En la iglesia de Cristo podemos encontrarnos con personas que en un momento de su vida practicaban pecados que los convertían en indignos. Ahora han sido lavados y santificados, justificados en el nombre de Jesús. Ocurre un cambio radical en cada creyente, de la fornicación, idolatría, adulterio, homosexualidad, robo, avaricia, borracheras y el uso de lenguaje obsceno, se opera una vida nueva en corazón del que ha sido convertido a Cristo. La intervención de Dios en esas vidas los limpia del pecado (de todos ellos), para que sean parte de ese pueblo que le adora. Esto acontece por medio de la gracia y el poder de Jesucristo y del Espíritu Santo.
Uno de los trabajos de los creyentes consiste en la predicación del evangelio a toda criatura humana; asimismo, Santiago 5:20 nos recuerda la maravilla que ocurre cuando hacemos volver al pecador del error: salvaremos de muerte un alma y cubriremos multitud de pecados. Nosotros solo somos ayudantes del Dios de gracia, servidores (inútiles) de su mandato.
Sabemos que la gracia que Él tiene y otorga no la da a todos sin excepción. Jehová ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). La gracia proviene de Cristo Jesús, de su trabajo en la cruz hecho exclusivamente en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21). La ira de Dios se exhibe contra todos los que no son puros, que están contaminados con el pecado en cualquiera de sus formas. Pero la gracia que Él otorga la da en Cristo, el cual se ha convertido en nuestra justicia, en razón del sacrificio que ofició en el Calvario para aplacar la ira del Padre en todas sus ovejas elegidas.
Decimos que tenemos perfecta justicia, ya que es la de Cristo. En tal sentido, Dios no muestra su gracia en contra de su justicia; su Hijo ya fue castigado por los pecados que tomó en el madero, en representación de todo su pueblo. Isaías nos dijo que cuando el Siervo Justo hubiere puesto su vida en expiación por el pecado, vería linaje (Isaías 53:10). Jesucristo se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo elegido, dedicado a hacer el bien (Tito 2:14). Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9).
El Señor enseñó una doctrina que molesta a muchos que dicen ser creyentes. Juan nos afirma en su Segunda Carta, versos 9 al 11, que el que no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios (ni al Padre ni al Hijo): el que no traiga tal doctrina no debe ser recibido con bienvenidas. En Juan 6 leemos que Jesús predicaba su doctrina de la soberanía absoluta de Dios, pero muchos de los que ya eran sus seguidores (discípulos), de los que habían presenciado el milagro de los panes y los peces, se retiraron con murmuraciones y diciendo que esa doctrina era dura de oír (Juan 6: 37,44,60,65,66).
La gracia de Dios no es universal. Observamos a Judas Iscariote que fue elegido como diablo para que traicionara al Señor; Jesús mismo dio un ay por aquel que ho había de entregar, pero igual le indicó que hiciera pronto su mandado. Esaú fue odiado desde antes de ser concebido, con independencia de sus obras buenas o malas, apartado para la exhibición del poder de la ira de Dios contra el pecado, pero Jacob su gemelo fue amado también desde antes de ser concebido y con independencia de sus obras (Romanos 9:11-13), para que se mostrara en él el poder de la misericordia de Dios.
El verdadero y único evangelio es el de la gracia. Esa es la buena noticia, el hecho de que en vez de seguir siendo desgraciados ahora somos objeto de la misericordia y gracia divina. Los que oyen la ley de Dios y son solamente oidores, no serán justificados. Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados (Romanos 2:12). Recordemos que la ley de Dios puede contemplarse en las tablas escritas (la Escritura toda como consecuencia) y también en la conciencia (la llevan escrita en el corazón, como lo demuestra el testimonio de su conciencia y sus propios pensamientos, que unas veces los acusan y otras los defienden -Romanos 2:15).
Pero esa ley, la escrita en papel o en la conciencia, no salvó a nadie, ya que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16). Ahora bien, los israelitas cuando salieron de la esclavitud de Egipto transitaron por el desierto. En ese sitio se fastidiaron rápidamente de ese Dios que los había liberado; ellos querían ver al líder Moisés de inmediato, pero él estaba conversando con Jehová. La impaciencia del pueblo así como el deseo de servir a un dios más concreto, algo palpable que pudieran ver y tocar, hizo que clamaran a Aarón el hermano de Moisés. Por tan gran apremio consintió Aarón en hacerles una divinidad palpable, creando el becerro de oro.
