GRACIA SOBRE GRACIA

La Biblia expone abiertamente lo que fue desde el principio de todo lo que nos concierne: En el principio Dios creó los cielos y la tierra (Génesis 1:1). Aunque este primer libro de la Biblia no pretende ser un estudio de ciencias naturales, nos aclara como creyentes que lo que nos concierne tiene que ver con la soberanía de Dios. Es el Creador el que hizo todo cuanto existe, para que a partir de ese punto podamos comprender hacia dónde apunta la naturaleza.

Estos principios generales han permitido el nacimiento y desarrollo de la ciencia, ya que poseemos la seguridad de que nuestra vida tiene un sentido en el mundo de relaciones que nos ocupa.

La Escritura viene a ser un aliciente para el confort del creyente, de aquella persona que haya sido llevada por el Padre a Cristo. No nos cansamos de oír semejante gracia, la que nos preserva de la caída fatal. Estamos en las manos del Hijo y en las del Padre, jamás nos saldremos de allí, pese a que tengamos todavía la ley del pecado que habita nuestros miembros (Romanos 7). El que ha creído el evangelio de salvación que se basa en la expiación de Jesucristo, el que ha sido cubierto con la sangre derramada en la cruz, agradecerá por siempre a Dios el favor tan inmerecido. Nada nos distingue de los que continuarán muertos en delitos y pecados, simplemente la mano de Dios.

Desde la regeneración hasta la gloria final, todo se basa en el trabajo exclusivo de Jesucristo. Ninguna de nuestras buenas obras ayuda a la preservación del alma en la gracia divina, sino solamente el trabajo de Cristo al cumplir toda la ley. Él se presentó como Cordero sin mancha para apaciguar la ira del Padre en los que Él escogió desde antes de la fundación del mundo: Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:4-5).

Nadie puede deshacer aquello que Cristo ha hecho, ni siguiera Satanás; él tratará de engañar, si le fuere posible, aún a los escogidos. Ese texto está en futuro de subjuntivo lo cual presupone una imposibilidad absoluta. A todos los que Dios predestinó ha llamado, a los que llamó también los justificó, y aún a los justificados también los ha glorificado. De esta forma podemos decir con Pablo que si Dios está por nosotros, ¿quién puede prevalecer contra nosotros? (Romanos 8:30-31).

El redimido sabe que su culpa y condenación han sido removidas, para recibir a cambio una justicia perfecta. Los mandatos de obediencia presentados por la Escritura se fundamentan en la gloria final del trabajo de Cristo: obedecemos porque su gracia nos motiva, pero la gracia no se nos otorga porque le obedezcamos. Este pacto de gracia divino no es condicional en ninguna medida, simplemente es inmerecido. Por lo tanto, todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, para ser resucitado en el día postrero. En cambio, nadie puede ir al Hijo si no es enviado por el Padre (Juan 6: 37 y 44).

Jesús habló en parábolas en parte para que los que oyeran no entendieran, así que solamente a los hijos del reino les ha sido dado entender lo que dijo. Hay cosas que se muestran muy evidentes, pero el incrédulo no las puede discernir. Es necesario nacer de nuevo, ser regenerado por el Espíritu, pero esto no se logra por causa de voluntad humana sino de Dios. Nuestras buenas obras, por lo tanto, se dan en virtud de un acto de gratitud hacia el que nos redimió, nunca como una causa de redención.

Han venido y seguirán viniendo falsos profetas y falsos Cristos, pero no les será posible engañar a uno solo de los escogidos / ya redimidos. Los elegidos que ya hayan oído la voz del Señor no serán engañados, no se irán jamás tras los extraños (Juan 10:1-5), no blasfemarán del Santo Espíritu, no dirán que no existe Dios. Como ya dijimos, estamos guardados en las manos del Hijo y en las del Padre (Juan 10:27-29), ni siquiera nosotros mismos podemos huir de ese entorno; y es que como criaturas creadas no podemos nosotros separarnos de ese amor de Dios (Romanos 8:39).

