Lo que Dios demanda al hombre no presupone habilidad humana para cumplir. La naturaleza caída de Adán demuestra la impotencia del alma para desear siquiera hacer el bien. No hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), no hay quien entienda. Todos los seres humanos se han descarriado, cada cual se apartó por su camino. No en vano se afirma que el Hijo del Hombre sería sin hermosura, para que no le deseemos. Es decir, Jesús no provoca que nuestra naturaleza lo añore, simplemente es alguien del que nos cuentan grandes cosas y no por eso nos atreveríamos a seguirlo.
Pero existe algo que permite el acercamiento entre Dios y los hombres. No es el hecho de que Jesús haya muerto en la cruz, como si ese acto rompiera nuestras ataduras al mundo. Más bien debemos mirar el objeto de su crucifixión, conforme a las Escrituras. Ellas dicen que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Por igual anuncian que vino a dar su vida por las ovejas (Juan 10:1-5), pero aquellos que no forman parte de esas ovejas no podrán ir a él jamás (Juan 10:26). Esas Escrituras recogen palabras directas del Señor, como también la oración de Jesús en el Getsemaní: No te ruego por el mundo (Juan 17:9).
El ser humano se levanta con el puño hacia el cielo, preguntándose por qué, pues, Dios inculpa. ¿Quién ha resistido a su voluntad? La defensa hecha a Esaú resultó una batalla inútil (Romanos 9), pero valió la pena por la pedagogía que nos muestra. Dios resultó ser soberano absoluto; la criatura, en cambio, solo barro que el alfarero moldea a su antojo. Nuestra vida transcurre entre el deber ser bíblico -al considerar la Escritura como palabra de Dios- y el condicionamiento individual para hacer aquello que podemos o queremos realizar.
La tensión está presente en todo tiempo, un mandato exigente que el ser humano no puede cumplir (a pesar de todos sus hipotéticos). La culpa se yergue en consecuencia para las mentes cuya conciencia no haya sido del todo cauterizada. Jesús vino a quitar esa culpa perniciosa en aquellas personas, las cuales le han recibido y mantienen la comunión con su Espíritu. Pero una vez más la Escritura nos aclara que para nacer de nuevo hace falta la voluntad de ese Espíritu, sin mediación humana alguna (Juan 1 y 3).
El nuevo nacimiento equivale a la circuncisión del corazón; el corazón engreído y suspicaz, perverso más que todas las cosas, lo posee cada ser humano por naturaleza. Sin embargo, existe otro corazón que viene por trasplante; la Biblia habla de un corazón de carne que reemplaza el corazón de piedra. Por lo tanto, los que hemos sido operados ya no poseemos más ese corazón perverso del que hablara el profeta Jeremías. Ahora tenemos el corazón de carne, con un espíritu nuevo que ama el andar en los estatutos de Dios; ese es el corazón del cual hablara el profeta Ezequiel.
Todo proviene del Padre, así que todos aquellos que el Padre envía al Hijo creerán en el Hijo. Esta conducción del Padre no se basa en méritos humanos sino en la gracia soberana de Dios. Los que el Padre lleva a Cristo creerán y serán resucitados en el día último. Esta enseñanza dada por Jesús, recogida por Juan en su Evangelio, Capítulo 6, nos muestra tanto la incapacidad humana como la soberanía absoluta de Dios. Estando el hombre muerto en delitos y pecados no puede levantar la mirada hacia el sanador de su alma.
Claro que Jesús dijo que quien a él viene nunca tendrá hambre, que quien en él cree no tendrá sed jamás (Juan 6:35). Pero habiéndolo dicho no creían en él, a pesar de haberse contemplado sus milagros. Por esa razón, Jesús continuó con su pedagogía dándonos el resumen de la razón por la cual no creían: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37).
