El creyente no puede andar por el mundo en busca de un prosélito, eso resulta tarea de los viejos fariseos, de acuerdo a las palabras del Nuevo Testamento (Mateo 23:15). Predicamos la palabra para que aquellas ovejas escogidas oigan y puedan creer; la palabra no volverá a Dios vacía (Lucas 10:16 dice: el que desecha al Cristo desecha al que lo envió), sino que hará aquello para lo que fue enviada. Recordemos que la palabra de Dios le fue dada a Faraón por medio de Moisés, pero a éste Jehová le había indicado que endurecería su corazón para que no obedeciera a su mandato. No siempre que Dios envía su palabra tendrá que ser para redención; de hecho, él le dijo a Nicodemo que el que no cree ya ha sido condenado. Poco importa que ese no creyente haya oído la palabra del Señor.
No recorremos el mundo buscando seguidores, así que no nos preocupa el destino del mundo que va como está escrito. El mundo entero está bajo el maligno, pero nosotros somos de Dios, aseguraba Juan (1 Juan 5:19). Nos ocupamos en anunciar el mensaje del evangelio ante el mundo, para que crean aquellas ovejas que andan todavía sin pastor. Las cabras jamás podrán ser transformadas en ovejas, como tampoco el árbol malo dará buen fruto. Por igual resulta imposible que una oveja redimida, la cual ha de seguir al buen pastor, escuche la voz del extraño (Juan 10:1-5).
Como no estamos interesados en prosélitos (personas que se adhieren ideológicamente a un pensamiento o secta), nos ocupamos por la exposición certera de lo que la Biblia enseña. Esta enseñanza no sería posible si estuviésemos sujetos a un magisterio, a un dictamen de un grupo de personas que tienen aires de autoridad y potestad sobre la Escritura. El principio de la Sola Scriptura opera acá, nos atenemos a ella toda vez que nos ocupamos de su gramática y de su contexto. Existen muchos clichés para los que anunciamos la soberanía absoluta de Dios, quizás el más común es el mote de calvinistas.
El calvinismo no es el evangelio, ni Calvino acertó siempre en la interpretación de la palabra en sus Institutas. Fue un anunciador del evangelio, con defectos, ocupado también de asuntos políticos que le consumían su espíritu. Lutero cometió errores, por igual; así que vano resultaría aferrarnos a unos o a otros, para dejar a Cristo en segundo lugar. El hecho de que algunos miembros de iglesias o sectas religiosas escuchen esta palabra, no puede indicar que los buscamos a ellos para sacarlos de sus sitios. El que cree sabe adonde ir, entiende con quién habrá de reunirse, como también la Escritura anuncia: ¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo? (Amós 3:3). ¿Qué comunión tiene Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? (2 Corintios 6:15).
Andar en comunión espiritual con alguien que sigue la doctrina del extraño viola el principio declarado en Juan 10:1-5. Si oramos junto a ellos, ¿estaremos orando al mismo Dios? Porque un ídolo no es nada, pero lo que está detrás del ídolo es un demonio, asegura Pablo en 1 Corintios 10:19-21. Algo de eso habla Juan en Apocalipsis 9:20. Así que un ídolo es una construcción mental de lo que debería ser Dios, algo así como un Dios que tiene un evangelio diferente. Cuando la persona comienza a interpretar privadamente las Escrituras, a decir que Cristo no perdona pecados porque él está ocupado intercediendo siempre por su pueblo, que Dios es soberano pero no tanto, que Dios eligió porque vio en los corazones humanos quiénes iban a estar dispuestos para creer, entonces allí se está construyendo un falso dios.
La Biblia nos dice que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, que endurece a quien quiere endurecer; nos añade que amó a Jacob pero odió a Esaú, antes de que hiciesen algo bueno o malo, antes de ser concebidos. Juan agrega que el que no se halló escrito en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, sigue al anticristo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Pedro nos declara que el Cordero de Dios estaba ordenado desde antes de la fundación del mundo, lo cual quiere decir que Adán tenía que pecar. Si Adán no hubiese pecado ese Cordero hubiese estado preparado para nada, como un fallo de Dios, lo cual resulta en un absurdo y en una blasfemia.