A los que no creen a la verdad sino que se complacen en la injusticia, Dios les envía un poder engañoso, un espíritu de estupor, para que crean la mentira (2 Tesalonicenses 2: 11-12). Por supuesto, esas personas no fueron escogidas para salvación desde el principio, por medio de la santificación del Espíritu y la fe en la verdad; los que hemos creído sí que fuimos elegidos desde la eternidad (verso 13), para ser llamados mediante el evangelio (verso 14). La verdad se presenta pero hay quienes no pueden soportarla, escandalizándose por la dureza de palabras en la que viene envuelta. ¿Quién puede oír esas palabras? Los que tienen oído para oírlas; los demás se alejarán tras la mentira creyéndola. Esta mentira viene en una gran variedad de formas, luce atractiva, se amolda a la percepción de cada uno que la sigue y puede disfrutarse al escarnecer a los del verdadero evangelio.

Recordemos esta premisa bíblica: nuestra justicia es como trapo de inmundicia (Isaías 64:6-9). Esto indica que aquella persona que supone que Dios lo escogió porque vio en ella una posibilidad de aceptarlo, un deseo de seguirlo, está en realidad pensando injustamente. Esa persona cree que la justicia de Dios se equipara a la justicia humana, considera que ella tiene un aporte atractivo para seducir a Dios. Este tipo de persona se justifica ante sí misma, pero Dios conoce cada corazón: lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación (Lucas 16:15).

Hay autodenominados creyentes que sufren de urticaria cuando leen Romanos 9, o cuando se enfrentan a Juan 6; lo mismo les sucede con otros textos similares. Comienzan a reinterpretar privadamente, en el intento de hacer decir otra cosa porque ellos no lo conciben como justo. En realidad piensan que Dios es injusto por haber odiado a Esaú antes de ser concebido, por haberlo condenado sin mirar en sus malas obras. En este punto se prueba que tal persona presupone su criterio de justicia como el que debe regir al Dios supremo.

La Biblia enfatiza que la ley (de Moisés o de Dios) no salvó a nadie, antes más bien condenó a todos. Sin embargo, a través del mandato (la ley) se nos ayudó a buscar a Cristo. No obstante, nadie puede exigir liberación mirando a sus propios méritos; el único que pudo cumplir la ley en todos sus puntos fue Jesucristo, lo cual lo facultó para ser la ofrenda adecuada para amistarnos con Dios. Jesús fue el nombre del niño que nacería de María, de acuerdo a lo dicho por el ángel a José en una manifestación. El nombre JESÚS en arameo significa Jehová salva, y la razón de ese apelativo es que él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Es en ese sentido de conjunto que Juan el Bautista exclamó respecto al Cristo como de aquel que quitaría el pecado del mundo. En realidad esto es cierto en grado sumo: cuando tengamos cielos y tierra nueva el pecado ya no será más en este mundo.

Juan en una de sus cartas les afirma a los miembros de su iglesia (compuesta fundamentalmente por judíos conversos) que Jesús es la propiciación por sus pecados y no solamente por los pecados de ellos sino por los de todo el mundo. ¿Cuál mundo es el referido por Juan? Ese mundo no incluye a Judas Iscariote, ni al Faraón de Egipto, ni a los muchos que se pierden en la eternidad. Ese mundo se refiere a la suma de los gentiles que llegamos a creer. Los judíos siempre hablaron de ellos como un conjunto aparte, mientras que el resto de las gentes eran llamados gentiles o mundo. Entonces Juan habla de ese mundo por quien Cristo también es la propiciación.

Ya lo dijo el Señor, en un testimonio recogido igualmente por Juan en su Evangelio: Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho (Juan 10:26). La condición de oveja precede al creer. Los que hemos sido regenerados por el Espíritu no podemos jamás confesar un falso evangelio. Si alguien hace tal cosa está confirmando que no había sido redimido, pese a sus actos religiosos. Los que se dan a la idolatría en cualquiera de sus formas (incluso en la abstracción mental, sirviendo a Cristos que se inventan y se ajustan a sus propios criterios), están orando y alabando a un dios que no puede salvar. El profeta Isaías también lo advirtió: …No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva … Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más (Isaías 45: 20 y 22).

César Paredes

retor7@yahoo.com

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