Cada creyente en Jesucristo parte de un axioma, un presupuesto no demostrado que se asume como verdad. El matemático cree en sus axiomas sin tener que demostrar que ha visto al número uno o al tres o a cualquiera de los que conforman sus conceptos matemáticos. Nosotros sabemos que nuestro sistema de verdad se arraiga en la revelación conocida como las Sagradas Escrituras. De vez en cuando, una vez que los arqueólogos descubren bajo tierra una vieja ciudad, un antiguo grabado, nos gozamos al cotejar que coordina exactamente con lo que la Biblia había enunciado como parte de su relato.
A partir de las Escrituras la cristiandad ha desarrollado un sistema ordenado de la verdad que asume como soporte. Si Aristóteles tuvo a bien valerse de los hechos encontrados para desarrollar su sistema de pensamiento, aunque se alejara de Platón, quien era más deductivista, el estagirita se afianzó en el método inductivo conocido hoy día como el preferido por la ciencia moderna. Decimos que el matemático hace ciencia pero no puede demostrar la existencia de los números, excepto en su asunción axiomática. De todas formas, aunque no sepamos el peso de los números, a qué saben o huelen, ellos funcionan para sumar y restar, para comprar y vender, para la vida cotidiana.
Nuestra fe descansa en Jesucristo, su autor y quien la consuma. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, por lo cual Él es quien la da a quien quiere darla, pues no es de todos la fe. Pero nuestra fe se desarrolla en un mundo lógico, sin incoherencias, de manera que cada quien que suponga depositar su confianza en ella debe estar seguro de dónde ella proviene.
La fe no es una esperanza vaga sino una confianza sólida. La fe, sin que la llamemos una virtud moral, implica una firme persuasión del poder, de la fidelidad y del amor de Dios a través de Jesucristo. Es la substancia de las cosas que se esperan, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1). Lo que se ve, ¿a qué esperarlo? En cambio, lo que no vemos y creemos eso esperamos. Pero no se vale creer cualquier cosa, como si con esa base pudiéramos hacer que aparezca. Eso podría interpretarse como un acto de magia, un decreto mental, una actividad esotérica.
La palabra prometida de Dios se tiene como la garantía y el fundamento de lo que esperamos. Si Dios no lo ha prometido, ¿a qué esperarlo? He allí nuestro círculo axiomático, nuestros presupuestos reunidos en torno a la palabra de Dios. Sin la confianza puesta en el Altísimo diríamos como David que nos hundimos en cieno profundo, donde no podemos asentar nuestros pies (Salmos 69:2). Sin embargo, por la fe de David el salmista salió de ese valle de sombra y de muerte, le pidió a Dios que lo escuchara en base a la verdad de su salvación (Salmos 69:13). Pedía respuesta bajo el fundamento de la benignidad de la misericordia de Jehová (Salmos 69:16). Este salmo es considerado mesiánico, pero por igual refleja la aflicción del salmista quien, en medio del dolor, anuncia que alabará el nombre de Dios con cánticos.
Los cristianos partimos de la premisa que sostiene a Dios como la verdad, por lo cual hablamos la verdad de Dios. Partimos de la declaración bíblica que afirma que en el principio creó Dios los cielos y la tierra. Ese es nuestro punto de partida, un comienzo en el cual Dios (que no tiene ni comienzo ni fin) hizo todo cuanto existe, incluyéndonos a nosotros. El Salmo 100:3 declara: Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos…
Nuestra fe se ampara en la Sola Scriptura, lo que nos conduce al principio de la inerrancia de la Biblia. Esto puede considerarse como un axioma, porque también la Escritura nos enseña que es la revelación de Dios hecha al hombre a través de muchos siglos. En tal sentido, como ya dijimos, nos alegramos cuando la llamada ciencia descubre ciertos principios que ya estaban embebidos en la declaratoria bíblica, sin que la Escritura pretenda ser un libro de ciencias. Dios está sentado sobre el círculo de la tierra (Isaías 40: 22); la Biblia habla de la creación del universo, la ciencia moderna nos da indicios de que hubo un comienzo (la tesis del Big Bang, por ejemplo, se da como indicio de lo que los científicos suponen que pudo ocurrir). El agua en sus estados sólido, líquido y gaseoso, se menciona en la Biblia, lo cual hoy día se considera como un hecho científico. De la tierra se obtiene el alimento, y abajo de ella todo se convierte en fuego (Job 28:5), lo que de acuerdo a nuestra ciencia se confirma al decir que la tierra está compuesta por un núcleo incandescente. Hoy se nos dice que la tierra orbita en el espacio, pero Job 26:7 nos aseguraba que Dios suspende la tierra sobre la nada. El ciclo continuo del agua fue mencionado por Salomón, en Eclesiastés 1:7, con una frase altamente poética: Todos los ríos van hacia el mar, y el mar nunca se llena; al lugar de donde los ríos fluyen, allí vuelven a fluir.
Pero estas verdades de la ciencia declaradas por la Biblia no nos han hecho creer en Dios, sino la fe que nos fue dada junto con el nuevo nacimiento (Efesios 2:8). Sabemos por las Escrituras que Caín era del maligno, como afirma el apóstol Juan en una de sus cartas. Si miramos el contexto de las ofrendas hechas por aquellos dos hermanos emblemáticos, nos daremos cuenta de la relación de ellos con el evangelio revelado. La fe de Abel lo condujo al excelente sacrificio que Dios haría con el Cordero sin mancha, alcanzando testimonio de su justicia. En cambio, Caín ofreció a Dios de sus propios esfuerzos, contraponiendo el evangelio de las obras al de la gracia.
Dios no mira con agrado que pongamos nuestras buenas obras como garantía para ir al cielo. Vean lo que le sucedió a Caín, que fue rechazado en su ofrecimiento. En cambio, la justicia de Abel se observa en la conciencia que tuvo de mirar el sacrificio de Cristo como suficiente, ofreciendo algo que era sombra de lo que había de venir. La ofrenda de Abel fue un cordero, una figura de lo que vendría. Ese es nuestro axioma, aferrarnos al Cordero sin mancha que ya vino y se inmoló en la cruz por causa de la limpieza de todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Nuestra fe es un regalo de Dios, pero sabemos que no es de todos la fe; sin esa fe nadie puede agradar a Dios, pero así como Él se la dio a Abel lo ha hecho con todo su rebaño; en cambio, Dios no le dio fe a Caín, sino que lo dejó en sus propios esfuerzos para demostrar la excelencia de la confianza en Cristo.
Desde que el hombre cayó en el Edén, el evangelio de Cristo comenzó a materializarse. Vemos a Dios sacrificando animales para cubrir con sus pieles la desnudez de los primeros hombres. Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados (Hebreos 9:22), así que los pecados se perdonan de acuerdo al sacrificio de Jesús. Para esto, ¿quién es suficiente? Lo que resulta imposible para nosotros los humanos, resulta posible para Dios. Ese es nuestro axioma, nuestro punto de partida y será nuestro punto de llegada.
César Paredes
Deja un comentario