De esa forma se pervirtió mucha gente porque no logró discernir al Dios invisible que hace cosas concretas y épicas, como liberarlos de Egipto con señales y prodigios. Prefirieron servir a un muñeco de oro, algo que pudieran mirar y palpar, antes que hacer un esfuerzo por creer que ese Dios creador de todo cuanto existe los había liberado. En ocasiones muchos le temen a la doctrina de Cristo, como ya ha señalado el texto de Juan 6. Dado que la doctrina del Señor pudiera tener palabras duras de oír, los oídos se apartan y la vista intenta mirar hacia un dios más digerible. Ese dios hecho a semejanza humana da más confianza porque se ve y se toca, pero se trata de un dios que no puede salvar, un simple ídolo.
Jehová ha dicho que no dará a otro su honra ni su gloria; dijo que eran vanas las mentes que servían a un dios hecho por artífices. La Escritura nos dice en varias partes (tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento) que servir a los ídolos es servir a los demonios. Por ejemplo: Y sirvieron a sus ídolos, los cuales fueron causa de su ruina. Sacrificaron sus hijos y sus hijas a los demonios (Salmos 106:36-37). ¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios (1 Corintios 10:19-21). Dios no dará su alabanza a esculturas (Isaías 42:8).
Dar gloria a otro ser que no sea Dios se considera una blasfemia, una ofensa a la divinidad. De allí el concepto de Soli Deo Gloria que enfatiza que toda la gloria será para el Señor; la gloria es algo inherente al Dios creador de todo cuanto existe. Pudiera suceder que alguien idólatra se defienda diciendo que nunca confunde la imagen con la persona que representa. De esa forma intentará decirnos que no adora la imagen, sino que ella es una ayuda para concentrarse en la divinidad. Esto pareciera semejante a lo que le aconteció a aquel pueblo de Israel en el desierto.
Pero la idolatría no existe porque el adorador confunda la imagen con su divinidad, como lo sabemos por la cultura pagana. Quienes adoraban a Diana de los efesios nunca pensaron que las imágenes de plata fuera la misma Diana (Gordon H. Clark, What Do Presbyterians Believe?, pp. 195-196). Como continúa diciéndonos este autor, los católicos romanos que se defienden a sí mismos del cargo de idolatría, defienden por igual a los de Éfeso que adoraban a Diana. En tal sentido, la Escritura es ampliamente clara al prohibir la adoración de alguien que no sea el Dios de la Biblia; ha prohibido por igual el hacerse imagen de lo que esté en el cielo, en la tierra, en los mares, etc., para inclinarse ante ellas y honrarlas. Eso está en los Diez Mandamientos: No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen… (Éxodo 20: 2-5).
Resulta que en las traducciones de la Biblia Católica, después de la Reforma Protestante, Roma ha omitido esos textos, alargando unos párrafos de los demás mandamientos para que sumaran diez en su totalidad. Si usted busca en la Vulgata Latina, de Jerónimo, Biblia oficial del catolicismo durante muchos siglos, encontrará esos mandamientos en forma completa. Veamos esos dos textos en el latín de la Vulgata: Non habebis deos alienos coram me. Non facies tibi sculptile, neque omnem similitudinem quae est in caelo desuper, et quae in terra deorsum, nec eorum quae sunt in aquis sub terra. Non adorabis ea, neque coles: ego sum Dominus Deus tuus fortis, zelotes, visitans iniquitatem patrum in filios, in tertiam et quartam generationem eorum qui oderunt me…
No hace falta ser latinista para comparar texto con texto, en especial lo que aparece subrayado. La idolatría puede ser perdonada, como asegura Pablo al decirnos que esto erais algunos; no solamente debemos cuidarnos de las esculturas o dibujos idolátricos, sino de la confección mental de lo que pensamos que debería ser Dios. Al cortar ciertos aspectos de la doctrina de Cristo, con el argumento de que eso resulta duro de oír para muchos, estamos confeccionando un Cristo a la medida, cosa que raya por igual en la idolatría.
César Paredes
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