ELECCIÓN (1 TESALONICENSES 1:4)

Pablo les escribe a los miembros de la iglesia de Tesalónica, pero por igual abarca el mensaje para toda la cristiandad. En su carta expone el tema de la elección divina respecto a los que serán creyentes. No es la única vez que el apóstol para los gentiles toca el tema con vehemencia, ya que basta con acercarse a sus cartas para saturarse de esa bondad que pertenece a la soberanía de Dios. No se trata de ser elegidos para un oficio en particular, lo cual pudiera entenderse como válido ya que lo que somos se debe a Él.

Jehová es su nombre y no dará a otro su gloria; por lo tanto, si en él vivimos, nos movemos y somos, entendemos que todas las circunstancias que nos mueven en esta vida son provistas o facilitadas por medio de su soberanía absoluta. El Faraón de Egipto tuvo que gobernar su nación, pero para ello debió cumplir una serie de requisitos particulares propios de su oficio. En tal sentido, si Dios se glorificó en la necedad de ese Faraón lo hizo para alabanza de la gloria de su poder y de su ira contra el pecado. Esa gloria se proclama en toda la tierra. Asimismo, comprendemos que fue Él quien preparó toda la providencia necesaria para que ese personaje cumpliera con los requisitos para ejercer el cargo, así como para cumplir el rol asignado como réprobo en cuanto a fe.

Pero Pablo habla de los elegidos para vida eterna, algo mucho más glorificante para la vida de cada creyente. Nunca se pretende decir que Dios nos escogió porque hubiera cualidad diferente en nosotros. Al contrario, en Romanos 9 el apóstol menciona el hecho de que todos somos formados de la misma masa. Dios como Alfarero forma vasos para honra y gloria y otros para deshonra e ira y destrucción.

Esta doctrina proviene del Padre, pero también fue enseñada por el Hijo. Jesucristo afirmó que él enseñaba la doctrina del Padre; en Juan 6 leemos sobre el evento del milagro de los panes y los peces. Muchas personas se maravillaron de ese acto y comenzaron a seguir a Jesús. Estaban por igual fascinados con sus palabras. Lo buscaban por tierra y por mar, iban de un poblado a otro. En esa labor lo encontraron en Capernaum, pero el Señor les advirtió que ellos le buscaban por causa de la comida que los había saciado. De inmediato comenzó la arenga de Jesús diciéndoles que debían trabajar no por el pan que perece sino por el que a vida eterna permanece.

Esa gente se motivó y quiso saber lo que debían hacer para poner en práctica las obras de Dios. La obra de Dios era muy simple: creer en el que Él había enviado (en Jesús, con todo lo que ello implica). Jesús se identifica como el pan que descendió del cielo, el verdadero maná, el que no deja con hambre a los que lo comen. Ellos no creían, como bien lo dijo el Hijo de Dios (Juan 6:36).

De inmediato el Señor lanzó la sentencia de su doctrina de la elección: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37). Unos momentos más tarde o casi de inmediato comenzaron a murmurar porque Jesús había dicho que él era el pan del cielo. Ante esa murmuración Jesús les dijo: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). Después se espantaron porque no entendían el símbolo de comer su carne, pensando que era en forma literal.

Habiendo dicho esas cosas en la sinagoga de Capernaum, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). Como muchos de entre la multitud no creían de verdad (no asumieron su doctrina), el Señor les resaltó el tema central de ella: la elección o predestinación. Dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 65).

Sin duda que el tema central en este capítulo del evangelio de Juan gira en torno a la potestad absoluta del Padre de enviar prosélitos hacia Jesús. Ellos lo habían seguido por su cuenta, por interés de algún tipo, pero no porque hubiesen sido enseñados por el Padre para que una vez aprendido lo que hubiere de aprenderse fuesen enviados hacia el Hijo (Juan 6:45). Volviendo al tema de Tesalonicenses, agregamos que los que fueron electos también fueron llamados eficazmente. Como lo apunta el libro de los Hechos, en Capítulo 13, verso 48: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna. Esto significa que aquellos que estaban predestinados por Dios para recibir la vida eterna, creyeron y asumieron la doctrina del Señor. En síntesis, la fe, la salvación y la gracia son un don de Dios (Efesios 2:8).

La escogencia que hace Dios no viene por causa de méritos humanos, como si hubiese algo bueno que mirar dentro de los elegidos. Esto proviene de la libre gracia y el buen propósito de Dios, lo cual se subraya como el inmutable e irreversible propósito divino. Los tesalónicos de la carta tenían ese conocimiento de la gracia, lo que demostraba la eficacia del llamamiento. Porque todo el paquete de la fe viene junto con la salvación y la gracia, como un regalo del cielo. Conviene, pues, tener ese conocimiento para que no suceda como les aconteció a otros destinatarios de otra carta; en Romanos 10:1-4 se lee que mucha gente que teniendo celo de Dios no lo han tenido conforme a ciencia. Ellos ignoraban la justicia de Dios (Jesucristo), en tanto procuraban colocar la suya.

Ese malestar sucede cuando la persona dice creer (como aquellos discípulos reseñados en Juan 6) pero rechazan la doctrina de la elección. Comienzan a murmurar diciendo que esa enseñanza es difícil y muy dura, que trae confusión. Así que se distancian de la doctrina de Cristo y les acontece como a los expuestos en la 2 Carta de Juan, Capítulo 2, versos 9-11: Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo…el que no trae tal doctrina no debe ser recibido ni se le debe decir bienvenido.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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