Jesús ofende con la asunción de que nadie puede venir a él si el Padre no lo trajere. Con esta referencia se comprende que el requisito fundamental para acudir a Cristo sería el ser enviado por el Padre. La conclusión derivada señala que él lo resucitará en el día postrero, es decir, la persona obtendrá la vida eterna. Ya había dicho unos momentos antes que todo lo que el Padre le daba a él vendría a él, y no lo echaría fuera (Juan 6:37). En síntesis, si todo lo que el Padre le da al Hijo irá a él, para no ser echado fuera sino para ser resucitado en el día final, se entiende que existe una seguridad absoluta en ser enviado a Jesús. De hecho él lo afirmó más adelante diciendo que estaríamos guardados en sus manos y en las del Padre, el cual es mayor (Juan 10: 27-29).
Además de esta síntesis, se le suma el hecho de la imposibilidad por causa de la naturaleza humana para poder acudir a Jesús por cuenta propia. Los que así lo hacen terminan en apostasía, con interpretaciones privadas de la Escritura, como Simón el mago, intentando hacer negocios con el dios de la prosperidad. Por supuesto, como bien lo señala Juan en su Evangelio, Capítulo 6, los discípulos (o seguidores) que andaban tras Jesús (una muchedumbre que admiraba sus milagros) se ofendieron en grado sumo. ¿Esto os ofende? -les dijo el Señor, sabiendo que murmuraban por sus palabras y afirmaban que nadie podía entender ese discurso duro de oír (Juan 6:60).
Los que confunden el símbolo con la realidad hacen como hicieron esos discípulos voluntarios que se iban tras las señales y prodigios del Señor. No fueron capaces de discernir lo que Jesús hablaba respecto a comer su carne y beber su sangre; supusieron que se trataba de un acto de canibalismo, por lo cual exclamaron: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? (Juan 6:52). Jesús no pretendió jamás que se lo comieran, aunque se refería a sí mismo como el maná que descendió del cielo, la verdadera comida para vida eterna. En su última reunión con sus discípulos escogidos (aunque Judas lo iba a entregar y era de los doce, por lo que Jesús se refirió a él diciendo que era diablo), el Señor se refirió a comer su pan y a beber su sangre como una memoria que deberíamos tener siempre.
El pan y el vino representaban como símbolos el cuerpo y la sangre derramada del Señor por los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Jesús había dicho: Haced esto todas las veces que lo hiciereis en memoria de mí (Lucas 22:19). Es una memoria, es un acto simbólico, ya que no podemos matar al Señor de nuevo para comer su carne y beber su sangre; incluso cuando el Señor no había muerto y celebraba con sus discípulos esta costumbre que instauraba, ninguno de ellos mordía su carne ni tragaba su sangre en forma literal. Pero la confusión llega cuando el discernimiento está ausente y se siguen enseñanzas de los hombres bajo interpretación privada de algunos que se han declarado maestros.
La Cena del Señor no es una reiteración de lo sucedido, sino una conmemoración de lo que él haría e hizo en la cruz. La influencia de la filosofía neoplatónica motivó a suponer que al comer el pan y tomar el vino se comía y bebía literalmente la carne y la sangre de Jesús. Recordemos que Platón fue considerado nominalista, una persona que suponía que los nombres preceden a las cosas. De allí la importancia que los neoplatónicos le dieron a los símbolos como si fuesen la cosa misma (dado que en alguna medida la palabra funge como símbolo o signo de la cosa nombrada). Esta corriente minó los pilares de la iglesia desde el siglo V, hasta que se convirtiera en oficial para la iglesia en el Cuarto Concilio de Letrán, en 1215, y se asumió en consecuencia la teoría de la transubstanciación.
El beneficio de su sangre y de su carne, viene a ser una bondad espiritual de la gracia del Padre. Pero este asunto no fue comprendido por los que suponían un acto de canibalismo en lugar de una forma simbólica de lo que Jesús haría por su pueblo. Esta sangre se derramó como ese cuerpo se molió por los pecados de todo su pueblo, por los pocos escogidos y no por los muchos llamados. La redención universal forma parte del conjunto herético de los falsos maestros esparcidos por el mundo. No sabemos quiénes son los elegidos que faltan por creer, por eso predicamos el evangelio a todo el mundo, además de que sirve de testimonio a todas las naciones; pero no pensamos que cada persona que oye el mensaje de salvación será llamada eficazmente por el Señor, pues conoce el Señor a los que son suyos (2 Timoteo 2:19). Esa es la fundación de Dios, que permanece segura, ya que la fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe y sin ella es imposible agradar a Dios. En realidad, Cristo es el autor y consumador de esa fe, asunto de firmeza inamovible. En esa cualidad radica nuestra seguridad, como un sello del poder de Dios.
