Mucha gente no cree en la gracia divina, como tampoco en el castigo eterno. El evangelio se anuncia para testimonio a todas las naciones, pero solamente lo creen unos pocos. Sabemos por las Escrituras que Dios ha elegido de entre los muchos a los que han de creer, señalándoles el tiempo en que recibirán el arrepentimiento para perdón de pecados. El infierno resulta un concepto de espanto, casi ridículo, pero no vamos a subestimarlo. Incluso en el Antiguo Testamento se hace alusión a ello: Porque fuego se ha encendido en mi ira, y arderá hasta las profundidades del Sheol; devorará la tierra y sus frutos, y abrasará los fundamentos de los montes (Deuteronomio 32:22). En la versión Reina Valera Antigua (1909), el vocablo Sheol se traduce como infierno en unas once oportunidades.
Por si fuera poco, en Mateo leemos las palabras de Jesús: No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno (Mateo 10:28). De las 12 veces en que aparece la palabra infierno en la Biblia, 11 de ellas las refiere Jesucristo. Así que si alguien dice creer en el Hijo de Dios debe aceptar también su doctrina en forma total. Asimismo, recordemos estas oportunas palabras del Señor: ¿Qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo y se destruye o se pierde a sí mismo? (Lucas 9:25).
A pesar de la información abundante, la gente prefiere hacer caso omiso a esa advertencia. Algunas falsas enseñanzas hablan de un Dios de amor que no torturaría al alma humana en esa forma; otros hablan de la desarticulación del alma, como si se extinguiera. Pero entendemos que las palabras del Señor no van en ese sentido. La Escritura nos habla de la depravación total, dándonos a entender que el ser humano no tiene la habilidad suficiente para huir del pecado y de la culpa. Por ello, ella anuncia que existe una elección sin condición (sin que se tenga en cuenta quién ha hecho bien o mal, como asegura Romanos 9:11), para lo cual se hizo una expiación delimitada a los escogidos.
De hecho, Jesús en el huerto de Getsemaní oraba al Padre la noche previa a su martirio en la cruz. Él dijo que no rogaba por el mundo, sino por los que el Padre le había dado y le seguiría dando (Juan 17: 9 y 20). En tal sentido, se sostiene implícitamente que la gracia de Dios no se puede resistir (el llamamiento eficaz), aunque el ser humano se resista al Espíritu Santo. Irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios (Romanos 11:29). Lo que Dios decreta que sucederá habrá de acontecer,
Esta doctrina de la gracia irresistible señala que la Biblia describe al ser humano como muerto en delitos y pecados (Efesios 2:1, 5 y 13). Así como Lázaro estuvo muerto y escuchó la voz del Señor cuando le dijo que viniera fuera de la tumba, de la misma manera los muertos espirituales deben escuchar la palabra de Dios llamándolos en forma eficaz. De otra forma no habrá vida eterna. Urge nacer de nuevo -como le dijo Jesús a Nicodemo- pero ese acto corresponde al Espíritu Santo. Ese acto es parte de la soberanía de Dios.
Dirán algunos: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién resiste a su voluntad? (Romanos 9); así que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. Ese atributo de soberanía pertenece exclusivamente al Creador de todo cuanto existe, por lo cual sus hijos alaban su nombre por la virtud de haber sido llamados de las tinieblas a la luz. Ciertamente, la salvación es de Jehová (Salmos 3:8). Ahora vivimos en el reino de su amado Hijo (Colosenses 1:13), por el puro afecto de su voluntad.
Esta gracia irresistible es dada en exclusiva a los que el Padre eligió desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Existe un llamado general al arrepentimiento, a creer el evangelio, pero muchos oyen y desprecian la exhortación. Solamente aquellos señalados para creer la palabra divina la reciben como gracia: Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos (Mateo 22:14). En Juan 6 podemos encontrar el énfasis que Jesús colocó en esta doctrina, una enseñanza que ofende a la gente, que provoca murmuración y descontento. Cuando oyeron la palabra del Señor, muchos de sus discípulos se retiraron porque no podían oír esa palabra. La síntesis del Señor fue muy simple: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 65). En el verso 37 de Juan 6 el Señor lanzó una premisa general válida: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. Más tarde, en el verso 44 lanza otra premisa exclusiva: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero.
El resultado de esa doctrina de Jesús (que es la misma del Padre) permite valorar dos posiciones antagónicas. El amor y el odio hacia Dios; unos que son amados por el Padre en consecuencia lo aman (lo amamos a él porque él nos amó primero, dice 1 Juan 4:19). Los que son odiados, como Esaú, definitivamente tienen que retribuir odio a Dios. La mayoría del mundo desprecia las enseñanzas de Jesucristo, adora imágenes que se hacen de él pero no lo conoce. El amor de Dios nos ha guardado por su gracia de la condenación venidera, he allí la razón por la cual podemos amar a Dios. En ese amor no hay castigo, por lo cual no existe temor (1 Juan 4:18). El perfecto amor echa fuera el temor.
Existe un amor general que los seres humanos se prometen, pero allí puede haber temor. En cambio, la relación con Dios disipa la duda y la obsesión, dándonos una seguridad absoluta de que Él tiene cuidado de los suyos. El bien y la misericordia nos siguen, o nos persiguen, para morar en la casa de Jehová para siempre. Feliz el hombre cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2).
El que ha escuchado la palabra puede dar fe de su reacción frente a ella; cada quien sabe cómo se siente ante la doctrina de Cristo. Los que persisten en la resistencia, en la duda, en el encono contra la soberanía de Dios, saben que están dando coces contra el aguijón. Eso es dura cosa, como se le dijo a Saulo de Tarso. Resulta poco discreto resistirse a una fuerza superior, ya que eso implica que quien se opone saldrá perjudicado.
El anuncio del evangelio se hace porque se nos encomendó de parte de Jesús, como afirman las Escrituras. La meta apunta a que la gente que ha de creer pueda abrir sus ojos y convertirse de las tinieblas a la luz, de la potestad de Satanás a Dios. De esa manera recibirán la fe y el perdón de pecados, junto a la herencia de los santificados. El amor a Dios se resume en la obediencia que le prodigamos, en lo cual Él se agrada. Si horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, maravillosa ocupación y hermoso asunto resulta la comunión íntima con el Señor.
Las promesas de Dios para los suyos son compromisos sólidos: Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará? (Números 23:19). Ese Dios no dará el pie del hijo creyente al resbaladero, no se dormirá al guardarnos. Que Él sea nuestro guardador, nuestra sombra a la derecha. Ese es un Dios de misericordia eterna, por lo cual no castigará dos veces por el mismo pecado. Habiendo Jesucristo pagado por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), no nos queda sino la reprensión de un Padre cuando somos desobedientes. Esa reprensión es para enderezar nuestras veredas, para que no nos salgamos del camino. No será para juicio eterno, ya que Jesucristo pagó por los pecados de su pueblo y esos pecados fueron lanzados al fondo del mar (Miqueas 7:19).
César Paredes
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