La premisa de Juan nos indica algo importante respecto a nuestra naturaleza caída. El hombre natural no puede amar a Dios; si pudiera, no hubiese hecho falta que Cristo viniera a la tierra. Juan nos educa al respecto: si amamos al Señor es únicamente porque él nos amó primero. El hombre natural continúa sosteniendo que para que el amor sea real es necesario tener la posibilidad de rechazar tal amor. Es decir, Dios desea que le amemos libremente, por lo tanto no existe compulsión hacia nosotros para amarlo a Él. Si no hubiese habido el cambio de corazón (el de carne en lugar del de piedra, como lo afirma Ezequiel), nuestro odio al Dios de la Biblia continuaría manifestándose.
Como dice Pedro: la puerca lavada vuelve al lodo, y el perro a su vómito. La inmundicia que caracteriza a la naturaleza humana rechaza la pureza divina. Nuestra tendencia natural, de acuerdo a la ley del pecado que nos habita (Romanos 7), nos vuelca a cosas muy distintas a las cosas celestiales. La gracia de Jesucristo fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús (1 Timoteo 1:14). Dios el Padre abunda en gracia y bondad, en tanto Él es rico en misericordia. Su pueblo escogido goza de la plenitud de su amor. Como está escrito, la ley vino para que abundara el pecado (para que lo mostrara y nos instara a la desobediencia, pues donde se dice no codiciarás se aumenta la codicia), pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Romanos 5:20).
Ningún ser humano posee por naturaleza la fe de Cristo, sino solo su pueblo (Efesios 2:8). El creyente (el elegido que ha sido llamado eficazmente) posee la fe por gracia, al igual que toda bendición celestial, para dar a Cristo toda la gloria por eso que posee como redimido. Recordemos que antes de que la gracia nos visitara no teníamos ni la más remota posibilidad de amar a Dios (al Dios de las Escrituras). Dada la gracia, poseemos la capacidad irrenunciable de amar al Señor.
Muchos se confunden con la filosofía jurídica que presupone un estado de libertad previo a la culpa. Esto no funciona a nivel teológico o espiritual: el hombre no posee ninguna libertad sino que tiene una disposición natural hacia el mal. Urge nacer de nuevo, pero esto no depende de voluntad humana sino solamente del Espíritu de Dios. En las Escrituras nos encontramos con variados relatos respecto a gente que conociendo a Jehová, que aún recibiendo ciertos favores divinos (en la providencia de Dios), se vuelcan contra el Señor.
Por ejemplo, en 1 Reyes 13 leemos sobre un profeta de Judá que amonesta a Jeroboam. Como castigo de Jehová la mano extendida del malvado rey Jeroboam se secó, pero el rey suplicándole al profeta le pide que ruegue a Dios para que le devuelva su mano restaurada. Así acontece, una vez que el varón de Dios hubo orado para que se le restaurara la mano del rey. No obstante, dice el verso 33 del Capítulo 13 de 1 Reyes que, con todo esto, no se apartó Jeroboam de su mal camino, sino que volvió a continuar con sus abominaciones.
¿Qué nos ilustra ese relato sobre Jeroboam? Que poco importa que a la gente se le haga el bien social, ya que con ello no seguirán a Cristo. Lo mismo aconteció cuando el Señor estuvo en medio de los judíos, de acuerdo al relato de Juan 6. Una multitud le seguía y había presenciado el milagro de los panes y los peces, pero días más tarde lo dejaron solo porque no resistían su doctrina. Ellos dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6: 60). Muchas organizaciones autodenominadas cristianas tienen servicios públicos para ayudar a personas que han sido dominadas por ciertos males terribles. Les ayudan así como les enseñan partes de la Biblia y los persuaden a que sigan a Cristo. Lo hacen y se mantienen a ratos, pero su naturaleza no ha sido cambiada y terminan molestos con la doctrina del Señor (no con el falso evangelio aprendido).
Ayudar a restaurar a otros complace mucho, pero no pretendamos que por ese mecanismo ellos vendrán a Dios. Ninguno puede ir a Cristo si el Padre no lo envía (Juan 6: 44). Los Diez Mandamientos que Dios legó a la humanidad por medio de Moisés ponen de manifiesto lo que la humanidad debe hacer, no necesariamente lo que puede hacer. Si alguno osara argumentar que ha cumplido con la ley divina, entonces debe entender que la Escritura dice igualmente: … por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20). El hombre no es justificado por medio de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16). Empero, no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), sino que ella es un regalo de Dios (Efesios 2:8). Sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11: 6); Cristo es el autor y consumador de la fe (Hebreos 12:2).
Jesucristo es el líder de nuestra fe, el artífice, el Príncipe de ella; al mismo tiempo es el que la completa. Si perdemos de vista a Jesús ¿cómo llegaremos a donde queremos llegar? No nos parece irracional el propósito de Dios al formular la definición de la fe (Hebreos 11), tampoco el brindarnos su ley junto a su severidad. La comprensión de esta realidad implica que nada podemos hacer para satisfacer la justicia divina. El pecado de Adán pasó como herencia federal a toda la humanidad. Jesucristo es llamado el Segundo Adán, para que por medio de él la nueva humanidad sea justificada.
Esa nueva humanidad engloba a todos los creyentes que por haber recibido la abundancia de la gracia y el don de la justicia fuimos justificados (Romanos 5: 17). Ese postrer Adán es el espíritu vivificante (1 Corintios 15:45). Primero viene lo animal y después lo espiritual, el primer hombre es de la tierra pero el segundo hombre es del cielo. De allí que la sangre y la carne no heredan el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. Con estas palabras de Pablo entendemos sobre la importancia de conocer al postrer o segundo Adán, a Jesucristo el justo.
Le hicieron una pregunta al Señor, estando acá en la tierra; le inquirieron si eran pocos los que se salvaban. El Señor respondió que lo que es imposible para los hombres para Dios es posible. Esto implica que no podemos salvarnos a nosotros mismos, ni con mucho esfuerzo de conducta, ni con muchas obras benéficas. Si no tuviéremos la justicia de Dios (Jesucristo) por medio de la gracia, nadie sería salvo.
El amor de Dios hacia nosotros es primero que el nuestro hacia Él. Y Él ama a su pueblo como ama a Su Hijo, lo cual revela la dimensión de ese amor. Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él (1 Juan 3:1). El mundo persigue a los hijos de Dios, por cuanto no nos ama; Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de aquellos primeros discípulos (Juan 17:20).
César Paredes
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