Cristo intercede por nosotros, en tanto el Espíritu también lo hace con gemidos indecibles; ese Espíritu ruega por los santos (Romanos 8:27). Las personas por las cuales el Espíritu intercede son llamadas santos, por cuanto hemos sido santificados por el Espíritu de Dios. Esto implica que caminamos con Él, en tanto hemos sido llamados con eficacia, porque somos objetos de las delicias de Dios. Se nos llama escogidos, preservados en Cristo, habiendo recibido la justicia imputada de Cristo como Salvador. A este grupo el Señor ha dado a conocer su evangelio, dándole su gracia y la herencia eterna.
En consecuencia tenemos bendiciones espirituales, favores divinos, todo aquello que pertenece a Dios. Cuando oramos somos dirigidos por el mismo Espíritu para pedir como conviene; esto hacemos al clamar en secreto ante nuestro Padre, por lo que obtendremos lo pedido en público. Esto resulta llamativo, ya que en esta publicidad de la recepción de lo pedido se constata que fuimos oídos cuando clamábamos secretamente. Hay oraciones públicas, que también son respondidas; hay oraciones comunitarias en la iglesia, las cuales el Señor también oye. Pero la oración secreta en nuestra cámara implica que nadie más la conoce, así que cuando se nos concede lo pedido no miramos a los lados como buscando méritos de un tercero por causa de la respuesta.
En ese instante de la respuesta a la oración secreta saltamos de emoción porque estamos ciertos de que el Señor nos oye. Ese es el Dios real, el que se ocupa de responder a veces en forma literal todo cuanto hemos rogado en su presencia. Como dijera una vez Moisés: Si tu presencia no va con nosotros, no nos hagas partir de aquí (Éxodo 33:15). La presencia de Dios en nosotros se da en virtud de nuestro estatus de libertad. Una vez fuimos convictos -como los demás-, estuvimos muertos en delitos y pecados, pero ahora que fuimos llamados de las tinieblas a la luz nadie nos puede separar del amor de Dios (Romanos 8:33). Cristo murió, resucitó y está a la diestra del Padre intercediendo por nosotros (Romanos 8:34).
Se nos ha dado una fe que no falla y que no puede morir; Cristo es el autor y consumador de la fe.
Jesucristo aseguró que todo lo que el Padre le daba vendría a él, y él no le echaría fuera. Aseveró que ninguno puede venir a él si el Padre no lo trajere. De esta forma sabemos que todo aquel que va a Cristo ha sido enviado por el Padre, y enseñado por Él (Juan 6:45). Claro está, habrá mucha gente que será rechazada pese a que pretendieron ir a Cristo, pero ellos no fueron enviados por el Padre. Estos son los que escucharán en el día final la terrible frase que los envía hacia el tormento eterno: Apartaos de mí, hacedores de maldad; nunca os conocí (Mateo 7:23). Este grupo de personas jamás aprendió del Padre, sino que acudieron por curiosidad a Cristo.
Tal vez fueron atraídos por los predicadores persuasivos, esos que desprecian la doctrina de Cristo. Aquellos que enseñan sobre la muerte universal del Señor, del llamado universal como garantía de eficacia. Una cosa resulta el deber ser humano ante Dios, su responsabilidad a la que es llamado, pero otro asunto viene a ser el llamado eficaz. Cristo murió en exclusiva por su pueblo, al que salvaría de sus pecados (Mateo 1:21). El mismo Señor lo afirmó, que no todos serían llamados sino muchos, y que de esos muchos unos pocos serían los escogidos.
Simón el Mago fue un gran ejemplo de la antítesis de un seguidor de Cristo. Su interés estuvo centrado en la carne, en su ego, en la posibilidad de hacer riquezas con los asuntos de la fe. Muchos arrancan ministerios religiosos con la bandera de recoger algunas ganancias, lo cual está reñido con el evangelio. Es verdad que el obrero es digno de su salario, que no hemos de poner bozal al buey que trilla, pero eso viene referido a los salarios propios de quienes se dedican de vida entera a esos trabajos. Jamás hemos de mirar el dinero como el móvil que gira en los asuntos de la fe. Al buscar el camino de Cristo el Espíritu nos ayuda a pedir como conviene. En consecuencia somos guiados a toda verdad, incluso llegamos a estar entristecidos junto con él cuando Él se contrista por nuestros pecados.
En esta libertad a la que fuimos llamados aprendemos que existe el mandato general de Dios a toda la humanidad, y también existe un mandato particular a cada una de sus ovejas. Los Diez Mandamientos pueden ser considerados como un mandato universal, algo que nos enseña el deber ser nuestro: lo que debemos y no debemos hacer. La ley dada por Dios a través de Moisés demostraba la presencia del pecado en el corazón humano, de manera que declaraba inexcusable al hombre. Estos mandatos no probaban la libertad humana (el libre albedrío) sino la esclavitud al pecado. En ningún momento esos mandamientos giraron en torno a lo que el hombre podía hacer libremente: ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él, porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20).
Lo que deberíamos hacer no somos capaces de hacerlo; he allí la importancia de Cristo, que sí pudo cumplir la ley a cabalidad sin fracturarla en ningún punto. Como Cordero sin mancha fue aceptado por el Padre en sacrificio santo por todos los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras. Entonces, él es quien tiene la capacidad de llamar a cada una de sus ovejas por sus nombres, ya que conoce el Señor a los que son suyos. Como también dice la Escritura: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). El mismo principio humano que aparece en la legislación de incontables países nos enseña que la ley castiga con independencia de la capacidad: La ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento (si se ignora no se puede alegar la ignorancia; de acuerdo a la Biblia, si eres incapaz de cumplir la ordenanza divina no puedes alegar tal incapacidad).
El amor de Dios se obtiene por su gracia, no importa si antes uno fue un blasfemo, un perseguidor de la iglesia o un injuriador; simplemente recibimos misericordia y gracia abundante de parte de nuestro Señor, para tener también la fe y el amor en Cristo Jesús. Nosotros no dependemos de nuestra habilidad natural, Dios tampoco descansa en que será amado en virtud de que tengamos habilidad natural para amarlo. De hecho, le amamos a Él porque Él nos amó primero. Pero no sucedió así con Judas Iscariote, hijo de perdición; tampoco le aconteció de igual forma al Faraón de Egipto, levantado para mostrar la gloria del poder de Dios contra el pecado y el pecador. La Biblia nos enseña que Dios endurece a quien quiere endurecer, pero tiene misericordia de quien Él quiere tenerla. Por causa de lo dicho en sus páginas, muchos se levantan contra el Hacedor de todo y le reclaman por sus juicios. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? La respuesta vino de inmediato: ¿Quién eres, tú, oh hombre, para discutir con Dios? No eres más que barro en manos del alfarero.
El verdadero arrepentimiento nos conduce a cambiar la mentalidad respecto al menos de dos cosas trascendentes: 1) Comprender que Dios es absolutamente soberano, el Despotes de Pedro; 2) que el hombre es absolutamente insignificante, impotente ante la voluntad divina, por lo cual le debe a Dios un juicio de rendición de cuentas. Cuando hayamos comprendido esa realidad andaremos mirando la verdad que Dios ha querido mostrarnos. El Espíritu de Dios nos conduce a esa verdad porque nos ha regenerado de acuerdo a los designios del Dios eterno, según nos amara en Cristo a quien envió para sacrificarse por todos los pecados de su pueblo. Este es nuestro estatus de libertad.
César Paredes
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