La inhabilidad humana resalta en Juan 6:44, cuando el Señor afirma: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. El Padre arrastra a la persona a Cristo, de acuerdo al verbo griego usado: ELKO; este verbo lo utilizan los marineros para referirse al trabajo que hace un barco cuando arrastra a otro barco varado en el mar. Esta doctrina era enseñada por los apóstoles, creída por los creyentes sin dejar lugar a dudas. En el libro de los Hechos se lee al respecto: … y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).
La declaratoria en el libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra que la fe no es una condición para ser ordenados para vida eterna. No se trata de que Dios haya visto en el túnel del tiempo quién habría de tener fe y quién no; se trata de un regalo que Dios da a quienes Él ha querido darlo. Su soberanía impera por siempre, sin que Él deba consultar con nadie. Estos gentiles paganos descritos en Hechos no tenían ninguna disposición para la fe de Cristo. No estuvieron jamás habituados a ello, como si fuere un requisito para llegar a creer. Al contrario, los gentiles son marcados por su alejamiento del pueblo del libro (Israel), por su ignorancia respecto a las cosas de la vida eterna. Además, los gentiles fueron llamados paganos, servidores de la idolatría y de los demonios, lo cual los indisponía por su naturaleza para ser considerados como candidatos al reino de los cielos.
Se deduce de la enseñanza de Jesús, recogida por Juan, que la salvación es particular. No vino Jesús al mundo a redimir a todo el mundo, sino a los que el Padre le dio. Por esa razón, en forma coherente, Jesús no rogó al Padre por el mundo, sino por los que le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de esos primeros apóstoles. Esta es la razón del gozo del apóstol para los gentiles, cuando se refirió a esa cadena de oro de la salvación (Romanos 8:30): los que hemos sido predestinados, llamados, justificados y glorificados, por causa del amor (o el conocimiento previo de Dios).
Ya hemos dicho en otros escritos que el conocer en la Biblia presupone algo más que un acto cognoscitivo, también se refiere al acto de tener comunión íntima. Adán conoció a Eva su mujer, y tuvieron otro hijo; José no conoció a María hasta que dio a luz al niño. Nunca os conocí, dirá el Cristo a muchos que afirman ser de él; a vosotros solamente he conocido de entre toda la tierra (Amós 3:2). Los ejemplos abundan para ilustrar que ese conocimiento previo del Señor se refiere, de acuerdo al contexto en que aparecen esas expresiones, al acto íntimo de comunión de Dios con los suyos.
Según nos escogió en él, antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:4-5). Cuando el apóstol Pablo escribió su carta a los romanos, enfatizó en el hecho de que ningún ser humano será justificado por las obras de la ley divina, ya que la ley tenía el propósito de la didáctica del pecado (Romanos 3:20). La ley no fue dada para verificar si el libre albedrío humano conducía hacia Dios, sino más bien llegó para demostrar nuestra incapacidad en cuanto a la libertad de volición. La Escritura no nos enseña nunca que el ser humano posee la capacidad de obedecer el mandato divino.
La humanidad en su estado caído sufre de plena incapacidad para ir hacia Dios (Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios -Romanos 8:8). La salvación depende enteramente de la gracia de Dios; si por gracia, entonces ya no es por obras, no sea que la gente se gloríe. Esta gran verdad bíblica debería llevarnos al reconocimiento de nuestro estado de necesidad, al punto en que nos dispongamos a suplicar al Omnipotente por su piedad. Pero para eso, ¿quién es suficiente? Si el Espíritu de Dios no otorga el nuevo nacimiento, la gente seguirá en su estado de depravación total (alejados de la ciudadanía de los cielos, morando solamente en la tierra bajo el príncipe de las potestades de las tinieblas).
Mucha gente vive todavía sin que Dios le haya otorgado hasta el presente un corazón que entienda, ojos que vean y oídos para oír su palabra. Espiritualmente esa gente sigue en la ceguera; por lo tanto urge que Dios circuncide el corazón para que el ser humano pueda amar a Dios con todo su corazón y con toda su alma (véase Deuteronomio 29:4 y 30:6). Finalmente nos toca decir lo que ya la Biblia afirmó: ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).
César Paredes
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