EL PRIMERO DE LOS PECADORES

Pablo recuerda que la gracia de Dios se mostró en él, porque Jesús vino a salvar a los pecadores de los cuales el apóstol se consideraba el primero. El Señor se agradó de mostrar a su Hijo en nosotros, así que siendo rescatados no debemos estar martirizándonos con el recuerdo de nuestros viejos pecados. Esa antigua época ya pasó, ahora todo va siendo nuevo. La Biblia nos asegura que no escogió Dios a los muchos nobles del mundo, ni a los muchos sabios, sino que también lo necio, lo que no es, eso escogió Dios para avergonzar a lo que es.

Así que nadie ha de tener mayor concepto de sí mismo que el que debe tener, ya que debemos pensar con cordura (Romanos 12:3). Dios se muestra fuerte en nuestra debilidad, de manera que no debemos aparentar una fortaleza que no tenemos. Esos criterios de la Nueva Era que enseñan a buscar a Dios dentro de nosotros, a imaginar cosas para conseguirlas, dan muestra de un esoterismo altamente confuso y peligroso, por demás muy antibíblico.

Pero Pablo como el primero de los pecadores fue transformado para que el evangelio le hiciera resplandecer el rostro de Jesucristo en su vida. Dios transformó su corazón, su entendimiento, el centro de su humanidad, para que pudiera subsumir la doctrina de Cristo que es la misma del Padre. Por esa transformación el apóstol pudo desarrollar las enseñanzas de Jesús para que nosotros también las aprendamos debidamente. No existe en él alguna mezcla entre concepción propia y sabiduría divina, sino una forma clara de exponer lo que le fue revelado. En Romanos 10:1-4, demuestra el apóstol que hay muchos que creen en vano, desconociendo la justicia de Cristo. En realidad Cristo es nuestra justicia, por medio de la cual nosotros somos justificados. Dios que es justo viene a ser quien justifica al impío.

La debida dimensión de lo que somos está presentada en las Escrituras. En principio, no somos más que trapos inmundos en cuanto a justicia, por lo cual nadie puede ser justificado por méritos propios o por obra propia. De esta manera entendemos que nadie podrá profesar una doctrina contraria a la Escritura y al mismo tiempo tenerse como justificado. Dios no salva a ninguna persona para dejarla en la ignorancia respecto a su evangelio. En realidad, el Padre busca la gloria del Hijo no la del pecador. Esto quiere decir que Dios se goza en enseñarnos su doctrina para que la aprendamos y podamos ir a Jesucristo (Juan 6:45).

No pensemos en ningún instante en que Dios salva al pecador y lo deja en la ignorancia respecto a Jesucristo. La gracia divina no presupone pasar por sobre la gloria divina; todo lo contrario, esa gracia le lleva honra a nuestro Dios. Por esta razón el Espíritu nos guía a toda verdad, testificando a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Así que no se trata de ampararnos en la gracia para vivir carnalmente, para creer banalidades, para torcer las Escrituras. Si las herejías se condenan, los heréticos también. No hay herejía sin heréticos, como para que pensemos que Dios odia la herejía pero ama al hereje.

Cuando Dios salva a un pecador no mira a sus condiciones, como si ellas pudieran darse en base a un esfuerzo mutuo entre el Salvador y el pecador. Dios solamente mira el trabajo de Jesucristo en la cruz, ya que él murió para salvar a su pueblo de sus pecados. Recordemos que Jesús no rogó por el mundo la noche previa a su martirio (Juan 17:9), como nunca pretendió salvar a Judas Iscariote. La fe viene como un inmediato fruto de la vida eterna que se nos ha dado (Efesios 2:8). Esa fe nos hace creer como creyó Abraham, sin duda alguna; Abraham creyó en esperanza contra esperanza (Romanos 4:18), sin que se debilitara en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo casi de cien años, o la esterilidad de la matriz de Sara). Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido (Romanos 4:19-20).

Dios no pide al mundo que tenga la fe de Abraham, sino que Él da esa misma fe a cada creyente como parte del conjunto de la salvación (Efesios 2:8). Por lo tanto, la fe no puede ser una condición para la salvación sino una manifestación o fruto de la misma redención. Volvamos a lo que Pablo escribió a los romanos, acerca de los que ignoran la justicia de Dios y que por ello buscan establecer su propia justicia. Suponer que la fe es una condición de la redención, podría rayar en la creencia de que poseemos nuestra propia justicia ante Dios (Romanos 10:1-4).

Hay que mirar bien claramente para rechazar el ídolo de la autosuficiencia humana. Incluso, el presuponer que nosotros ponemos fe, intentamos alcanzar a Cristo, nos esforzamos por agradar a Dios, puede ser parte de esta idolátrica manera de concebir la religión. El que ha creído en Cristo ya no sigue más al extraño, porque no conoce su voz. Dios nos enseña para que habiendo aprendido vayamos a él. La palabra profética más segura, la incontaminada de los apóstoles (Juan 17:20) permitirá creer a todos aquellos que un día tienen que creer.

De esos grandes pecadores como Pablo, el Señor ha hecho maravillas. Saulo se convirtió en Pablo, Pedro nos asegura que hemos sido renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23). Se nos llama nación santa, sacerdotes, herederos de la gloria venidera. En ese contexto hemos de vivir en consonancia con nuestros nuevos roles, hasta que la virtud del amor sea el más resaltado de los talentos.

El hábito de leer la palabra divina a diario, de tenerle cariño a lo que nuestro Dios declara, nos permitirá conducirnos con paso firme por donde nos toque transitar. La doctrina de Cristo como tesoro incalculable se convierte en la meta de todo creyente; Juan nos lo señaló oportunamente: Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

César Paredes

retor7@yahoo.com

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