Así que Dios hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), para declararle su justicia en cobro; en cambio, a su pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:11) la justicia de Cristo le resulta suficiente para ser declarado justo. En ese sentido Dios es justo y el que justifica al impío (su pueblo). …mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras (Romanos 4:5-6). Abraham le creyó a Dios y le fue contado por justicia (Génesis 15:6), pero esa fe también fue un regalo de Dios, como lo afirma Pablo en Efesios 2:8. Así que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), y sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6).
En este punto muchos se detienen y piensan que Dios no es justo. ¿Cómo pudo odiar a Esaú antes de pecar y después condenarlo por sus pecados? ¿Quién puede resistirse a su voluntad? Porque si Esaú vendió o menospreció su primogenitura fue porque Dios así lo había querido, ya que lo había destinado como vaso de ira antes de ser formado. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pablo responde que en ninguna manera Dios resulta injusto, sino que en base a su soberana voluntad actúa. Esto resulta de difícil comprensión para nosotros que andamos en la ilusión y superstición de la democracia. Pero Pedro habla del Despotes, para referirse al Señor Todopoderoso, un término griego del que deriva Déspota (2 Pedro 2:1). El mismo término se usa en Judas 1:4. Dios está en una posición de liderazgo y propiedad, es un Propietario Absoluto. Indudable resulta que en la época en que se escribió tal término imperaba una estructura social con autoridad y jerarquía altamente valoradas. Hoy día esto nos suena impropio, pero no por eso vamos a desechar la palabra de Dios.
El hombre está contaminado de pecado y Dios en su justicia juzgará al mundo con rectitud. Nadie puede alegar su propia inocencia, si bien seguimos con el anuncio del evangelio, de la buena nueva de salvación para los que Dios ha tenido a bien redimir. Así lo aseguró Jesucristo, la noche previa a su martirio cuando oraba en el Getsemaní: No te ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque tuyos son … Mas no ruego solamente por estos (los discípulos), sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos (Juan 17:9 y 20). La negativa de Cristo de orar o rogar por el mundo se entiende porque comprende que ese mundo no fue escogido para salvación, como tampoco lo fue Esaú; así que rogó por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incontaminada de aquellos primeros discípulos.
Hay un evangelio contaminado, lleno de sofismas y proposiciones de obras que no redime a una sola alma. Ese evangelio no salva a nadie, pero ha sido esparcido por el mundo como engaño de Satanás. Nos parece que hemos quedado solos en este mundo hostil, como supuso por igual el profeta Elías en su tiempo. El Señor se había reservado un remanente para Él, uno muy pequeño (7.000 hombres, frente a los millones de habitantes que tenía Israel en ese momento, y frente a los millones de personas del mundo gentil a quienes no había sido enviado el anuncio). Recordemos el censo de David y añadámos unos pocos años para llegar a la época del rey Acab, así nos daremos cuenta de la cantidad de habitantes que podría tener el Israel de entonces. Cada quien podrá sacar el porcentaje referido del remanente dejado por Dios para Sí mismo.
El diluvio universal como lo anuncia la Biblia es otro gran desastre de muertes. Dios no se inmutó ante semejante calamidad, de manera que se nos muestra como el Dios soberano, Despotes Absoluto, dueño universal de todo cuanto existe. El profeta Isaías ha declarado de Jehová lo siguiente: (Yo) que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto … ¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡El tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿qué haces?; o tu obra: ¿No tiene manos? … Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas. Confusos y avergonzados serán todos ellos; irán con afrenta todos los fabricadores de imágenes (Isaías 45: 7, 9, 15-16).
Grabemos este texto en nuestros corazones: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado. Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová (Lamentaciones de Jeremías 3:37-40).
César Paredes
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