Un poeta griego dijo las palabras recogidas por Pablo en su discurso en el Areópago: En él vivimos , nos movemos y somos (Hechos 17: 28). Los griegos tenían un monumento al dios no conocido, por si acaso entre tantas divinidades veneradas hubiese alguna pasada por alto. Pablo dijo que venía a hablarles de ese Dios desconocido para ellos. En tal sentido citó la literatura conocida en ese entorno, diciéndoles que nosotros éramos hechura de ese Dios que ellos desconocían.
El punto de partida del apóstol tuvo que ser el referido a Dios como Creador del universo y de todo cuanto existe. El sustentador de la vida gobierna a las naciones, a cada individuo, aunque nos parezca que sea un Dios escondido. Dada la figura del Creador se entiende que formamos parte de su linaje, idea que recoge de otro poeta, Arato, de Cilicia en el siglo 3 a.C. En ese punto de encuentro el apóstol quiere dar a conocer al Cristo resucitado, pero la resurrección era un tema del que no se ocupaban las religiones griegas. No obstante, Pablo se atreve a compartir el Evangelio con semejante auditorio bajo el aire ateniense,
Epiménides de Cnosos, del siglo VI a.C. fue el autor de la célebre frase citada por Pablo: Porque en Él vivimos, nos movemos y somos. El apóstol señala otra frase de ese filósofo griego cuando escribe en Tito 1:12: Uno de ellos, su propio profeta, dijo: Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos. El hecho de que Pablo haya citado a estos dos poetas griegos no da crédito a la inspiración divina en tales autores. Simplemente hemos de comprender que la verdad viene de Dios, como la Biblia en varias ocasiones refleja al referirse a fuentes no inspiradas; por ejemplo, el caso de una cita de Enoc en Judas 1:9-14.
Resulta lógico pensar que la vida natural en la que vive el individuo proviene de Dios. A partir de ese Creador viene todo el confort que obtenemos en la naturaleza, en lo que nos circunda. Como dice la Escritura: Toda dádiva y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación (Santiago 1:17). Nada de lo que somos o poseemos proviene sin que medie la providencia divina. Incluso lo malo que nos acontece es visto como parte de lo que Dios provee por vía del maligno o por consecuencia de nuestras maldades. La Biblia está cargada de ejemplos que demuestran la soberanía divina en acción, cuando Jehová envía la lepra a un rey, cuando hace que una nación se levante contra otra, cuando provee las circunstancias para que se cumplan sus propósitos eternos.
Nosotros, como seres humanos acostumbrados a la idea de la independencia y libertad, asumimos el control por parte de las naciones y de los gobiernos de turno. Pensamos que si actuamos con diligencia nos ocurrirán eventos propicios para la comunidad; pero aún en estas cosas la Biblia asegura que el corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere Él lo inclina. Frente a esta limitación de la libertad humana el teólogo reclama la supuesta injusticia de Dios diciendo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién se puede resistir a su voluntad? No solo el teólogo tiende a pensar en esta línea sino la gran masa humana, anclada en un razonar donde infiere que el hombre es la medida de todas las cosas.
Protágoras, otro pensador griego, suponía que la verdad es relativa a cada persona. Como sofista presocrático entendía que el contexto condiciona la verdad, por lo que no existe ella como absoluta sino simplemente como una percepción relativa a cada individuo de la especie humana. Existe una razón en tal aseveración, cuando nos referimos al contexto en que se dicen las cosas, pero en materia de los atributos divinos está fuera de sindéresis. ¿Es la criatura humana el canon por el cual hemos de mesurar cada verdad? ¿No existe una verdad teológica revelada? La Naturaleza nos puede hacer pensar lo contrario, que existe un Creador universal por el cual existimos, nos movemos y somos. En síntesis, la Biblia enseña que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, dándole la capacidad de relacionarse con su Creador. No dice la Biblia que la verdad es relativa a cada persona, sino que el mismo Cristo se señala como el camino, la verdad y la vida.
Pablo continúa en el Areópago diciéndole a los griegos que toda la humanidad es criatura divina, pero no afirma que cada uno de los seres humanos sea hijo de Dios. Esta otra figura dependerá de la regeneración que el Espíritu Santo haga de acuerdo a los planes eternos que el Padre haya decidido en la eternidad. En cuanto a humanidad tenemos todos en común un mismo linaje, así que no puede haber discriminación étnica o social en base a lo que somos como seres humanos. El apóstol les advierte a los atenienses que el Dios que él predica no tiene nada que ver con lo que ellos han concebido como seres del paganismo. No debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, a plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres (Hechos 17:29).
En su Carta a los Romanos Pablo expone en el Capítulo 1 que las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad, se hacen visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que nadie tiene excusa. La humanidad toda, en alguna medida, ha conocido a Dios por medio de lo creado (la Naturaleza en todas sus manifestaciones, por ejemplo). Esta humanidad se vanaglorió y no le dio importancia a la gloria divina, ni siquiera le agradeció por el don de la vida, sino que envanecida en su razonamiento camina entenebrecida. Profesando ser sabios se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles (Romanos 1:22-23).
La historia de los reyes de Israel y de Judá nos da cuenta de lo cambiante del corazón humano. A pesar de la información recibida por parte de Jehová, de los milagros operados en el desierto o en el viejo Egipto, el corazón del pueblo y aún el de sus gobernantes se inclinaban ante las imágenes de los Baales y de Asera; ofrecían sacrificios a Moloc y aún a sus propios hijos hacían pasar por el fuego. Venía en consecuencia castigo fuerte a esos pueblos, pero después de un ligero arrepentimiento y enmienda se inclinaban de nuevo hacia las costumbres de las demás naciones.
Pablo examina este asunto de la honra a otros dioses, cuando escribe su Epístola a los Romanos. Entiende el apóstol que hubo una consecuencia nefasta para la gallardía humana: el acto de entregar Dios a la inmundicia a la humanidad que tal cosa hacía. Dios los abandonó en la concupiscencia de la carne y de sus corazones para deshonra de sus propios cuerpos. Por más que hoy día hablen del orgullo gay eso no es más que una cortina de humo para esconder lo vergonzoso de esos actos. Las pasiones vergonzosas de las cuales refiere el apóstol en Romanos 1:26-27 giran en torno a la homosexualidad: tanto de los hombres como de las mujeres.
La homosexualidad puede ser vista como un pecado castigo de parte de Dios, de acuerdo a lo escrito por Pablo en Romanos 1. Sin embargo, en otra carta el apóstol advertía a la iglesia sobre la necesidad de corregirse; agregaba algo muy importante respecto a este tipo de pecado: ¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos de vosotros; pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, pero fuisteis justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6: 9-11).
Subrayo el hecho de que en la iglesia de Cristo hay gente que tuvo pecados terribles, lo cual implica que hubo perdón absoluto de parte de Dios. Simplemente ahora son lavados y santificados, justificados igualmente, por lo cual no debemos discriminar por cosas pasadas. Esta es una de las grandezas del cristianismo, en especial de la dádiva que viene de Dios. David cometió pecados atroces pero siguió siendo un hijo conforme al corazón de Dios. Jehová siempre se refirió a David, a través de los profetas y escritores bíblicos, como mi siervo, como a la persona a quien Dios ama mucho.
De gran relevancia resulta la comprensión de este texto señalado por Pablo a los atenienses: en Él vivimos, nos movemos y somos. Todo lo abarca Dios para que lo reconozcamos en todos nuestros caminos. ¿Adónde huiremos de su presencia? Mejor nos resulta amistarnos con Él, de tal forma que nos venga paz y mucho bien.
César Paredes
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