Jesús dejó por fuera el mundo de las cabras, por lo tanto no quiso rogar por ellas la noche previa a su crucifixión. En Juan 17:9 podemos leer al respecto; de igual manera, a lo largo de su oración se refiere en varias oportunidades al mundo como concepto. En el verso 6 afirma que esas personas que el Padre le dio fueron tomadas del mundo, mientras en el verso 2 había asegurado que el Padre le dio toda potestad sobre toda carne (sobre toda persona), pero el objetivo consistía en darle vida eterna a todos los que el Padre le había dado. En síntesis temprana, debemos asegurar que Jesús no estuvo interesado en salvar a ninguna persona que el Padre no le hubiera dado para tal fin.
En el verso 12 de Juan 17 Jesucristo aseveró que ninguno de los que el Padre le había dado se perdió, excepto el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Hablaba de Judas el que lo habría de traicionar, el que también había sido elegido junto con los doce sabiendo el Señor que era diablo (Juan 6: 70). Los elegidos de Dios, una vez que hemos sido llamados eficazmente, somos santificados (separados) en la la palabra verdadera. Tenemos un grupo de características comunes: 1) no pertenecemos al mundo (Jesucristo tampoco perteneció a este mundo -Juan 17:16); 2) el mundo nos aborrece (verso 14), lo que implica que el príncipe que gobierna el mundo nos tiene por enemigos (Siempre somos marcados como ovejas para el matadero, siempre se nos desafía porque ven en nosotros una señal que perturba al mundo);
3) Conocemos a Dios, aunque el mundo no conoce al Padre justo, (Juan 17:26).
En Juan 15 leemos lo que Jesús había hablado antes a sus discípulos, refiriendo del odio del mundo hacia ellos. Si ustedes fueran del mundo, la gente del mundo los amaría, como ama a los suyos. Pero yo los escogí a ustedes entre los que son del mundo, y por eso el mundo los odia, porque ya no son del mundo (Juan 15: 19). Y los que odian a Jesús odian por igual a su Padre, ¿qué podemos esperar nosotros sino un trato semejante?
Hay gente que milita en el argumento de cantidad, razonando falazmente la idea de que la mayoría tiene la razón. Hay gente que muerde los números, que recorre el mundo en busca de un prosélito (seguidor) pero que lo hace doblemente merecedor del infierno de fuego. Doblemente por cuanto si ya estaban perdidos ahora siguen la doctrina de otros que también andan perdidos. Se hace necesario cuidarse de los pastores que aman la adulación, ya que la iglesia que busca la aprobación del mundo debe llamarse sinagoga de Satanás (Apocalipsis 2:9 y 3:9).
Pero si Cristo nos redimió de la culpa y del pecado, si nos compró con su sangre, si dio su vida por los pecados de todo su pueblo, entonces estamos convencidos de que nadie nos podrá separar del amor de Dios. Y amamos a Dios porque Él nos amó primero, como lógico resulta que el mundo no amado por Dios lo odie por siempre. Debemos purgar de nuestra mente los errores interpretativos de lo que nos acontece, como si hubiese elementos que anuncian nuestra separación del Señor. Él permanece fiel, dice la Escritura.
No estamos puestos para la ira de Dios, más allá de las correcciones que el Padre haga en cada vida de cada uno de sus hijos. Si Dios una vez nos abrazó en su amor eterno, debemos esperar su perpetua misericordia, como lo escribió Jeremías el profeta (Jeremías 31:3). Participamos en una carrera hacia el Padre, llegaremos cansados pero vamos seguros de llegar. La razón resulta simple: no depende de nosotros sino del que nos ha llamado. Dios no nos deja correr esta carrera en nuestras propias fuerzas, dado que su voluntad ha sido que Jesucristo no pierda nada de lo que Él le ha dado (Juan 6:39).
Si el creyente ha sido justificado por la gracia divina a través de la redención en Cristo Jesús (Romanos 3:24), si sabemos que ningún hombre puede ser justificado por sus obras de ley, sino solamente por la fe de Jesús el Cristo (Gálatas 2:16), entendemos que la justificación tiene un contenido legal. Si la paga del pecado es la muerte eterna, el regalo (la justificación) de Dios es vida eterna. Ante un infinito pecado (la ofensa de la gloria divina por medio de la transgresión) se impone una infinita justicia para mediar ante la ira de Dios. Es Dios un Dios Justo que justifica al impío, sí, pero a cualquier impío que haya sido objeto de la muerte de Cristo (Mateo 1:21).
Habiendo Cristo padecido por todos los pecados de todo su pueblo, la ira de Dios se consumó en él y pasó por alto el castigo que merecíamos. Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Si alguno reposa en sus obras humanas, porque las considera buenas, debe entender que a los ojos de Dios son como trapos d mujer menstruosa (Isaías 64:6). Todos pecaron y todos están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23), de manera que solamente los que reposamos en la justicia perfecta de Jesucristo sabemos de la certeza del perdón (Salmos 32:1-2).
El fruto inmediato de la regeneración es creer que Jesús es el Cristo. El falso Jesús no es predicado en la Biblia, así que no vale creer en Cristo por aproximación. Esto es, la doctrina del Hijo -que es la misma doctrina del Padre- debe ser asumida en su totalidad. El que se aparta de tal doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9). No podemos decirle bienvenido a ninguna persona que no traiga la doctrina de Cristo, no podemos darle un abrazo de hermano, ya que esa persona nos haría participar en sus malas obras (2 Juan 1:10-11).
El Señor sigue teniendo palabras de vida eterna, pero hay quienes murmuran ante esas palabras claras del Evangelio. Esa voz parece dura de oír, por lo cual la gente se retira opinando que nadie puede oírla. Jesús sigue diciendo: Pero hay algunos de vosotros que no creen. Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 64-65). Solamente los nacidos de nuevo no se ofenden por las palabras de Jesús acerca de la elección incondicional, de la redención particular que hizo en la cruz en favor exclusivo de todo su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21).
César Paredes
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