de la enseñanza sobre la soberanía absoluta del Creador, quien ha hecho todo cuanto ha querido, quien ordena y nadie puede decirle qué haces. Es el Despotes del Nuevo Testamento, el que resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Esos humildes lo son porque Dios ha operado en esos corazones, de lo contrario seguirían como el príncipe de este mundo, cargados de soberbia y orgullo en su repudio natural contra el Creador. En 2 Pedro 2:2 se menciona a Cristo como el Despotes que compró a sus siervos, asimismo en Job 5:8 leemos que Dios es el Despotes de todos (en ambos caso en lengua griega). Es decir, el amo, el soberano, el señor, el príncipe, el que hace como quiere.
El mundo declara que debemos tener ansiedad, que la paz no resulta posible sino la que de él proviene, con sus ofertas y ejercicios en las prácticas de la incredulidad. Jesús dijo que su paz no era comparable con la que el mundo daba; vemos una imitación continuada de las virtudes divinas en un esfuerzo del mundo (terreno del principado de Satanás) por hacer saber que su desorden natural es suficiente. Empero, sabemos que hemos de prevalecer en el ejercicio de nuestras funciones espirituales, por medio del estudio de la palabra revelada (el verdadero Logos) y confrontando las costumbres que forman la ética del mundo.
La ética satánica es relajada, relativa y permisiva; bajo su mandato los prosélitos alzan la bandera del orgullo por el pecado practicado. Esa altivez se acompaña de la burla a todo aquel que cree que Jesús es el Hijo de Dios. Pero los que somos llamados de las tinieblas a la luz conocemos cuál es la verdad a la que fuimos invitados. Por eso se escribieron las palabras de Jesucristo referentes a que el enemigo tratará de engañar a los escogidos, si le fuere posible. Es decir, no le será posible. De allí que la apostasía que vemos a diario se realiza porque esas personas engañadas no han demostrado que hayan sido elegidas. Al parecer, ellos mismos se invitaron, ellos acudieron por las razones propias que la carne expone, aunque se disfrace la carne como razón espiritual.
Somos poseedores de una paciencia triunfante, la que nos garantiza sobrellevar cualquier circunstancia adversa, una fortaleza que nunca será saqueada, como un puerto seguro y calmo. El creyente ha renunciado a lo oculto y vergonzoso, se mantiene sin adulterar la palabra de Dios. Sin embargo, nuestro evangelio permanece encubierto entre aquellos que se pierden. La razón de esa oscuridad se debe al príncipe de este mundo, el que cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo (2 Corintios 4:4).
Nuestra salvación y el conjunto de virtudes que la acompañan yacen en una vasija de barro, muy endeble aparentemente. La razón estriba en que la excelencia del poder sea de Dios y no dependa de nosotros. El poder del Señor se perfecciona en nuestras debilidades; allí donde nosotros no podemos llega la providencia divina, de forma que siempre reconozcamos el acto inicial de nuestro arrepentimiento (metanoia): que Dios es soberano absoluto, que para Él no existe nada imposible, que Él dirige nuestros pasos así como también el de los faraones del mundo. Quien llegue a comprender esa realidad revelada en las Escrituras debe considerarse muy feliz, porque parece que allí está la salvación declarada.
César Paredes
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