Este sello jamás será removido, ya que la elección se hizo conforme al amor de Dios (al conocimiento previo, es decir, al especial amor que dura eternamente). Sabemos que la Biblia dice en numerosos textos que el conocimiento del Señor equivale al amor, sin que se trate apenas de algo referido al mundo cognoscitivo o mental. Por ejemplo, Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo; José no conoció a María hasta que dio a luz al niño (pero ya era su esposo, de manera que la conocía cognoscitivamente); el Señor conoce a los que son suyos pero dirá en el día final a muchos que nunca los conoció (pese a que él es Omnisciente); a vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra (Amós 3:2). Así que cuando la Escritura dice que a los que antes conoció, a estos también predestinó, no está afirmando que conoció lo que iban a decidir y por eso los predestinó. Lo que afirma es que Dios los amó desde la eternidad (como lo dijo a Jeremías: con amor eterno te he amado), sin mirar en el corazón perverso del ser humano. Si todos hemos estado muertos en delitos y pecados, si Dios no vio justo ni aún uno, ni alguien que hiciera el bien ni quien lo buscara, ¿cómo pudo escoger a una persona porque viera que un día iba a querer seguir al Señor? Imposible, si fuese por ese método de ver el futuro Dios se contradiría en su palabra al decirnos que todos hemos estado muertos en delitos y pecados.
Así que Dios es un Dios justo que justifica al impío, pero ese mismo Dios ha dicho por igual que odió a Esaú (antes de que hubiera hecho bien o mal, antes de ser concebido). Añadió que endurece a quien quiere endurecer, sin mirar en sus obras (Romanos 9). Por supuesto que esta doctrina es odiada por muchos, incluso por gente religiosa que se jacta de tener la membresía cristiana. Cuando uno lee el Antiguo Testamento, puede entender por las historias de las conquistas hechas por Israel que los pueblos conquistados fueron generalmente repudiados por Dios. No había diferencia genético-espiritual entre Israel y sus naciones conquistadas, simplemente fue la voluntad de Dios el haber escogido a Jacob como su pueblo.
En Isaac sería llamada la descendencia o Simiente, la cual es Cristo. Ese fue el propósito divino desde antes de la fundación del mundo. Ya el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de que Adán fuese creado para manifestarse en el tiempo apostólico como el Hijo de Dios (1 Pedro 1:20). Su propósito sería lavar los pecados de todo su pueblo, en un ofrecimiento como víctima redentora ante el Padre Eterno. Vemos que la diferencia entre la congregación de los justos y el mundo la hace el Señor, no la hacemos nosotros como si tuviésemos estirpe y pureza natural. Antes, lo necio del mundo, lo menospreciado, lo que no es escogió Dios para avergonzar a lo que es.
Así que no nos toca mirar con altivez a los demás, más bien vemos en la desgracia del prójimo (el que no tuvo gracia) un espejo que pudiera reflejar nuestro destino. Pero el cambio operado en nosotros por la renovación de nuestro entendimiento, gracias a la regeneración realizada por el Espíritu Santo, se establece como el diferencial entre salvación y perdición eterna. De nuevo, anunciamos este evangelio para que el que tenga oídos para oír que oiga; los otros, los que lo rechazan, no podrán alegar desconocimiento alguno a su favor. Incluso tampoco lo alegarán los que jamás hayan escuchado sobre Jesucristo, ya que la ley de sus conciencias los acusa.
Hay solamente un Dios, un Evangelio, un Libro Santo, una sola vía de salvación. Todos los que están por fuera de esta verdad revelada en la Biblia se tienen como mentira, decepción, dado que siguen la doctrina del enemigo de las almas. Esas falsas doctrinas conducen a la gente al infierno de eterna condenación; declarar esta verdad se ha convertido en una ofensa para la humanidad sin Cristo. No es asunto que ocurra en estos tiempos difíciles, solamente, sino que ya vimos que hace 2000 años muchos se ofendieron con Jesús cuando afirmaba la doctrina del Padre. Cualquier mínima desviación del evangelio de verdad se manifiesta como una mentira que condena. Y si aquellos hombres que rechazaban esta doctrina de Jesús fueron llamados discípulos suyos en el evangelio de Juan, hoy tenemos que decir algo parecido: la mayoría de los religiosos autodenominados cristianos rechazan por igual este mensaje.
Jesús les dijo a esa gente y les dice a la de hoy día la misma frase: ¿Esto os ofende? …Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:61 y 65). Esos viejos discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él; de igual manera acontece hoy día, quienes se ofenden por la doctrina de Jesús no andan con él (2 Juan 1:9).
César Paredes
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