LA DESTRUCCIÓN DEL MENTIROSO (SALMO 5:6)

Sabemos que la senda de los malos perecerá, pero también conocemos que en este mundo Dios destruirá a los que hablan mentira, a los que engañan y se muestran sanguinarios. Poco importa cuál sea la mentira, ya que Satanás es el padre de todos los engaños (Juan 8:44). Puede ser en materia religiosa, como si se hablasen falsas doctrinas, aunque también ha de entenderse como las herejías (opiniones propias en materia teológico-bíblica). Igualmente, los errores o mentiras que se promueven – por interpretaciones privadas de las Escrituras -, cualquier mentira respecto a la persona de Cristo o en relación con su trabajo de redención. Todo este cúmulo de posibilidades cabe dentro del campo de destrucción de la mentira.

Los que siguen al mentiroso serán doblemente culpables, como bien lo afirmó Jesucristo en relación con los fariseos y sus prosélitos. La destrucción puede llegar por enfermedad del cuerpo, por muerte corporal o, lo que es peor, con daño perpetuo. En el mundo de la política se contempla con frecuencia gente sanguinaria, los que desean arrasar con sus enemigos ideológicos. Estos muestran sus resentimientos como lo hizo Caín con su hermano Abel. Recordemos que el Apocalipsis relata lo que le sucederá a la Gran Ramera, la Iglesia o congregación de las hechicerías, de las abominaciones de la tierra, del engaño y la falsa teología. Esta gente irá al pozo de la destrucción (Salmo 55:23). Tengamos por seguro que Dios oirá nuestras plegarias en contra de estas personas abominables, los que procuran nuestro daño usando su lengua y sus falsas promesas.

Mentir trae como consecuencia la división, el dolor y el castigo. La Biblia condena la mentira y considera al mentiroso como alguien que se desvía de la verdad. En 2 Juan 1:9-11 encontramos una clarividente verdad respecto de los que mienten en relación con la doctrina de Cristo. Los tales no tienen ni al Padre ni al Hijo, sino que extraviados de la verdad y de la doctrina del Señor no merecen ni que les digamos bienvenidos. Dios es verdad, así que la mentira se define como pecado, como errar el blanco. Por lo tanto, la mentira nos separa de Dios y de su presencia. Asimismo, daña la confianza en las personas, creando un ambiente de sospecha y miedo dentro de la sociedad.

Santiago afirma que la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Está puesta entre nuestros miembros y contamina toda la rueda de la creación (Santiago 3:6). Si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad, porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa (Santiago 3:14-15).

La Biblia también aconseja no hacer promesas a Dios, si no se intenta cumplir; Dios no se complace en los insensatos (Eclesiastés 5:4-6). El que promete y no cumple, está mintiendo. El que tiene celos, está pensando en algo que es imaginario solamente; el que crea rumores se afianza en lo que parece ser sin que necesariamente sea. Jesucristo dijo que él era la Verdad, así que la mentira siempre nos distanciará de su presencia. Pablo aconseja: No se mientan unos a otros, porque ya se despojaron del antiguo ser humano que eran (Colosenses 3:9). Seis cosas hay que el Señor odia, siete son abominación para Él: Ojos soberbios, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, un corazón que trama planes perversos, pies que corren rápidamente hacia el mal, un testigo falso que dice mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6:16-19).

Sabemos que cada creyente cree firmemente que toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17). Esta creencia viene como fruto de la regeneración, de lo contrario el ser humano quedaría con la duda y con el traspiés de suponer la Escritura como algo netamente religioso y no inspirado. Entendemos que los que no creen en la inspiración plena de las Escrituras, sino en una inspiración parcial, no han nacido de nuevo. El nuevo nacimiento no se da por partes sino como un acto integral que opera el Espíritu Santo.

Sencillamente, el que no cree el evangelio intenta colocar su propia justicia como testigo. No puede someterse a la justicia de Dios, pero busca justificarse de alguna manera. Acepta la palabra revelada en partes, ya que toda puede ser dura cosa de oír. La predicación del evangelio no siempre es para dar a conocer la salvación de Jehová, sino también para edificación de la iglesia. Así lo demuestra Pablo en Roma, como también lo demostramos los creyentes al estudiar la Escritura. Las advertencias en ella nos ayudan a rectificar nuestros caminos, reconociendo que estamos rodeados de mundo, que todavía existe la ley del pecado que domina nuestros miembros (Romanos 7).

