El buen pastor dio su vida por las ovejas, no por los cabritos. La distinción la hace Jesús cuando habla del fin de los tiempos, al referirse a aquellos a quienes les dirá que nunca los conoció… y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda (Mateo 25:32). Entonces, si el buen pastor dio su vida por las ovejas (Juan 10:11,15), si no rogó por el mundo (Juan 17:9), si murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), podemos afirmar que no dio su vida por los cabritos.
Del gran grupo de ovejas hay muchas que deambulan perdidas, hasta que sean llamadas eficazmente por el buen pastor. Juan 10:1-5 asegura en una alegoría de Jesús que el que no entra por el redil de las ovejas es un ladrón y salteador, al pretender subir por otra parte. Pero el que entra por la puerta será salvo (recordemos que Jesús afirmó que él era la puerta). En Juan 10:9 afirmó el Señor lo siguiente: Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.
Muchas ovejas ya han sido rescatadas, los que siempre caminamos junto al buen pastor, sin seguir nunca más al extraño (el de la teología herética o de interpretación privada). Las ovejas que hemos llegado a creer sabemos que existen muchos evangelios (aunque haya uno solo), muchos Cristos (aunque haya uno solo), que promulgan teologías desviadas. Conocemos que Jesús murió por todas esas ovejas como lo afirmó con sus palabras y como lo atestiguó por medio de escritores bíblicos -ejemplo: 2 Corintios 5:14. Las cabras o los cabritos forman parte de otra categoría de personas, los que están sin gracia absoluta. Ellos siguen la desobediencia de Adán, pagan por sus pecados pero nunca terminarán de hacerlo. La desviación de un hombre sirvió para la condenación de todos; empero, la justicia del segundo Adán (Jesucristo) sirvió para la justificación de todos los que son ovejas (Romanos 5:17-19).
El texto acá arriba de Romanos 5 nos demuestra que pese a que éramos enemigos de Dios fuimos reconciliados con Él, por la muerte de su Hijo; así que si Judas Iscariote fue reconciliado con Dios será salvo. No solo Judas, también el Faraón de Egipto, Caín -que era del maligno-, cualquier réprobo en cuanto a fe. De manera que para evitar semejante absurdo hemos de entender que el texto se refiere a las ovejas reconciliadas con Dios por la muerte de su Hijo. No puede jamás apuntar a los cabritos, al mundo por el cual Cristo no rogó; como bien señala Jesús en Juan 10:26: pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho.
Si el sacrificio de Cristo como ofrenda por el pecado se hubiese procurado en favor de toda la humanidad, sin excepción, su justicia abarcaría a todos sin omisión. Pero resulta que hay condenados, de acuerdo a lo que Jesús refirió porque fue quien más habló del infierno donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Millones de personas han muerto sin saber siquiera de la existencia de Jesús ni de su obra, haciendo suponer de manera lógica que Jesús no murió a favor de ellos. Si lo hubiera hecho, ellos habrían oído el evangelio y habrían nacido de nuevo.
La ley de Dios acusa a todos por igual pero no redime a ninguno en particular. Esa ley puede referirse tanto a la escrita en las tablas como en la conciencia humana. Nadie queda inexcusable, de acuerdo a las palabras de Pablo en Romanos; lo que de Dios se conoce les es manifiesto (Romanos 1:19). Cada ser humano atestiguará para sí mismo lo que se supone es una norma universal, como también Pablo lo afirmó: Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: Que el mal está en mí (Romanos 7:21). El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16), a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, al haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados (Romanos 3:25). Pero Cristo nos ha rescatado de la maldición dictada en la ley. Cuando fue colgado en la cruz, cargó sobre sí la maldición de nuestras fechorías (Gálatas 3:10).
