HACIA EL ENCUENTRO CON DIOS

Resulta algo fácil hablar del Dios que nos conoció desde la eternidad, pero parece imposible referirse al Dios no conocido. Desde la perspectiva del mundo (el conjunto de los que no creen) se ve a la humanidad que indaga sobre la idea de un ser divino. El creyente habla y anuncia a la persona en quien ha creído, pero el incrédulo elucubra sobre lo que no cree. De esta manera podríamos acercarnos a la filosofía tradicional, aquella que desde tiempos muy antiguos pregonaban los sabios griegos. Parménides aparece como un referente del Ser, el que es y que no puede no ser; agrega que el no ser no es.

Pablo se anuncia en Atenas como el predicador del Dios no conocido, en tanto unas pocas personas reciben sus enseñanzas con agrado. Ciertamente, los griegos buscaban sabiduría, pero los judíos pedían señales. Esas dos maneras de acercarse al Ser perduran hasta hoy, como dos conceptos que refieren a la Divinidad. Muchos de los que se denominan cristianos intentan demostrar cómo ese Dios que pregonan les envía señales; hacen énfasis en los dones especiales que una vez fueron dados a la iglesia naciente. Pese a que Pablo anuncia el fin de ellos, dando prueba de cómo su don especial de sanidad iba menguando con el tiempo, aún hay quienes insisten en ellos como medio de prueba de ese Ser en el que dicen creer.

De hecho, a varios hermanos el apóstol para los gentiles dejó en ciertas ciudades porque estaban enfermos (no les impuso las manos para sanarlos). Si mucho antes el apóstol enviaba su pañuelo para que fuesen sanos los enfermos, ahora le dice a su amado hermano y amigo Timoteo que no beba más agua, sino vino, por causa de su estómago. Lo completo estaba llegando (la Escritura completa) para que dejáramos el conocimiento parcial (revelaciones particulares). Esa es la marca del fin de los dones especiales como bien lo expresa el apóstol, aunque por causa de traducciones del latín a otras lenguas tengamos un vocablo que nos confunde: cuando venga lo perfecto. Eso perfecto es perfectum, un término que en su origen griego significa lo que está completo, pero por la lengua latina se interpreta como un acabado artístico. De esta manera hay quienes confunden que eso perfecto que vendría sería Cristo por segunda vez, y como no ha vuelto todavía los dones especiales seguirían vivos.

No es así, el apóstol utiliza dos términos en contraposición: en parte y lo completo (Meros y Teleios). …las profecías se acabarán y cesarán las lenguas…Porque en parte conocemos y en parte profetizamos, mas cuando venga lo perfecto (teleios), lo que es en parte (meros) se acabará (1 Corintios 13: 8-9). Acá el apóstol hace referencia no solamente a las lenguas sino también a las profecías predictivas; existe otro sentido del profetizar, el cual es anunciar o proferir la palabra de Dios, lo que no ha acabado todavía; pero el sentido predictivo de profetizar ha cesado de acuerdo al libro de Apocalipsis y a las revelaciones del mismo apóstol Pablo.

Pues bien, los judíos piden señales y muchos de los llamados creyentes en Cristo tienen una mala percepción de la palabra bíblica. Por otro lado, los griegos demandaban sabiduría, acostumbrados a sus grandes maestros del conocimiento de entonces. Hoy día muchos continúan con las elucubraciones filosóficas para poder sustentar con racionalidad su fe. Eso no es malo del todo, porque la fe debe ser una forma de razonar aquello que la mente no puede discernir por sí misma.

Sin embargo, el concepto de la fe lo define también Pablo, diciéndonos que es la certeza y la convicción de lo que no se ve. Agrega el apóstol que no es de todos la fe sino que ella es un regalo de Dios. Entonces, no podemos salir a buscar fe por ahí para ver si llegamos a creer, sino que en el paquete de la redención ella nos es entregada para recibir conjuntamente todo lo concerniente a la salvación del Señor. Esa hypostasis griega quiere decir que la fe está sustentada en la palabra de Cristo. Cristo mismo es su autor y su consumador, por lo tanto es quien hace posible que creamos en él.