Hay religiosos del cristianismo que no toleran la sola idea de la absoluta soberanía de Dios. A ellos les resulta más cómodo asumir que en materia de redención poseen la última palabra. No soportan el argumento que señala al Creador como quien ha decidido desde la eternidad el destino de cada individuo. Por esa razón asumen que resulta mejor llevar una ficha personal, con día y hora en que ellos aceptaron a Cristo; agregan que fue bajo tal o cual predicación, como si con ese pedazo de papel que acumula sus datos pudieran convencer en el día final que merecen la entrada al reino de los cielos.

Este tipo de gente ignora abiertamente la doctrina de Cristo, la desprecia, tal como hicieron los discípulos reseñados en Juan 6. Causan problemas en medio de los verdaderos creyentes, al pasar sus días en la objeción de la declaratoria divina. Esa también es otra forma de mentir, forzar el texto para que diga algo más agradable a sus oídos. Se parecen a los israelitas que acababan de salir de Egipto, los que desesperados porque no podían ver al Dios invisible se forjaron un becerro de oro, para así poder tocar a la divinidad. Nada bueno trajo esa idolatría, semejante a lo que hicieron sus seguidores tiempos más tarde con la serpiente de bronce.

Se deduce que al no soportar al Señor de la Biblia el ser humano forja un nuevo dios. Esta divinidad será más asequible y adaptable a los pensamientos de cada persona, con una personalidad más humana. Por ejemplo, sería aún dios que respetara el libre albedrío humano, que valorara las obras por sobre otro tipo de justicia; además, no hablaría del infierno eterno, donde el gusano no muere ni el fuego se apaga. Más bien sería un dios que predestina en base a lo que averiguó en el corazón humano, un dios con muchos futuros abiertos, una divinidad benevolente que suplica por las almas y que aguarda a ver quién lo quiere seguir.

Los discípulos descritos en Juan 6 querían seguir a Jesús, pero se enojaron porque el Señor les declaró que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere. Además, aseguró que todo lo que el Padre le da al Hijo viene al Hijo; así que esa doctrina de la absoluta soberanía de Dios no gustó para nada a aquella gente que comenzó a murmurar, a suponer que nadie podía oír esas palabras tan duras de Jesús. Es lo mismo que sostienen hoy día los que se desvían de la doctrina de Cristo.

De la conversión de Pablo aprendemos que él fue colocado como ministro y testigo de las cosas que hubo visto, para abrir los ojos de la gente, para que se convirtieran de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para recibir por la fe en Cristo el perdón de pecados y la herencia entre los santificados (Hechos 26:16-18). Quisiera Dios que por poco o por mucho la gente creyera este evangelio, porque no hay más evangelio excepto los que son falsos. Tampoco hay otro Cristo, aunque hay muchos cristos que se fabrican las personas que no soportan la verdad de las Escrituras.

Recordemos siempre que un corazón celoso de Dios no implica redención alguna; en Romanos 10:1-4 vemos que no existe posibilidad alguna de regeneración para los que creyendo en Dios ignoran la justicia de Cristo. Lo que Cristo significa como justicia de Dios tiene que ver con su trabajo en la cruz, relacionado con su pueblo por el cual murió de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Isaías 53:11). Ese conocimiento del Siervo Justo está declarado en el Evangelio; el trabajo de su alma se refiere a la redención alcanzada en favor de todo su pueblo, la remisión de pecados, el apaciguamiento de la ira divina. Cristo es el Mediador, el autor y consumador de nuestra fe, quien con suma alegría soportó el martirio de la cruz hasta sentarse a la diestra del trono de Dios. El evangelio de Dios ha sido escondido para la generalidad de los seres humanos, a través de los siglos; pero es alcanzado por los depositarios de la gracia de Dios. ¿A quién se ha revelado este anuncio? ¿Quién lo ha oído? Muy poca gente (pocos son los escogidos), la manada pequeña, en los cuales se ha manifestado la gracia eficaz del Espíritu Santo.

Declaramos este evangelio porque no queremos mentir, anunciamos la gracia divina que viene en tanto Dios tiene misericordia del que quiere tenerla (Romanos 9). No sabemos quiénes son los que están ordenados para vida eterna, pero estamos seguros de que todos ellos serán alcanzados por el anuncio del evangelio de Cristo. ¿Cómo invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? (Romanos 10:14-15). No todos obedecen el evangelio, pero la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios. En realidad, Dios ha sido hallado de los que no lo buscaban, Él se ha manifestado a los que no preguntaban por Él (Romanos 10:20).

César Paredes

retor7@yahoo.com

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