Enfatizamos en el hecho de que Jesucristo fue la sustitución de todos cuantos Dios escogió desde antes de la fundación del mundo. Como dijo Pablo en Efesios 1:11: En él digo, en quien asimismo tuvimos suerte, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad (Reina Valera Antigua), aunque en las nuevas versiones sustituyen suerte por tuvimos herencia. El contexto de las suertes sacerdotales del Antiguo Testamento nos indica que se echaban con unas piedras o pedazos de madera llamados en griego antiguo Kleros (κλῆρος), como se confirma de la Septuaginta griega. La kleronomía (κληρονομία) pasó a ser la herencia, ya que también lo que se heredaba había sido echado en suertes.
Desde la perspectiva del hombre perdido, que fue encontrado por el Señor, decimos que ha sido una suerte el que hayamos creído. Desde la perspectiva divina no debemos imaginar que Dios jugó a los dados para ver a quién escogería, ya que esa elección corresponde a su absoluta voluntad y reserva. Por esta razón, viendo la expiación en los relatos del evangelio, comprendemos que Jesucristo fue quien hizo la sustitución para todos cuantos Dios escogió. Nuestros pecados fueron cargados a él en la cruz y el Padre lo castigó duramente en lugar de a nosotros.
Sin embargo, la expiación vista por los que se dan a la interpretación privada de las Escrituras se expone como un acto universal que se extiende a quien quiera que sea. Se habla incluso de la oferta del evangelio, una metáfora donde Dios espera pacientemente que alguien se le acerque con corazón dispuesto. Otros afirman sin lógica alguna que Dios vio en el túnel del tiempo quiénes aceptarían el sacrificio universal del Hijo y luego los eligió en base a lo que averiguó. Pero afirmar tales locuras contraviene el sentido estricto de la expiación bíblica: remisión de pecados, perdón para no recibir el castigo y liberación de la culpa. Si la sangre del Cordero fue derramada para remisión de pecados (Mateo 26:28), ¿cómo es qué hay gente en el infierno si Cristo murió por todos, sin excepción? Por otro lado, la Omnisciencia de Dios no da lugar a que Dios desconozca algo que tenga que averiguar. Sabemos que si Él sabe el futuro es porque ha determinado que acontezca, como lo demuestran las profecías que se cumplen.
En Juan 1:29 leemos que el Cordero de Dios quita el pecado del mundo, pero debemos siempre preguntarnos de cuál mundo habla la Biblia. Muchas veces ese vocablo tiene significado diferente del de otras ocasiones; por ejemplo, Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), pero Jesús le dijo a Nicodemo que Dios había amado de tal manera al mundo que le envió a su Hijo. Entonces, ¿será el mismo mundo por el cual Cristo no rogó? Por otro lado, Juan en una de sus cartas afirmó que el mundo entero está bajo el maligno, pero que nosotros somos de Dios (1 Juan 5:19). Los fariseos clamaron a una diciendo que el mundo entero se iba tras Jesucristo (Juan 12:19), pero ellos mismos formaban parte del mundo que no lo siguió, como tampoco lo siguió el imperio romano ni muchas naciones de entonces. Tampoco lo seguían los saduceos que no creían en la resurrección, ni muchas de las personas que se burlaron de él, ni la multitud que se benefició del milagro de los panes y los peces pero que se espantó al oír sus palabras duras de oír (Juan 6:60). Los fariseos hacían referencia probable a la población de la cual muchos no eran judíos; esta frase dicha por ellos denotaba más bien un sentido de alarma por la frustración al ver que Jesús tenía seguidores de mucho tipo de gente.
En síntesis, si la sangre de Cristo se derramó para remisión de pecados (Mateo 26:28), debemos preguntarnos si esa sangre incluía los pecados de Judas Iscariote y de tantos otros réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se ha tardado. ¿Dijo Jesús que Judas Iscariote era una oveja descarriada o que era diablo? ¿No le dijo que se diera prisa para hacer lo que tenía que hacer? ¿No expresó un ay por quien entregara al Hijo del Hombre? Por lo tanto, la sangre de Cristo no fue derramada por este impenitente Judas, como tampoco por aquellos que son representados en Esaú (Romanos 9:13). Feliz aquella persona cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2).
César Paredes
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