Esto sorprende a muchos y no debería, ya que existen muchos textos de la Biblia que nos relatan el hecho de que el Señor murió solamente por los que el Padre le dio. Es decir, no es de todos la fe sino que ella es un don divino. Muchos son los llamados y pocos los escogidos; fijémonos en que Dios no llama a todos sino a muchos, pero de entre estos últimos escoge a pocos. En la economía de la redención, el Señor muere por todos aquellos a quienes el Padre le ha dado (No te ruego por el mundo, sino por los que me diste -Juan 17:9). Existió un plan de salvación desde la eternidad, ya que Pedro lo refiere en una de sus cartas: El Cordero de Dios estuvo preparado u ordenado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestado en este tiempo (1 Pedro 1:19-21). Juan en su Apocalipsis lo resalta por lo menos en dos textos: Apocalipsis 13:8 y 17:8. Él habla de los nombres que fueron y no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Pablo nos dice en Romanos 9 que no depende del que quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla.

Debemos considerarnos afortunados, con suerte o con herencia, como dice Efesios 1:11, por haber sido predestinados, conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad. La gente se pregunta ¿cómo sabe Dios? ¿Cómo Dios conoce? Algunos muy atrevidos osan decir que Dios averigua el futuro en los corazones humanos, por lo cual predestina. Pero eso es un error intelectual y teológico, ya que por lo menos tres desaciertos posee tal aseveración: 1) Si Dios mira en los corazones humanos para ver quién habrá de aceptarlo, ¿para qué predestinar lo que ya es seguro que acontecerá? 2) Si Dios encuentra algo bueno en el corazón humano, mintió al decirnos que no hay justo ni aún uno, ni quien haga lo bueno, ni quien busque a Dios. 3) Si Dios necesita mirar en el túnel del tiempo, o en los corazones humanos, para llegar a saber quién le aceptaría y quién no, entonces se deduce que antes no lo sabía. Y si no lo sabía no era Omnisciente.

Así que a la interrogante de cómo sabe Dios respondemos que lo que sabe lo decidió desde siempre, como acto puro, en su disposición para con quienes siempre amó. Todas las cosas son un sí y un amén en Él, sin que haya mudanza ni variación en su voluntad. Su alma deseó e hizo; si determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? (Job 23:13). De seguro que se trata de un conocimiento profundo esto que fue escrito por causa de nosotros, pero está allí para que comprendamos un poco la magnitud de aquello que nos fue entregado. Para nuestra paz fueron escritas estas cosas, aunque muchos que se llaman creyentes se turban, para después boicotear esas enseñanzas de la Biblia. Ellos siguen sujetos a la idea romántica de un Dios que sufre y espera por la redención de aquellos por quienes Cristo no murió.

Para este tipo de persona, el Dios de la Biblia parece injusto porque inculpa a Esaú de aquello que no puede cambiar; pero el apóstol Pablo expresa que bajo ningún respecto Dios puede ser señalado como injusto sino que tenemos que ver que de una masa contaminada por el pecado hizo vasos de honra y de deshonra. No obstante, Él reclama que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), que de su boca sale lo bueno y lo malo (Lamentaciones 3:38). Así que esa masa contaminada también fue hecha por Él con el propósito previsto, pero Dios no es pecador porque haya ordenado el pecado (como se desprende del texto citado de Pedro, donde se muestra que Dios tenía al Cordero desde antes de que Adán pecara). Asimismo decimos que Dios no es una vaca, a pesar de que él haya hecho a las vacas.

Una gran profundidad existe en el conocimiento y en la sabiduría de Dios, demasiado grande para nuestro entendimiento; sin embargo, sabemos que el Espíritu de Dios nos ayuda a comprender aquellas cosas que sin él no podríamos ni sospechar. Lo que se impone en consecuencia es una gran reverencia por esas riquezas y sabiduría divinas, por lo insondable de sus juicios y por sus inescrutables caminos. Porque ¿quién entendió la mente del Señor o quién fue su consejero? (Romanos 11:33).

César Paredes

retor7@yahoo.com

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