Gracia hay una sola, la que emana del corazón de Dios. Dios ama a unos pero odia a otros; lo que no hace es amar y odiar a la misma persona. Por lo tanto, Dios no es esquizofrénico, no es dubitativo, simplemente hace como quiere. Todo lo que quiso ha hecho, dice el Salmo 135:6, sea en los cielos o en la tierra, en los mares y en todos los abismos. Por la gracia de Dios somos salvos, no por obras para que nadie se gloríe. Así que fue la misericordia divina la que se manifestó en todos cuantos hemos sido llamados de manera eficaz, lo cual demuestra el concepto de la gracia.
La providencia de Dios es otro asunto; se trata de la provisión para su creación de manera de que se logren todos los fines previstos. Dios le dio vida al Faraón de Egipto, junto con el poder político y riquezas económicas. Lo dotó de la capacidad suficiente para ejercer en su imperio, pero por igual lo cargó de soberbia endureciéndolo el corazón (por eso decimos que lo odió, así como odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal – Romanos 9). Dios proveyó a Judas Iscariote de vida suficiente para que llegara a la edad adulta, le dio todas las circunstancias sociales para que conociera al Mesías enviado. Lo hizo su discípulo para que pudiera traicionarlo. De hecho, Jesús lo escogió sabiendo que era diablo (Juan 6: 70-71).
Jesús dijo que el Hijo del Hombre iba como estaba escrito de él, pero dio un ay de lamento por aquel que traicionaría al Hijo de Dios. Mejor le hubiera sido no haber nacido (Marcos 14:21). Vemos que Jesús no impidió el nacimiento de Judas, sino que proveyó para todo lo previsto desde la eternidad. Estas cosas están escritas en la Biblia, entre otras cosas, para que los hijos de Dios valoremos el significado de la gracia.
Al anunciar el evangelio le decimos a la gente que cada hombre ha muerto en delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, no hay quien haga lo bueno ni quien busque a Dios. Le decimos por igual que Dios manda a los hombres que se arrepientan y crean el evangelio (la buena nueva de salvación). Esta redención es gratuita, sin costo alguno de parte nuestra, sin que dependa de buenas obras (Deuteronomio 30:6). El arrepentimiento implica la comprensión de la dimensión de Dios frente a la pequeñez del ser humano.
Si el Espíritu Santo, que es quien da el nuevo nacimiento (Juan 1 y 3), cuando levanta al muerto y le da vida decimos que una oveja fue rescatada. Si el Espíritu no actúa, la persona sigue muerta, incapacitada de ver la medicina que puede curar su alma. Uno predica pero no sabe quién habrá de ser levantado por el Espíritu; también sucede que esa redención no ocurra en el instante en que hablemos, sino que puede acontecer en un futuro. Para eso Dios es el único suficiente.
En la predicación del evangelio distinguimos dos grupos de destinatarios esenciales: 1) las ovejas que un día serán llamadas eficazmente; 2) los réprobos en cuanto a fe, vasos de ira destinados para destrucción final. Aunque nosotros no sepamos quién es quién en el momento de anunciar el evangelio, la Biblia nos asegura que cuando el réprobo en cuanto a fe escucha y rechaza lo hace porque fue programado para destrucción. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente? (2 Corintios 2:15-16).
No nos puede parecer absurdo llamar a los réprobos al arrepentimiento, ya que la predicación es un medio para que Dios los endurezca más, aparte de que el predicador desconoce quién es un réprobo o quién es una oveja perdida que el Señor vino a rescatar. Jesús sí que sabía quién es quién y por eso dijo la siguiente declaración: Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho (Juan 10:26); asimismo había afirmado antes: Y no queréis venir a mí para que tengáis vida (Juan 5:40). Isaías 65:2 nos muestra lo siguiente: Extendí mis manos todo el día a un pueblo rebelde, el cual anda por camino no bueno, en pos de sus pensamientos.
Predicamos y dejamos ante el Espíritu Santo la aplicación de la palabra expresada. Él sabe a quién dará vida, de acuerdo a la elección eterna del Padre, conociendo de igual manera por quién murió Jesús (Mateo 1:21). Con Job nos preguntamos y respondemos: ¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie (Job 14:4). ¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado? (Proverbios 20:9).
Los creyentes estamos anclados en la salvación eterna dada por la fe de Cristo. Sin Jesucristo no tendríamos ninguna esperanza sólida, siendo él llamado el Justo que murió por los injustos, para que Dios sea también el Dios justo que justifica al impío. Se moverán los montes pero jamás se apartará la misericordia de Jehová, con el pacto de su paz, para todos aquellos de quienes Él ha tenido misericordia (Isaías 54:10).
Las ovejas llamadas por Cristo oyen su voz y le siguen, porque él las conoce. Asimismo, Jesús les da vida eterna y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de su mano (Juan 10: 27-29). Las riquezas de Dios son profundas en cuanto a conocimiento, así como sus pensamientos, su sabiduría y sus juicios son inescrutables. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos (Romanos 11:33-36).
César Paredes
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